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Calabuch. Todos necesitamos desaparecer alguna vez

cartel de calabuchFruto de un guión compartido y barajando la posibilidad de otro título inicial (“La otra libertad”) nace, en una España tensa y convulsa, esta película. Un canto de esperanza para quienes buscan calma y sosiego alejados de la cruda realidad.

Se trata de una rara avis dentro de la filmografía de Luis García Berlanga (1921-2010) que, apartándose de ironía y humor negro acostumbrados, busca el lado más amable de los protagonistas presentándonos una fábula de gente corriente que se quiere y se respeta.

Apartándose de sus investigaciones espaciales y militares el profesor George Serra Hamilton (Edmund Gwenn, 1877-1959) aparece como por arte de magia en Calabuch, una población costera del mediterráneo español. Recordando en algunos momentos al señor Hulot  (Las vacaciones de monsieur Hulot. Jaques Tati, 1953) la escenografía playera, las tomas largas y la puesta en escena, convierten en delicia, esta simple aparición. Refugiado apaciblemente consigue dilatar el tiempo y prorrogar un final inevitable. Su bañador a rayas y bonhomía presentan a un personaje que despierta ternura en el espectador.

El fluir de los acontecimientos nos cuenta poco, de modo velado intuimos en los noticiarios la existencia del famoso profesor que disfruta, ajeno al mundo, de sus flexiones gimnásticas en la playa. Lo importante no son los acontecimientos sino el tiempo transcurrido y compartido.

Utopía simpática y agradable nos brinda la oportunidad de soñar. Si bien no es de sus películas más conocidas, si se trata de la más pintoresca. Amalgama de culturas y nacionalidades variopintas fusionadas en su elenco, bailan al unísono, compartiendo, como en Fuenteovejuna (Lope de Vega, 1619), un mismo destino. El dinero y la fama distan mucho de la verdadera felicidad; son los protagonistas quienes conversan estos temas arropados en la oscuridad de la noche, al rumor del oleaje. Todo el pueblo, pacífico y sosegado, vive su vida a ese compás.

Documento de valor histórico, representa el discurrir de una población que ofrece un relato costumbrista cuajado de fotografías aéreas y a ras de suelo. La profesora, el cura, el policía, el farero o el pillastre marinero son algunos de los personajes que encarnan las distintas personalidades de este relato.

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La interpretación de Pepe Isbert  (1886-1966) que, atrincherado en su faro cual almirante en Mary poppins (Robert Stevenson, 1965), juega al ajedrez con el sacerdote;  El sabio distraído que encuentra en Peñíscola su refugio perfecto;  ese encuentro con un joven Manuel Alexandre (1917-2010) que pinta artesanalmente el nombre de las barcas en el muelle  o la peculiar relación con el Langosta (Franco Fabrizi, 1916-1995) y su carcelero, un guardia civil llamado Matías (Juan Calvo, 1892-1962)que hace la vista gorda en muchos momentos, conforman esa peculiar estructura de los pueblos peninsulares y la relación entre sus habitantes. Todo en ella es entrañable.

El protagonista principal vive en armonía, sin molestar a nadie. Querido por todos, disfruta de su peculiar Sangril.la (Horizontes perdidos Frank Capra, 1937). Su premio: ganar el concurso de fuegos artificiales y el corazón de los lugareños, disfrutando de su propio paraíso terrenal como si fuera un habitante más. Ese reconocimiento desencadena la publicación de una fotografía en la prensa local. Con ella, se descubre su verdadera identidad, el paradero sorpresa se desvela en un abrir y cerrar de ojos. El rescate es inmediato y el fin del sueño, también.

La sentida amistad y los vínculos que le unen a estas simpáticas gentes van más allá de fama  y poder. Las riquezas no cuentan en Calabuch, solo importan corazón y sentimientos, y, con ellos, disfrutan unidos del verdadero vínculo que les une. Comparten de forma agradable momentos cotidianos e irrepetibles, estos construyen buenos y agradables recuerdos que enriquecen y ennoblecen el alma de quien los vive.

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Las películas siempre nos deparan sorpresas, son como el guión escondido que dejó Berlanga en esa caja celosamente custodiada en el instituto Cervantes. Hasta que no las visionas y las reposas no eres capaz de trascender su verdadera magnitud.

No solo percibimos pinceladas del Neorrealismo italiano y recordamos películas como El ladrón de bicicletas (Vittorio de Sicca, 1948), en el cine de Berlanga notamos además, el fluir de las costumbres españolas más profundamente arraigadas.

La cámara, al servicio de la ficción, capta fragmentos peculiares y gracias a la profundidad de campo nos brinda detalles con gran claridad. Berlanga nos propone una pintura, retrato de una sociedad real y tangible cuya única ocupación es disfrutar del simple hecho de ver la vida pasar.

Escenas como torear una vaquilla (Jose Luis Ozores, 1923-1968), la salida en barca desde el muelle de los recién casados o la proyección del nodo en el espacio habilitado como cine, arrancan sonrisas y sentimientos cómplices a todos aquellos que, alguna que otra vez, hemos sentido y disfrutado de estos fugaces momentos. Recuerdos grabados para siempre. Y al final, como dice el profesor en el avión de regreso, se convierten todos ellos en sus auténticos amigos. El verdadero tesoro y la magia de esta cinta es descubrir, sin esperarlo, esa familia que te acoge sin juzgar ni preguntar.

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Temas políticos, religiosos o de educación tratados de forma soslayada, no son más que otra sutileza del director que, apartándose de la crítica acostumbrada, plantea un optimismo amable y condescendiente. El sueño llega a su fin, la vuelta al mundo real es inevitable, sobrevolando Peñíscola marchamos con él cerrando una etapa y guardándola celosamente en nuestros corazones.

Ficción e ilusión se tejen en esta obra y, como la preparación de los fuegos de artificio, se montan y estructuran de forma secuencial. Fotógrafos, montadores y escenógrafos  construyen este entorno peculiar de mirada ingenua y tierna. La reconfortante sensación de una vida sencilla y tranquila. Una armonía que evoca añoranzas de otra época, tiempos pretéritos, quizá perdidos, resurgen como ensoñaciones. Solo aprendiendo a parar podremos seguir avanzando.

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