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Las estaciones de Kim Ki-duk

Hay cuatro estaciones en el año pero la narración clásica necesita cinco actos, así que primavera, verano, otoño, invierno… y primavera, quizá por la misma razón estructural que la película de Mike Newell necesitaba, además de las cuatro bodas, un funeral. La imagen de las estaciones cumple así, además de su potente función como metáfora –de los ciclos vitales y naturales– una función estructural: cinco momentos clave en una vida, cinco etapas de un aprendizaje, cinco actos. Es una sabiduría más antigua que la del Budismo, la de Aristóteles: para que el drama avance tiene que haber una presentación del personaje, alguien con quien podamos identificarnos; después una decisión, una acción, que empieza a provocar consecuencias que se transforman en un clímax, y este en un anticlímax que lleva a una resolución. En Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera esa acción desencadenante es el maltrato inconsciente del niño a los animales, un acto cuyas ondas reverberan a lo largo de toda la vida del niño, es la primera piedra que agita las tranquilas aguas del lago, que no se calman hasta mucho después. Es fascinante cómo una película tan aparentemente ligera como Cuatro bodas y un funeral (Mike Newell, 1994) tiene una estructura tan similar a la aparentemente mucho más profunda Primavera, verano… y cómo ambas transmiten la misma sensación de solidez estructural, de una acción que –al mismo tiempo que consigue representar el caos que es la vida– avanza guiada por una mano invisible pero firme hacia una resolución perfecta. En el cuarto acto de Cuatro bodas… el del funeral, que se corresponde en la película de Kim Ki-duk con el del invierno, también el más dramático, Matthew recita Funeral Blues, el gran poema de W.H. Auden, que termina con el verso: “… porque ya nada podrá acabar bien nunca” (For nothing now can ever come to any good). Unas palabras extraordinarias teniendo en cuenta que cierran el cuarto acto de una película que de hecho acaba bien en el quinto acto. Pero es exactamente la misma sensación que tenemos en el episodio Invierno de la película de Kim Ki-duk: cuando el discípulo encuentra los restos del maestro –que se ha inmolado en el tercer acto– en el lago helado y encuentra después el cadáver congelado de la mujer con el rostro tapado, y que antes de morir ha abandonado al niño, tenemos esa sensación desoladora de que ya nada podrá acabar bien nunca en la vida del protagonista (interpretado ahora por el propio Kim Ki-duk) y quizá tampoco en la nuestra.

Pero la sabia mano del director surcoreano –y quizás un poco la de Aristóteles– ya nos ha preparado a lo largo de la película, hemos crecido con ella y hemos entendido que esos cambios a los que llamamos desgracias forman parte de la naturaleza. ¿No murieron el pez y la serpiente en el episodio Primavera, víctimas de los juegos del niño?

¿No aparecieron en Verano el amor y el deseo que le hicieron feliz de joven y no se transformaron en celos y en muerte y luego en serenidad? De forma indirecta, al vincular el crecimiento del protagonista al ciclo de las estaciones, se ha sembrado en nosotros la idea de que nuestra existencia no es el resultado de elecciones libres de las que somos absolutamente responsables, sino que nuestros errores y nuestras pasiones forman parte también del ciclo de la vida, en el que destruimos y curamos igual que somos destruidos y curados. En el segundo acto, Verano, aparecen una mujer con su hija, que está afligida por algún tipo de trastorno mental. El discípulo se enamora de ella, tienen una relación secreta de amor y sexo y cuando el maestro se entera, aunque está enfadado con el chico, le pregunta a ella si se ha curado; cuando responde que sí, él dice: “entonces la cura era la adecuada”. La madre buscó ayuda para ella en el retiro y el aislamiento budistas, pero la cura se produce precisamente porque no está vigilada por la madre, la chica enferma ha estado expuesta a la naturaleza, sí, pero no a su proverbial tranquilidad, sino a sus impredecibles pulsiones, ha sido ella misma parte de la naturaleza y eso la ha curado.

En el quinto acto, de nuevo Primavera, el que fue un niño que se divertía cruelmente torturando animales, se ha convertido en un hombre compasivo que observa cómo el otro niño –que fue víctima al quedar huérfano en el episodio anterior– se divierte ahora torturando a otros animales, causando otras víctimas. Se renueva la crueldad, pero se renuevan también la compasión y la voluntad de enseñar a ser compasivo.

No sé si se puede decir que esta película es una fábula budista. El propio Kim Ki-duk era cristiano. Hay simbología budista, ideas cristianas y humanistas y símbolos, como esas puertas que dan paso al lago, universales. Y una estructura de cinco actos completamente shakespeariana. No es una obra religiosa, pero sí profundamente espiritual sobre nuestros esfuerzos por dar sentido al tiempo, a lo que el tiempo nos hace y a lo que nosotros hacemos con el tiempo, sobre cómo parece detenerse para siempre en invierno y cómo se acelera en primavera y cómo nos arrastra de una estación a otra.

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