Críticas

Otro tiburón más

Tiburón blanco

Great White. Martin Wilson. EUA, 2021.

Desde la aparición en la  pantalla grande de la producción para Universal de Tiburón (Jaws, 1975), de Steven Spielberg, en la industria ya nada fue igual. Generó dos tipos de fenómenos. Uno, estrictamente cinematográfico, supuso un seísmo considerable, de vastas proporciones, que alteró el orden del juego. Impuso nuevas reglas a raíz de su éxito que trastocaron el sueño de los jefes del entretenimiento, además de generar la fabricación de secuelas hasta que el filón se agotó. Y dos, en términos psicosociológicos, incrustó, involuntariamente, en los espectadores un miedo a meterse en el agua de la playa por temor a la irrupción de un bicho marino. Al mismo tiempo, el colosal e inesperado pelotazo del filme de Spielberg, muy bien vendido, por cierto, por sus artífices, David Brown y Richard D. Zanuck, despertó la oportunidad de muchos ventajistas que solicitaban argumentos vinculados directa o indirectamente con escualos o cualquier animal con una ferocidad letal. A todos, imagino, nos sobrevienen a la memoria algún puñado de títulos vinculados a Tiburón.

Con el correr del tiempo y el paso de los años, la industria del espectáculo ofrece al mercado tandas de propuestas que tienen como gancho la presencia de un gran tiburón blanco en su historia. La aparición sobre la superficie del agua de la intimidatoria aleta del mayor depredador del mar sigue interesando y proporcionando pingües beneficios. Relatos marinos, casi todos ellos, alrededor de la supervivencia, desarrollados en consonancia con los adelantos tecnológicos que han permitido el diseño de peces digitales de proporciones objetivas o de tamaños descomunales. La lista, en los últimos lustros, ha sido amplía, aunque no todos los largometrajes merecían atención. Cito solo aquellos trabajos con protagonismo de un amenazante y hambriento tiburón que merecen ser tenidos en consideración por articular el guion con dosis de angustia, terror, suspenso y efectivas dentelladas del bicho, además de contar con una materia fílmica apropiada para la crítica y el análisis. Si bien es verdad que ninguna de ellas dispone de una densidad dramática como para profundizar en su dispositivo visual.

De las más apreciadas, a mi gusto, El arrecife (The Reef, Australia, 2010), de Andrew Traucki, inspirada en hechos reales, cuenta la odisea de dos parejas de amigos que, tras quedar su velero destrozado al rozar su casco con los afilados arrecifes, deciden ir a nado hasta la isla más próxima, siendo perseguidos por un gran blanco que no se agota de comer carne humana. Infierno azul (The Shallows, 2016, EUA) está dirigida por el cineasta catalán Jaume Collet-Serra y cuenta en su reparto con una estrella femenina, Blake Lively. Aquí una surfista se enfrenta en solitario a un terrible enemigo, un tiburón vitaminado por los efectos digitales, cuyo comportamiento es muy aparatoso. A 47 metros (47 Meters Down, EUA, 2017) es una modesta serie B sin pretensiones, dirigida por Johannes Roberts, cuya historia narra las tribulaciones de dos amigas atrapadas en el fondo del mar, rodeadas de peligrosos escualos mientras se agota el aire de sus bombonas de oxígeno. En clave bizarra y para los más colgados, pulula en alguna plataforma la serie Sharkando, que no he tenido la voluntad de investigar el porqué de su culto por legiones de entusiastas enfebrecidos.

La última en llegar al público es Tiburón blanco (Great White, EUA, 2021), ópera prima del cineasta Martin Wilson, que sin pretensiones artísticas y con la moderada y práctica utilización de los efectos digitales construye un simple y predecible relato sobre la amistad y la supervivencia. Temas manidos, que apenas tienen recorrido, no dejan huella y tampoco aportan nada nuevo sobre una veta que está muy manoseada y sin síntomas de imaginación. Si me ocupo de escribir aquí un comentario es porque cuando la visioné me percaté, no sin sorpresa, que la irrupción del escualo y el acecho a unos personajes a la deriva de la corriente y navegando en un flotador estaba tratada sin abusar del diseño digital y enseñando el peligro con cautela, de forma comedida y ajustándose a los tiempos de suspense y eliminación de los náufragos. Razones que no son poderosas en un producto de estas características, pero sí considero apreciables y honestas sus intenciones, sobre todo en el estilo, por cuanto Martin Wilson y su equipo de efectos visuales, si hubiesen querido, habrían potenciado la espectacularidad con un tiburón trazado como si fuese un saltimbanqui, de movilidad más allá de lo razonable y no desde la dosificación y la moderación. Aspectos que valoro y me lleva a suponer, marchándome por los caminos de la teoría, que sus responsables, sabiendo de la debilidad del libreto con el que trabajaban, acentuado por la esquelética definición de sus personajes, se preocuparon, de algún modo, en tratar de imitar a la película de Steven Spielberg, espaciando las visitas del escualo blanco y emergiendo siempre después de desatarse un conflicto entre la interacción de los supervivientes, cuyas pugnas, todas de una gran pobreza, dotan de una leve estructura dramática la tensión de su tragedia.

Tiburón blanco es un producto construido sobre un esquema tradicional y lanzado como un ejercicio de manual, al que no le falta ni el prólogo oportuno para avisar que, otra vez, una fiera marina va a asediar, con su terrible imagen y sus afiladas fauces, a dos parejas y un cocinero que, tras sufrir un accidente en su avioneta cuando volaban sobre la gran barrera de coral australiana, su línea de flotación es mordida por un gran tiburón blanco y, sin poder evitar el naufragio, no les queda otra solución que permanecer en una frágil lancha neumática en espera de auxilio. Mientras dirimen encontronazos de carácter sentimental agudizados por los celos, el escualo y su naturaleza depredadora les advierte que es mejor preocuparse de su ferocidad y aparcar para otro momento las patologías. En la lucha, como viene siendo habitual en el último cine, las mujeres imponen su tesón y determinación, y vuelven a dar una clase magistral de entendimiento y cooperación.

Tráiler de la película:

Ficha técnica:

Tiburón blanco (Great White),  EUA, 2021.

Dirección: Martin Wilson
Duración: 91 minutos
Guion: Michael Boughen
Producción: ProdigyMovies, Cornerstone Pictures, Thrills & Spills, Filmology, Truth or Dare
Fotografía: Tony O'Loughlan
Música: Tim Count
Reparto: Katrina Bowden, Aaron Jakubenko, Tim Kano, Kimie Tsukakoshi, Te Kohe Tuhaka, Tatjana Alexis, Jason Wilder, Patrick Atchison

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