Críticas

Incapacidades maternofiliales

Pilátus

Otros títulos: Pilate.

Linda Dombrovszky. Hungría, 2020.

PilátusCartelLa directora húngara, Linda Dombrovszky, ha partido de una novela de la escritora también húngara, Magda Szabó, para la realización de este largometraje. Concretamente, de la obra traducida al castellano como La balada de Iza. Para acercarse a las tensas relaciones que se establecen entre una madre y su hija, Dombrovszky, a diferencia de la novela que se desarrolla tras la Segunda Guerra Mundial, prefiere situarse en una época más contemporánea. Con el filme, al igual que en la obra literaria, abordaremos un camino de incomprensión, silencios, incapacidad de amor e irritación, en una relación maternofilial. Nos introduciremos en esta historia con un ritmo pausado e intimista, circunstancias que también se heredan de la novela. 

El marido de Anna, una de nuestras protagonistas, se encuentra gravemente enfermo. Al inicio de la película, la mujer acude al hospital, como todas las mañanas, unos instantes previos a las horas establecidas de visita, para evitar aglomeraciones. Allí es informada del estado crítico de su esposo, que muere a las pocas horas. La hija de ambos, Iza, médica de profesión, vive en la ciudad, exactamente en Budapest. Ante la situación de soledad en la que cree que queda su madre, decide que abandone la casa del pueblo en donde siempre ha residido y que se vaya a vivir con ella. Pretende ofrecerle una nueva existencia rodeada de todas las comodidades de la vida moderna. 

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En Pilátus estamos ante una pequeña gran obra, un inmenso alegato de mutismo, egoísmo e incomunicación. La película se centra casi exclusivamente, no necesita más, en la relación existente entre madre e hija, entre Anna e Iza: la que se arrastra del pasado, la que se sufre en el presente y la que se avecina en un futuro que hace temblar. No hay lágrimas, reproches los justos y eso sí, miradas que no necesitan mayor acompañamiento que, en ocasiones, música tan exquisita como la de Beethoven. Y veremos desprecio en una hija que no entiende de recuerdos, que se limita a cumplir con su relación filial y a la que le traen sin cuidado querencias. Una hija que está satisfecha con la educación recibida en responsabilidad y en serenidad. Una hija que no sabe lo que es una sonrisa, que cree que cumple con devolver lo que en su momento recibió. Pero es una profana en amores, cariños o calores y parece desconocer lo que realmente es un hogar, o quizás se le olvidó con el paso intermedio del suyo propio.

Cruzando la orilla y centrándonos en Anna, la madre, vamos a detenernos en el proceso de deterioro de una anciana que se ve superada por unas circunstancias vitales que ni ha buscado ni ha deseado. Como diría Joaquín Sabina, llega a sentirse como un pájaro en un desfile. Estamos ante una madre a la que se le despoja de sus raíces y se decide por ella cuando más indefensa se encuentra. Una progenitora que se ha pasado la vida trabajando y que de repente no tiene nada que hacer. Solamente le queda escuchar su reloj de pared y acordarse de Capitán, su conejo. Una madre a la que le place comer caliente, sabroso, nutritivo. Justo lo que aborrece la hija, que pretende cuidar la línea y huye de grasas y colesteroles; que hace años que se liberó del cocido para refugiarse en las ensaladas. 

Resulta evidente que nos encontramos ante dos mundos opuestos, dos mundos contradictorios, dos mundos en conflicto. Se perfilan dos mujeres que chocan como dos toros bravos mientras aparentemente reaccionan con sosiego y educación. Pero los sentimientos se arrastran desde el interior y justo ahí podemos encontrar toda la tristeza, todo el odio y toda la ira. Recorreremos esos estados con la cámara imperturbable de la directora Linda Dombrovszky que acierta en la escenificación. Nos mostrará atinadamente los desequilibrios que la urbe causan en Anna, los pequeños refugios que encuentra entre tanta hostilidad, también el abismo que separa los mundos de madre e hija. Seremos conscientes de los kilómetros de distancia, no solo físicos sino también emocionales, que contraponen la vida hogareña y plácida en la que se ha movido la madre, frente al confort y la tensión en la que se mueve la hija. 

Nos encontramos con dos notables interpretaciones de las actrices protagonistas, Ildiko Hámori como madre y Anna Györgyi como hija. Sobresalen esos silencios ya mencionados, esa ausencia de sonrisas. Solo con el apoyo de miradas iracundas, resignadas, acaso derrotadas. Por cierto, es difícil encontrar, tanto en la ficción como en la realidad, una relación entre un exyerno y una suegra tan empática como la de este filme. Una rareza que no se visualiza como tal, probablemente por la naturalidad en que es llevada a escena. Ah, y díganle a una señora con el carácter de Anna que se ponga a hacer yoga, a jugar al mus, a bailar salsa. Probablemente les mande con viento fresco. ¿Y si ella les sugiere que lo que le gusta es cocinar, limpiar, organizar rifas…?

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Y nos preguntaremos qué hacer ante tanto ego sordo en la búsqueda de equilibrios imposibles. Porque lo que importa son las obligaciones que derivan de una relación impuesta, nunca los afectos que ha despertado o ha dejado de hacerlo. “ ¿Tú me quieres? Soy tu hija”. Madre e hija, hija y madre abocadas hacia un final desolador. Porque la vida no puede retorcerse en la dirección que a cada uno o una le agrade. La tensión soterrada puede explotar en el momento que menos se espera y probablemente, si se estira lo suficiente, llegará a hacerlo. Por más que duela y por más que ya no tenga remedio. 

Para terminar de perfilar el estado de ánimo que encoge a Anna basta con recordar alguno de sus pensamientos. Como lo bien que se encuentra una en los cementerios por el silencio reinante, o los conmovedores que resultan los funerales, encuentros en los que se olvida cualquier agravio. Qué tristeza invade cuando puedes llegar a pensar que a veces es más fácil dejarse morir que empeñarse en estar vivo. Y se acaba con una mirada tras la ventana, una imagen que nos recuerda también un final, concretamente el del  inolvidable filme de Krzysztof Kieślowski, Tres colores: Azul (Trois couleurs : Bleu, 1993). Justamente con Juliette Binoche mirando al infinito, en aquella ocasión como muestra de aceptación. 

Tráiler:

Ficha técnica:

Pilátus  / Pilate ,  Hungría, 2020.

Dirección: Linda Dombrovszky
Duración: 74 minutos
Guion: György Somogyi, Magda Szabó, Sándor Szélesi
Producción: Cross Dot Film
Fotografía: Dávid Hartung
Música: Bálint Bolcsó
Reparto: Ildiko Hámori, Anna Györgyi, Zsolt Kovács, Sándor Terhes, Rémusz Szikszai, Dóra Kakasy, Ágnes Máhr, Márta Martin, Miklós B. Székely, János Papp

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