Críticas

Forzado a renacer en las tinieblas

Ven y mira

Otros títulos: Masacre: Ven y mira.

Idi i smotr. Elem Klimov. Unión Soviética (URSS), 1985.

Ven y mira aficheToda la crudeza de la invasión nazi en clave evolutiva. La adolescencia de Florya es el hilo conductor que nos devela una realidad disímil a lo que el género suele mostrar. Lo bélico ya no en términos de combate épico, sino como apelación al sufrimiento humano, padecimiento de quien se encuentra en medio del combate y debe apelar a la improvisación sin resultado. Miseria del Tercer Reich puesta de manifiesto en violentos actos de cobardía.

Es la historia de un adolescente que quiere ir a la guerra y lo consigue; nos impone su realidad a partir de un rostro en primeros planos desgarradores que combinan tristeza, estupor, angustia y locura. Un tránsito acelerado, con mecanismos psicológicos que se ven sobrepasados por el límite que impone la lógica de los hechos. Suerte de inercia inicial, que de actitud condescendiente se transforma en acceso directo a la crueldad. Explosiones por doquier dan cuenta de la fragilidad humana en contexto bélico.

Florya es un adolescente que va a la guerra y descubre que no es un juego: los nazis masacran a su gente. A partir de allí, se inicia una peripecia que lo tendrá poco como protagonista y mucho como observador en riesgo. Es la postura típica del novato aprendiz, la vida apela a su momento, lo lúdico se transforma en tragedia, pasaje del juego al acto en un abrir y cerrar de ojos. Desarrollo traumático que se aferra a una inmadurez acorde a edad y contexto familiar. La cámara sigue a nuestro protagonista en extensos travellings, a la vez que en primeros planos nos revela todo lo trágico de su experiencia.

Puestas en escena donde la naturaleza se adueña de la historia como amplificación de un azar bajo control del ejército nazi. Mucho espacio abierto que vuelve vulnerable al  humano sin distinción. La circunstancia servirá para un contrapunto que exhibirá la valía de las tropas soviéticas, a pesar de la dureza que el momento amerita.

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Un drama que impresiona por el sadismo extremo. La muerte y lo lúdico se dan la mano; se unen para eclipsar las ilusiones de un muchacho que no quería quedar rezagado a la hora de convertirse en hombre.

Varias escenas, con personajes hablando a la cámara en primer plano, reafirman la realidad de lo vivido. Una comunicación con el espectador que a la vez es directa e indirecta. Invitación a transitar en travellings que continúan tras una alocada carrera por negar lo evidente. Florya no permite que la realidad lo alcance, es la sensación que deja a un espectador que tampoco puede alcanzarlo. El pasaje de la adolescencia a la adultez es disparado a la manera de un caballo desbocado prisionero de una paradoja: es carrera  y parálisis a la vez. El rostro se petrifica. Refleja el estupor y la rigidez ante una circunstancia imposible de modificar. Valga la insistencia en todo tipo de primeros planos que grafican el sentir del protagonista para trasmitirlo a cabalidad.

Obra dotada de un realismo que nos involucra, no solo desde la vivencia de los personajes, sino también, desde balaceras y explosiones que, tras un inicio furtivo, se vuelven esperables a cada momento. El clima de inseguridad va ganando terreno en sincronía con el desplazamiento a través del vasto y agreste territorio.

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Escenas documentales, en conjunción con rituales que juegan con el tiempo, son necesarias para descargar la ira de un adolescente escaso de herramientas adaptativas. Es la necesidad de un retroceso que simboliza el retorno al principio de los condicionamientos: que habría pasado si no hubiera pasado lo que pasó. La responsabilidad recae sobre las imágenes del führer, ofician a manera de descarga propiciada por la impotencia. Un juego con el tiempo y el espacio que remarca coincidencias, entre la experiencia del protagonista y los hechos históricos, bajo un condicional que solo brinda oportunidad a la fantasía. Es emergencia en doble sentido: demanda de solución inmediata y surgimiento en conexión. Un intento, por sanar la vida propia y ajena, sumergido en la incongruencia temporal; no hay lugar para procesos.

El renacimiento, desde la ingenuidad, es vinculado con la muerte. La persistente presencia de una cigüeña, en medio del campo mojado y en presencia de acciones lúdicas de Gasha y Florya, nos permite asociar la credulidad del niño frente a lo que se viene. El agua como símbolo de un necesario y acelerado reposicionamiento frente a lo que se espera de la vida. Cambio de planes que la naturaleza anuncia, los adolescentes de turno deben adaptarse a algo extremo, es un volver a empezar que destruye las normales expectativas para una edad de tránsito. La realidad golpeará duro, será precondición para renacer en un contexto inesperado que destruirá toda fantasía previa. El huevo, destruido por Florya en su caminata por el campo, es la ruptura apresurada del cascarón asociada a la tragedia que se avecina. Podemos apreciar el embrión, muerto por la bota negligente del humano, como representación cabal de la ruptura violenta de una etapa por medio de un acto violento. La muerte está presente como precondición de esa salida a destiempo del “cascarón”; es la destrucción de una fase del desarrollo. El embrión es violentado al igual que la adolescencia de Florya. Todo es resultado de la negligencia humana bajo circunstancias donde los pequeños detalles no son considerados. La guerra es violencia sin miramientos, actos que permanecen lejanos a una conciencia protegida por provisorias éticas alternativas, que no considera la gradualidad de la vida. Moralidad que suele desandar los  caminos recorridos para la conquista de principios que aseguran el respeto a los derechos individuales.

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Los esbozos de protección  se convierten en acciones de riesgo; el campamento no es más seguro que el frente de batalla. La fortuna juega un rol fundamental y está al servicio de la lógica de un guion que necesita establecer esa polaridad entre el testigo fortuito y el asesinato de la población. Florya es quien nos muestra la masacre, sentimos a través de las emociones que expresa en medio del caos. Es el elegido, la firme representación de la inocencia abortada, para un renacimiento donde el espacio de reflexión está ausente; la necesidad de sobrevivir trasciende a la de entender. Las emociones mandan ante la vorágine de estímulos a la vez esperados e inesperados. Un niño–adolescente– “hombre en tránsito” cursa actos de espontaneidad atípicos, que no contribuyen a la estabilización de su personalidad. Crisis pura en su máxima expresión. Imposibilidad de salida, más allá de pequeños “momentos de satisfacción” por “ éxitos” que, de manera imprevisible, se desmoronan en cuestión de segundos.

Ven y mira es la última película de Elem Klimov, quien cierra su carrera con broche de oro.  Un filme de colección y, sin lugar a dudas, uno de los mejores del género en la historia del cine.

Ficha técnica:

Ven y mira  / Masacre: Ven y mira (Idi i smotr),  Unión Soviética (URSS), 1985.

Dirección: Elem Klimov
Duración: 136 min. minutos
Guion: Elem Klimov, Ales Adamovich
Producción: Mosfilm, Belarusfilm
Fotografía: Aleksei Rodionov
Música: Oleg Yanchenko
Reparto: Alexei Kravchenko, Olga Mironova, Liubomiras Laucevicius, Vladas Bagdonas, Victor Lorents

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