Investigamos 

¿Sueñan los extraterrestres con ovejas marcianas?

No tenemos necesidad de otros mundos. Lo que necesitamos son espejos. No sabemos qué hacer con otros mundos. Un solo mundo, nuestro mundo, nos basta, pero no nos gusta como es. Buscamos una imagen ideal de nuestro propio mundo.
Stanislaw Lem, Solaris

De las veinte películas más taquilleras de la historia del cine (según los datos de All-Time Box Office Top 100), la mitad incluyen extraterrestres entre los personajes. El tema del encuentro con aliens está tan extendido en el cine, que tiene que tener algún sentido. Si nos preguntamos, por ejemplo, por qué hay tantas películas románticas, podríamos responder que el amor es una parte importante de nuestra vida y que las obras de ficción nos ayudan a imaginar posibilidades de experimentarlo y a identificarnos con personajes que, como nosotros, lo sienten o lo pierden. Pero, ¿cómo aplicar el mismo razonamiento de la función psicológica del cine a las películas de extraterrestres? ¿acaso nos ayudan a entender mejor nuestras relaciones con ellos? No, porque no tenemos ninguna. ¿Por qué dedicar tanta energía a algo que no ha ocurrido y que probablemente no llegue a ocurrir? La única respuesta es el alien como metáfora del otro. Precisamente, la ausencia de cualquier indicio real  que nos dé una pista de cómo sería una forma de vida inteligente no terrestre es lo que permite que fantaseemos sin limitaciones y que proyectemos en esa fantasía los deseos, miedos y contradicciones  que nos provoca el encuentro con humanos diferentes, con nuestros semejantes que no se nos asemejan. “No llevan armas, ni las conocen. Al enseñarles una espada, la cogieron por la hoja y se cortaron al no saber lo que era. No tienen hierro. Sus lanzas son de caña… serían unos criados magníficos… con cincuenta hombres los subyugaríamos a todos y con ellos haríamos lo que quisiéramos”, escribió en su diario Cristóbal Colón sobre los Arawaks, las primeras personas con las que se encontró tras pisar tierra. Esas pocas frases son un anuncio de lo que fue la colonización, cualquier colonización. Una pena que no tengamos un diario escrito por los Arawaks, así sabríamos qué eran para ellos aquellos “otros” que vinieron del mar.

Por eso no es extraño que Georges Méliès retratara en Viaje a la luna (1902) a los “selenitas” como a una tribu salvaje: seres semidesnudos que llevan lanzas y cuyo jefe se sienta en un trono. Genio incomprendido en tantas cosas, Méliès no sabía que nos estaba entregando una maravillosa pantalla en la que proyectarnos: la Luna como el lugar donde encontrar a los otros, pero no los otros reales, sino los que pululan nuestros sueños. Segundo de Chomón hizo su propia versión, Nuevo viaje a la luna (1909), copiando muchas de las ideas de Méliès, pero transformando a la tribu selenita en una corte medieval. Hasta entonces, el viaje a la Luna era poco más que un pretexto fantástico para repetir temáticas hasta entonces ambientadas en la Tierra, pero a principios de siglo, el público culto estaba muy interesado en Marte, cuyos canales se podían observar desde hacía poco tiempo, y triunfaban los libros de Percival Lowell con teorías bien razonadas y, al mismo, tiempo románticas sobre un planeta moribundo con restos de las civilizaciones que lo habían poblado. Unos años antes de Metrópolis (1927, Fritz Lang), Yákov Protazánov elaboró en Aelita: reina de Marte (1924) una compleja digresión sobre la revolución y la lucha de clases, con la libertad creativa que le proporcionaba hablar desde otro planeta, un planeta en el que tanto la arquitectura como la ropa seguían las pautas constructivistas. La idea –revestir de un estilo vanguardista una imaginaria cultura marciana– fue tan buena que ha marcado el interiorismo y el estilismo de todo el cine de ciencia-ficción posterior, que tiene una gran deuda con la caprichosa reina Aelita, que se enamoró de un terrícola, al que veía por su telescopio.

La posibilidad de que hubiesen existido civilizaciones en Marte coincide en el tiempo con la aceptación científica –que tiene lugar a principios del siglo XX– de que los fósiles de neandertales procedían de una especie diferente a la nuestra, pero humana. La idea –perturbadora y maravillosa– de que otras inteligencias son posibles se abrió paso en la cultura de entreguerras y, ante el silencio de esas inteligencias que no pueden decirnos nada, empezamos a delirar con todo lo que nos da miedo del otro cuando lo percibimos tan diferente que nos resulta impredecible.

Es imposible abarcar todos los temas a que ha dado lugar ese delirio colectivo, pero al repasar algunas de las películas que han dejado más huella, me encuentro con cuatro bloques temáticos que revelan nuestra ambivalencia ante el encuentro con el otro y que se encuadran en géneros cinematográficos diferentes:

El tema de la Invasión, en el que los extraterrestres están organizados en alguna forma de ejército que se ha propuesto conquistarnos, esclavizarnos, utilizarnos como ganado o robar nuestros recursos; es decir, colonizarnos. La guerra de los mundos (Byron Haskins, 1953), con secuela en 2005 de Steven Spielberg, La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956), Están vivos (John Carpenter, 1988), Independence Day (Roland Emmerich, 1996), la encantadora y terrible Mars Attacks! (Tim Burton, 1996), Starship Troopers (Paul Verhoeven, 1997), Men in Black (Barry Sonnenfeld, 1997), Señales (M. Night Shyamalan, 2002). Son películas que plantean una épica de resistencia al invasor, en las que suele haber presidentes (o generales) inspirados, con discursos sobre la defensa de nuestra tierra y nuestra forma de vida. La Humanidad se une frente al enemigo común, y nuestras diferencias se desvanecen (“ellos” son más diferentes). Cinematográficamente, se presta a los movimientos de masas del cine bélico y al despliegue de uniformes y parafernalia militar.

El tema del Depredador, donde la amenaza se individualiza en un único ser de apariencia monstruosa, evoca uno de nuestros miedos más atávicos: ser cazados. Que la mayoría de aliens depredadores tengan rasgos  de insectos o reptiles (o ambos) y grandes fauces sugiere que nos sirven para exorcizar miedos muy antiguos, probablemente los mismos que quitaban el sueño a los neandertales. “Solo con la noche” es el inquietante título de una exposición de H.R. Giger, el artista en quien Ridley Scott encontró la mente gemela que podía dar forma a ese ser que, como ninguno antes –ni después– ha aglutinado todo lo que puede darnos miedo: las garras, las fauces, el caparazón de los insectos, las colas de los reptiles, lo viscoso… Sin el genio de Giger para representar nuestras pesadillas no habría existido la larga y desigual saga: Alien: el octavo pasajero (1979), Aliens: el regreso (David Cameron, 1986), Alien (David Fincher, 1992), Alien: Resurrección (Jean-Pierre Jeunet, 1997) y Alien: Covenant (Ridley Scott, 2017). Otros hitos de esta temática fueron El enigma de otro mundo (Christian Nyby y Howard Hawks, 1955) con remake en 1982 de John Carpenter,  Depredador (John McTiernan, 1987, también con diseño de Giger), Abyss (James Cameron, 1989), Pitch Black (David Twohy, 2000) y Las crónicas de Riddick (David Twohy, 2005) aportaron una nueva dimensión, el personaje humano  (Vin Diesel) es a su modo también un depredador; en Under the Skin (Jonathan Glazer, 2013), basado en la estupenda novela de Michael Faber (2000), el tema del depredador adquiere una dimensión más moderna y compleja: un ser (Scarlett Johansson) en descomposición, víctima a su modo de quienes controlan su terrorífica misión. Cinematográficamente, la temática del depredador se alinea con el género de terror y absorbe muchas de sus convenciones.

El tema de la difícil convivencia elabora la problemática del otro, no tanto como amenaza directa, sino por el peligro de lo diferente. Curiosamente, en este apartado hay películas que recrean en clave extraterrestre historias ya contadas en clave humana: Starman, el hombre de las estrellas (John Carpenter, 1984) hereda la temática de El regreso de Martin Guerre (Daniel Vigne, 1982) con su revisión de 1992, Sommersby (John Amiel). Y Enemigo mío (Wolgang Petersen, 1985) guarda un asombroso parecido temático con Infierno en el Pacífico (John Boorman, 1968), con dos soldados enemigos, náufragos condenados a entenderse para sobrevivir. Avatar (James Cameron, 2009) recupera el tema de Bailando con lobos (Kevin Costner, 1990): tras la difícil convivencia, ¿podemos transformarnos en el otro a través del amor? E.T. el extraterrestre (Steven Spielberg, 1985) y Cocoon (Ron Howard, 1985) indagan esta temática desde los buenos sentimientos. Mención aparte merece Distrito 9 (Neill Blomkamp, 2009), en la que los extraterrestres, despectivamente llamados “gambas”, sufren el mismo apartheid que cualquier inmigrante incómodo.

Otra Inteligencia sería, en mi opinión, el grupo temático que más ha evolucionado en sus planteamientos y el que afronta mejor el alcance filosófico de la posibilidad de vida en otros planetas. Aquí el encuentro con extraterrestres no es una excusa –como hemos visto en otros bloques temáticos– para mostrar desde otra perspectiva conflictos humanos, demasiado humanos. Estas son películas que a partir de un enfoque algo ingenuo como el de  Ultimátum a la Tierra (1951, Robert Wise, 1951) han ido cobrando profundidad, por ejemplo a través de las diferentes versiones de Solaris, basadas en la novela de 1961 del gran Stanislaw Lem: dos versiones soviéticas en 1962 y 1972, y una norteamericana en 2002 de Steven Soderbergh. 2001: una odisea del espacio (Stranley Kubrick, 1968), El hombre que cayó a la Tierra (Nicolas Roeg, 1976), Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977), Contact (Robert Zemeckis, 1997), Prometheus (Ridley Scott, 2012).  En La llegada (2016), Denis Villeneuve se atreve a imaginar un lenguaje y una caligrafía: ¿qué sería lo compartido y qué lo completamente diferente? Porque fantasear sobre cómo sería otra inteligencia es la forma más radical de reflexionar sobre qué es la inteligencia. Son películas entre lo metafísico y lo mesiánico, que exploran un espiritualidad laica. Si conociésemos una inteligencia superior ¿qué nos diría del modo en que llevamos nuestros asuntos? Si conociésemos una inteligencia inferior ¿qué seríamos para ella? ¿cuánto tardaríamos en ponerla a nuestro servicio? Y lo más importante: si se organizase en el Universo el club de  los seres inteligentes ¿nos dejarían formar parte?

  

5 respuestas a «¿Sueñan los extraterrestres con ovejas marcianas?»

  1. El replicante creado por Philip K. Dick y recreado magistralmente por Ridley Scot en Blade Runner, nos acerca a otra etiqueta del Otro que se revela ante su creador insensible, que ha olvidado unos de los tantos sentidos de la naturaleza humana: libertad y amar. Gracias por tu artículo. Ya los acompañaré de nuevo en la Revista, después de una ausencia prolongada.

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