Críticas

Entre el abandono y la esperanza

Adú

Salvador Calvo. España, 2020.

Cartel de la película AdúEsta es una interesante y galardonada película, de excelente factura, estructurada con base en cuatros historias aparentemente inconexas, pero en realidad bien relacionadas, todas centradas en África, ese continente rico en promesas, pero agobiado por los conflictos. El tema mayor es la heroica jornada de un niño de seis años en su búsqueda inesperada y obligada de una vida mejor, la cual lo lleva a transitar por peligros y aventuras que lo convirtieron a la fuerza en un experimentado viajero de llanuras y de mares. Se nos presentan sus vivencias, magistralmente entrelazadas por significativos detalles con las de Gonzalo, un activista ambiental español, desterrado de su patria por los azares de su vida de pareja y de sus finanzas, que lucha contra la caza furtiva de elefantes, llegando hasta el límite de la frustración por la complejidad de esa empresa, azotada por la corrupción y la maldad asesina de los traficantes de marfil. Como trasfondo que condimenta su vida con otras frustraciones y amarguras, debe hacer un viaje con su hija recién llegada de España, rebelde y agresiva, una especie de peregrinación hacia un pasado de incomprensiones y de pobres comunicaciones que se resiste al cambio. Y como escenario que explica muchas cosas sobre África, están la región misma y sus gentes, personificadas por las escenas recurrentes que suceden en Melilla, el enclave español del norte de África, al frente de Gibraltar, donde los guardias civiles se enfrentan a batallas perdidas para frenar la inmigración ilegal, masiva y constante de habitantes de las regiones subsaharianas, que buscan a toda costa llegar a Europa. Como se destaca en el filme, sus lugares de origen experimentan niveles de conflictos, de arbitrariedad y de miseria que alientan y justifican esas migraciones, sin importar cuán grandes sean los riesgos y los sufrimientos.

Porque se trata de viajes muy riesgosos, como lo descubrimos siguiendo la jornada de Adú, que se ha convertido, junto con su hermana, en involuntario testigo de un grupo de cazadores furtivos en el parque natural donde trabajaba Gonzalo, mientras los niños recorrían en una bicicleta los caminos veredales, la misma que los delata y que se convierte en símbolo de su presencia en el viaje paralelo que hacen el español y su hija desde la región de Camerún hasta Melilla. Viajan tres: la bicicleta, los españoles que la llevan en su jeep y Adú, como representación de África. Solo que el viaje africano va dejando estelas de muerte, abandono, explotación, sufrimiento, hambre, enfermedad, todo ello un tóxico brebaje que recibe a la fuerza el niño. No sucumbe porque se encuentra con un ángel guardián, un joven de Somalia, también niño, aunque ya madurado a la fuerza por los azares de sus propios viajes. Se trata de Massar, un ser creativo y bueno, que se convierte en su amigo protector y que le enseña los infinitos trucos que todo viajero inmigrante debe saber para sobrevivir a los distintos buitres carroñeros atentos a atacar.

Fotograma de Adú

Aprovecha bien el filme las aventuras de los dos niños inmigrantes para crear profundas identificaciones entre los espectadores y estos modernos viajeros que cruzan campos, montañas, ríos, ciudades, desiertos, incluso mares, en todo tipo de vehículos y medios, aún agazapados en las bodegas de los trenes de aterrizaje de los aviones. El principal de los riesgos tiene que ver con la explotación y el atropello de personas de sus propios ambientes, que los engañan, los roban, les pegan y los amenazan.

Cualquiera se pregunta: ¿Cómo enfrentar tales tragedias? No solamente la tragedia de los desplazados, sino la de las personas que lo tienen todo, pero que viven en medio de la amargura y la frustración. Creo que de ello se trata, de ofrecer alternativas y respuestas. Algunas pistas aparecen en la cinta, cuando se cae en cuenta que detrás de todo están la formación en los hogares, el abandono de las responsabilidades, las pobres comunicaciones y la terrible administración que deja las cosas sueltas, sometidas al azar y a la arbitrariedad. Podemos decir que detrás de cada problema hay algún tipo de abandono y de falta de atención. Y detrás de cada solución aparece la magia de la atención cariñosa.

Adú, imagen

Es que Adú oscila entre el abandono (que genera sufrimiento y desesperanza; desánimo, pérdida de autoestima, negación) y la atención y el cuidado de alguien (apareciendo de nuevo la esperanza, el optimismo y la intención de cumplir objetivos y de salir adelante, renaciendo la propia aceptación y el sentido de la vida). Lo hermoso es que su personalidad, evidente resultado del amor de su madre asesinada y de su ambiente previo a la tragedia, lo predispone a aceptar los cuidados como herramientas de sanación y a sufrir los abandonos como pasos momentáneos que no dejan huella permanente. Es por ello que hay que lamentar que se mate la inocencia optimista de los niños con la continua tortura de la desesperanza y la negación.

Al mismo tiempo, oscilaciones semejantes ocurren en las otras tres historias paralelas. Todos, inmigrantes, guardias civiles de Melilla, activistas ambientales frustrados y sus hijas negativizadas, sienten el embate doloroso del abandono, pero se pueden curar y renacer con el elíxir de la amistad y de la atención cariñosa. Igualmente sucede, me parece, con el paisaje africano, con sus ciudades, con sus elefantes, con sus parques naturales y con el universo entero.

 

Trailer:

Ficha técnica:

Adú ,  España, 2020.

Dirección: Salvador Calvo
Duración: 119 minutos
Guion: Alejandro Hernández
Producción: Álvaro Augustin, Ghislain Barrois, Edmon Roch, Javier Ugarte
Fotografía: Sergi Vilanova
Música: Roque Baños
Reparto: Luis Tosar, Álvaro Cervantes, Anna Castillo, Moustapha Oumarou, Miquel Fernández, Jesús Carroza, Adam Nourou, Zayiddiya Dissou, Ana Wagener, Nora Navas, Bella Agossou

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