Críticas

Esclavas domésticas

Room without a View

Roser Corella. Austria, Alemania, 2021.

RoomwithoutaViewCartelDesde hace más de cincuenta años, en Líbano rige un marco normativo denominado sistema Kafala; también, de manera análoga, en otros países del Golfo Pérsico. Bajo su amparo se permiten auténticas y aberrantes violaciones de derechos humanos. Con dicha legislación, las empleadas de hogar inmigrantes pierden su condición de residentes legales en el país si se atreven a rescindir el contrato de trabajo que les une al empleador. Las trabajadoras, procedentes de países africanos o asiáticos como Filipinas, Sri Lanka, Ghana o Etiopía, ya superan el número de 250.000 (en una población que no alcanza los siete millones de habitantes). Las afectadas son compradas, compradas, sí, por el empleador a cambio de unos pocos miles de euros (el precio varía dependiendo de la procedencia de “la mercancía”). Son féminas jóvenes en su mayoría, algunas o muchas con formación. Y desde sus países de origen sucumben en una red de engaños a través de un agente, con la promesa de un trabajo digno en Líbano. Para ello, se les incita a firmar un contrato que no entienden y que las esclaviza eternamente.

Hablábamos en el párrafo anterior de un contrato. Consiste en un acuerdo que liga de por vida a las mujeres implicadas con sus empleadores. ¿Pero qué firman? Una dedicación sin límite temporal como esclavas domésticas con cualquier familia libanesa de clase media o media alta, incluso alta. Un trabajo que se alarga mucho más allá de ocho o diez horas diarias. Deben ocuparse de la limpieza del hogar, de la preparación de la comida, del cuidado de los niños…Solo disponen, las que tienen suerte, de un día libre a la semana y de quince días de vacaciones anuales. Eso las que tienen fortuna porque a a la mayoría se les retira la documentación al llegar al país por el contratante. Además, se les prohíbe salir de la vivienda para evitar posibles fugas. Y a la menor ocasión o con el primer reproche de la empleada se les retiene, unilateralmente, el mísero sueldo mensual que perciben.  

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La directora catalana Roser Corella rueda este drama actual en formato documental. Se detiene con la panorámica de la ciudad de Beirut y sitúa su cámara desde fuera, en la distancia. Así, filma sus enormes edificios, sus altas torres desde el exterior, mientras nos invita a que recreemos con nuestra imaginación los horrores que pueden o deben estar sucediendo en el interior de las viviendas. Dichas imágenes panorámicas se alternan con testimonios de las propias perjudicadas. A ellas las escuchamos a través de su voz en off denunciando sus situaciones particulares; también las vemos trabajando, trapo arriba, trapo abajo, frotando suelos y ventanas, planchando, cocinando…Pero paradójicamente, lo que más impacta son los fundidos o cierres en negro mientras un ser anónimo llama a cualquier agencia que se ocupa de la trata de estas mujeres. Y lo hace para interesarse por las condiciones de compra, la calidad de lo que se contrata, el precio, los imprevistos…Quedamos impactados, por ejemplo, cuando a las futuras afectadas se las compara con melones por abrir o se incita a adquirir a neófitas, probablemente más sumisas dada su falta de experiencia.

Por otra parte, excusas para todo siempre las encontraremos. También para justificarse por ser autores y/o cómplices de esta esclavitud que denigra a las víctimas, las explota laboralmente y anula derechos tan básicos como la libertad de movimiento. Pero los empleadores y las empleadoras parecen no tener conciencia de los abusos. Eso asemeja cuando se parapetan en excusas tan burdas como las que hacen referencia a mantener en casa a una extraña, alimentarla o comprarle la ropa. Amos y amas altivos, indiferentes al dolor ajeno, atentos a las apariencias y sin poseer ningún asomo de remordimiento en su posición de fuerza. Pertenecen a un país, a Líbano, que parece estar alcanzando un desarrollo importante en los últimos tiempos. Una evolución que, según vemos, camina por el más voraz capitalismo, insensible en su tarea de pisotear al eslabón más débil.  

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La realizadora pretende, en determinados momentos, volar más lejos de los horrores mencionados y, abriendo una historia paralela, se introduce  en la situación patriarcal y machista que se vive en el país. En realidad, la denuncia se queda coja y quizás hubiera resultado mucho más interesante y efectivo centrar todo el metraje en seguir disparando contra esa trata inconcebible. Unos abusos que no es difícil imaginar que pueden derivar en violencia de todo tipo. Pónganse, por un momento, en el lado de estas migrantes. Unas mujeres que ilusionadas abandonan sus tierras, que imaginan que tras unos años de duro trabajo podrán pagarse estudios, ayudar a su familia…En definitiva, conseguir huir de la miseria del origen. ¿Y qué encuentran? Una cárcel de la que no pueden escapar, un trato denigrante, cuartos para dormir del tamaño de un armario y el desprecio y la desconfianza continua de sus empleadores.

El filme, en su final, da un giro para que nos asomemos, aunque sea un instante, hacia donde todo comienza. Buen recurso de Roser Corella sacándonos del contexto infame que recrea para ir más allá en la narrativa, en el intento de entender la perpetuación del abuso, para hundirnos más con lo que todavía está por llegar. Porque no parece que haya demasiada  gente, estamentos o autoridades locales con el suficiente interés, influencia o poder para paralizar esta nueva esclavitud. Dejamos aparte, por supuesto, a determinadas organizaciones internacionales que no cesan de luchar por  el efectivo cumplimiento de los derechos humanos en nuestro planeta. Desde luego, no parece suficiente, aunque signifique un avance, las movilizaciones de afectadas, cuya visibilidad se consigue el día de los trabajadores, esto es, una vez al año. Y de momento, asemejan pobres los intentos de las autoridades del país creando comisiones de estudio para la reforma del sistema Kafala. 

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No es la primera vez que se utiliza el medio cinematográfico para denunciar este entramado. Así, no nos olvidamos de la película de Rachel Zegeye Shouting without a Listener (2015). La directora, además, vivió la experiencia en primera persona cuando estuvo trabajando como empleada doméstica migrante en Líbano. Sin tratarse de un documental, su filme se centra en las historias reales de tres etíopes afectadas, consiguiendo transmitir el racismo, la discriminación y las tropelías a las que se las somete. Pero la obra también se deja llevar por un tímido optimismo a través de las movilizaciones y apoyos mutuos que estas mujeres consiguen construir a pesar de su aislamiento. 

Volviendo a la película de Roser Corella, hay testimonios que paralizan la respiración. ¿Humanidad? ¿Qué es eso? Enfermar hasta casi morir, saltar desde las terrazas, escapar por donde se pueda…Con lo puesto, sin papeles, como delincuentes incumplidoras de contratos que jamás se pueden resolver…No en vano, los edificios del país ya vienen de serie completados con las celdas en las que se recluirá a las esclavas en los instantes en que se les permita descansar; más que nada para que la explotación siga su curso. Un horror, otro más para que siga rebosante la alforja de barbaridades del siglo XXI. Roser Corella nos deja un documento que se convierte en crónica y denuncia de un presente que debe superarse ya. Sin demoras. 

Tráiler:

https://docsbarcelona.com/es/peliculas/room-without-a-view

 

 

 

Ficha técnica:

Room without a View ,  Austria, Alemania, 2021.

Dirección: Roser Corella
Duración: 73 minutos
Guion: Roser Corella
Producción: Roser Corella
Fotografía: Roser Corella, Alfonso Moral
Música: Paul Frick
Reparto: Documental

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