Críticas

Don Nadie se desboca

Nadie

Nobody. Ilya Naishuller. EUA, 2021.

Póster de NadieEs curiosa una película como Nadie (Nobody, Ilya Naishuller, 2021) en la tesitura en la que nos encontramos. Mientras muchos añoramos la normalidad como estilo de vida en estos tiempos extraños, la película de Ilya Naishuller tiene como parte de sus supuestos la huida brutal de la rutina, del día a día como prisión castrante y motivo de letargo.

Bien es cierto que en Nadie la situación del protagonista es una elección personal, producto del hartazgo que supone lo excepcional como norma. En un momento dado, renunció a una vida de riesgo y violencia, pero claro, como se dice, la cabra tira al monte. El lado salvaje y bestial de Hutch Mansell, interpretado por el siempre eficaz Bob Odenkirk, busca excusas para desatarse. Pobre del que se las dé.

Nadie es un desquiciado espectáculo de acción presentado con gran inteligencia, que poco a poco pierde toda vergüenza y abraza sin tapujos el tono gamberro y desenfadado. Se mueve con habilidad entre el thriller y la comedia, eso sí, con la vista puesta en la pirotecnia y el olor a pólvora. En ascenso continuo hasta el desenfreno, con muy pocas piezas, Naishuller plantea unas reglas muy sencillas de aceptar, que sorprenden dentro de la simpleza de su planteamiento.

Es evidente que su antecedente manifiesto es la vistosa saga de John Wick. De hecho, los pilares básicos de ambas son similares. Un tipo de pasado turbio se ve obligado a batirse el cobre de nuevo con tipos poco recomendables, dejando a su paso una ristra de cadáveres. Pero, a partir de esta premisa, ambas películas son buenos ejemplos de como contar historias similares totalmente alejadas en estilo e intenciones.

La saga de Wick es el relato de una redención interrumpida, de un hombre que había renunciado a todo por amor, que no añoraba el monstruo que un día fue. La tragedia lo empuja de nuevo al abismo, donde se siente especialmente cómodo, eso sí.

Una mala noche para Nadie

Sin embargo, en Nadie vemos a un tipo que hace todo lo posible por mantener encadenada a la bestia. Contiene la furia con no pocos esfuerzos, tratando de parecer aburrido, gris, apático, tan normal que parece una caricatura. En esta ocasión, el protagonista busca casi desesperadamente el motivo para desencadenar su lado oscuro. Según avanza la película, observamos que el acto de violencia es liberador, encuentro con la naturaleza dormida del personaje, convertido en una sombra que se arrastra por su propia vida de suburbio de clase media.

Lo que podría ser la deriva hacia la justificación de esa violencia se transforma con ingenio en un desbarre consciente, sin jugar a moralinas o mensajes impostados de sesudos análisis de la realidad. Nadie juega en otra liga; en la del entretenimiento desquiciado, una especie de caos controlado en el que cada paso es más loco que el anterior, equilibrio perfecto entre derramamiento de sangre y las dosis justas de desparpajo en forma de comedia planteada en los momentos necesarios. Eso sí, la violencia que se nos muestra es áspera y barriobajera, muy distinta a la estilizada coreografía de cómic que vimos en la mentada John Wick. Es cierto que en los momentos finales de la película sí hay esa tendencia a la hipérbole, pero con intenciones de comedia salvaje.

Nadie tiene como grandes valedores a su director, Ilya Naisuller, y al protagonista de la función, Bob Odenkirk. El primero sabe perfectamente que no hay más herramientas que las que se ven, que el presupuesto es ajustado y prima la modestia. No hay espacio para lo fastuoso y brillante entre la hemoglobina, así que apuesta por la sobriedad visual, sin grandes aspavientos, pero traducida en precisa eficacia en el uso de espacios y tiempos. Nada está estirado de forma innecesaria, cada elemento ocupa su espacio, quizá sin resultar impresionante. A cambio, se dota al conjunto de coherencia inquebrantable, gracias a la complicidad sin fisuras que se crea con el espectador. Pequeña pero brutalmente honesta, Nadie no engaña. Es la película que quiere ser en todo momento.

Odenkirk, un protagonista explosivo en Nadie

En el caso de Odenkirk, su trabajo es fundamental para entender la chispa que desemboca en el intercambio de mamporros. La construcción del ser anodino y olvidable es tan magnífica que, cuando esta personalidad se descubre como una máscara, el tipo exagerado y bronco que sale de la crisálida de la rutina asfixiante, a pesar de ser casi caricaturesco, es extrañamente creíble. Deslenguado, brutal, de esos que primero disparan y luego ni preguntan, el contraste entre las dos facetas de Mansell es tan arrollador que el espectador es empujado a entrar al trapo sin paliativos.

Además, se nos deja intuir el pasado de la belicosa familia Mansell, que añade todavía más gasolina al fuego del humor negro, esencia de la apuesta fílmica. Un clásico como Christopher Lloyd se une a la fiesta como padre del protagonista y todo se vuelve todavía más loco. A punto de rozar lo increíble, eso sí, pero a esas alturas ya has aceptado el delirio y todo cuadra con sangrienta (y descacharrante) precisión.

Nadie es una agradable sorpresa, divertimento perpetrado con astucia, callejero y macarra. Violenta y cómica con similar contundencia, Odenkirk sorprende como inesperado héroe de acción. En ocasiones puede desbarrar hasta lo ridículo, pero las cosas buenas y las intenciones modestas de diversión sin complejos se ganan la atención del espectador con ganas de desconexión. Tan adrenalítica como troglodita, Nadie da lo que promete, y un poquito más. Así que todo bien.

Tráiler:

Ficha técnica:

Nadie (Nobody),  EUA, 2021.

Dirección: Ilya Naishuller
Duración: 92 minutos
Guion: Derek Kolstad
Producción: Odenkirk Provissiero Entertainment, 87North, Eighty Two Films
Fotografía: Pawel Pogorzelski
Música: David Buckley
Reparto: Bob Odenkirk, Aleksey Serebryakov, Connie Nielsen, Christopher Lloyd, Michael Ironside, Colin Salmon, RZA, Billy MacLellan, Araya Mengesha, Gage Munroe, Paisley Cadorath, Aleksandr Pal, Humberly González, Edsson Morales, J.P. Manoux

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