Críticas

Sin futuro

Solo se vive una vez

You Only Live Once. Fritz Lang. EUA, 1937.

SoloseviveunavezCartelEstamos ante la segunda película del director austriaco Fritz Lang en su etapa americana. Solo se vive una vez es considerada como la segunda obra de la triología social del realizador, tras Furia (Fury, 1936), y antes de You and me (1938). Nos situamos en una historia de amor, de deseo, de incomprensión, de ceguera, de frustraciones y de fatalidad. Los guionistas se basaron, en parte, en la historia de los famosos criminales Bonnie y Clyde, que a principios de la década de los treinta fueron considerados “enemigos públicos” por la ola de robos y crímenes que dejaron tras de sí. El filme se sitúa en una época muy cercana a la grave depresión sufrida en Estados Unidos tras la crisis derivada de la quiebra de la bolsa de Nueva York en 1929. Un contexto social de pobreza y desempleo envuelto en un clima de desconfianza ante instituciones del estado, dudándose incluso de su verdadero carácter democrático. Una situación que arrastró a gran parte de la población a una lucha descarnada contra la pobreza y el hambre.

Solo se vive una vez es una película excelente. Cuenta con Silvia Sidney y Henry Fonda como protagonistas. Encarnan, respectivamente, a Joan Graham, secretaria del Defensor del Pueblo y a Eddie Taylor, un delincuente que cumple condena en prisión. Este último ya lleva tres años en la cárcel por un atraco. No es la primera vez que se aloja en dichas dependencias estatales pero esta vez está convencido de que será la última. A punto de salir del presidio por cumplimiento de la pena, Eddie se despide del alcaide y del cura. Su novia, Joan, le espera en la puerta. Van a casarse. Pero Eddie no lo va a tener sencillo. Su pasado le perseguirá incansablemente. La mala suerte y sus circunstancias vitales siempre se han aliado para frustrar cualquier iniciativa de redención. Ahora es su oportunidad, es libre, tiene un trabajo y una mujer que le ama. No puede dejarlo escapar. Pero el destino es muy caprichoso y además de los esfuerzos personales para alcanzar las metas propuestas, intervienen otros factores que no podemos dominar. Los podemos llamar azar, casualidad o quizás malignidad humana.

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En este recorrido de Eddie y Joan a la búsqueda de un futuro juntos, en paz y sosiego, en esa lucha despiadada contra su destino, veremos caracteres humanos reconocibles. Se les puede señalar e identificar por su malicia, por su egoísmo, por estar pendientes de vidas ajenas, por la búsqueda de recompensas humillantes y siempre atentos a la caída del otro. Son aprovechados arribistas que utilizan un descosido para rehacer la tela entera; buitres que señalan y señalan al prójimo por errores pasados, por antecedentes ya amortizados. Temblaremos, por ejemplo, y desde ojos del siglo XXI, con revistas que avisan de los próximos seres humanos que se van a excarcelar (marcados, como los presos de los campos de concentración nazis con sus números estampados). Y al igual que en Furia, veremos a la masa exaltada, todas y todos a una, víboras exigiendo el linchamiento a la salida del Palacio de Justicia. 

En esta obra de Lang se contienen muchas denuncias. Entre ellas, se encuentra la que señala las deficiencias de un sistema capaz de condenar a muerte a un hombre por pruebas circunstanciales. También la que se centra en la dificultad de reinserción para aquellos que han cometido algún error con la sociedad. Se trata de la casi imposibilidad de reincorporación a la vida civil de un expresidiario. Similares denuncias y testimonios sociales los encontramos también en otros filmes rodados por aquellas fechas. Así, podemos nombrar Soy un fugitivo (I Am a Fugitive From a Chain Gang, Mervin LeRoy, 1932) acerca de la existencia inhumana en las cárceles. Igualmente, la obra maestra Tiempos modernos sobre la degradación del trabajo en cadena y el desempleo (Modern Times, Charles Chaplin, 1936). Y por supuesto, el inolvidable largometraje Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, John Ford, 1940), acerca del drama de la pobreza rural en esa salida obligada de tierras que siempre acogieron, también protagonizada por Henry Fonda. 

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Toda la puesta en escena de Solo se vive una vez conduce a calificarla como perteneciente al cine negro antes de que el término se expandiera. La realidad que describe la obra es, exactamente, de ese color. La fatalidad es presentada en claroscuros, bajo la lluvia, con primeros planos opresivos, con violencia e imágenes expresionistas. La injusticia social persigue a nuestros protagonistas mientras huyen entre la niebla, en un ambiente inquietante y brutal. Y esa huída termina convirtiendo al largometraje en una obra que se puede ubicar en un género de más reciente creación, el de película de carretera o road movie. Un viaje que llevará a Joan y a Eddie a un final sin salida, a un terreno fronterizo en el que únicamente puede alcanzarse la libertad si se traspasa la línea de la vida hacia la muerte. Solo se vive una vez destila pesimismo desde su inicio, desde que se mastica la derrota con las dudas existentes en aquellos que quieren y protegen a nuestros héroes.

La película sobresale en sus decisiones narrativas, en el uso y la alternancia de distintos tipos de planos, por la profundidad de campo o los movimientos de cámara. También destaca la naturalidad en las interpretaciones, además de los juegos de luces y sombras. Interiores y exteriores están cuidados al detalle. Así, resaltaríamos los primeros planos claustrofóbicos de la pareja protagonista, totalmente aterrorizados y desubicados; o el uso de sombras y luces cuando ambos se encuentran en la prisión con condena nueva; o los barrotes de la celda, en su proyección de profundas sombras desde una fuente de luz. Todo para desembocar, tras un desafío contra la muerte que asemeja imposible, en un final moralizante que suponemos sería del agrado del Código Hays de autocensura, de efectiva vigencia desde 1934. 

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Centrándonos en las escenas más destacables, nada mejor que comenzar por el inicio, con esas imágenes cuasi documentales del interior de la prisión. Un atractivo cuadro sobre el devenir diario entre rejas. O la intensa economía narrativa mostrada en la “no escena” de la boda. Un enlace que se explica con una síntesis encomiable en tres planos: el nombre de un motel, el libro de inscripción igualmente identificando a los esposos y un certificado de matrimonio. También destaca la síntesis mostrada en la redacción del periódico, con las tres portadas alternativas preparadas antes del pronunciamiento del veredicto. O la romántica escena en el estanque, con esa metáfora de las ranas, con planos y contraplanos de las mismas, alternados por planos medios de la pareja observando a los anfibios.

Siguiendo con los momentos que consideramos más impactantes, no olvidamos la fuga de la prisión, una encerrona con niebla, entre las pistolas y la puerta de salida. Una escena en la que, a lo mejor, se inspiraría Robert Bresson en Un condenado a muerte se ha escapado (Un condamné à mort s’est échappé ou Le vent souffle où il veut, 1956). Y volviendo al amor, sobresalen las imágenes de Joan y Eddie destilando toda su soledad. Es notable el momento en el que Eddie sale de la cárcel y se encuentra con su enamorada o cuando procura refugiarse en ese improbable hogar; o con las brumas que se incrustan en las escenas exteriores, como la llegada al vagón por parte de Joan o el antepenúltimo conato de fuga entre lodo y lluvia. Y acabamos este análisis en el último y fatídico instante, cuando somos conscientes del inequívoco blanco de ese rifle telescópico, convertido en el objetivo de la cámara.

Tráiler:

 

Ficha técnica:

Solo se vive una vez (You Only Live Once),  EUA, 1937.

Dirección: Fritz Lang
Duración: 86 minutos
Guion: Gene Towne, C. Graham Baker
Producción: United Artists
Fotografía: Leon Shamroy
Música: Alfred Newman
Reparto: Sylvia Sidney, Henry Fonda, Barton MacLane, Jean Dixon, William Gargan, Jerome Cowan, Chic Sale, Margaret Hamilton, Warren Hymer, Guinn Williams, John Wray, Walter De Palma, Ward Bond

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