Críticas

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La vida de Galileo

Galileo. Joseph Losey. Reino Unido, 1975.

La película La vida de Galileo (Galileo, 1975, Reino Unido) dirigida por Joseph Losey y basada en la célebre obra teatral de Bertolt Brecht, es una de esas películas que parecen dialogar constantemente entre el escenario y la historia, entre la representación teatral y el debate intelectual. Producida por The American Film Theatre y protagonizada por Chaim Topol —inolvidable también en El violinista en el tejado (Fiddler on the Roof, 1971, EU), de Norman Jewison—, esta obra cinematográfica convierte el conflicto entre ciencia y poder en un espectáculo tan didáctico como profundamente humano.

Desde su misma escena inicial, la película deja claras sus intenciones. La cámara adopta una vista de pájaro sobre lo que parece ser el escenario desnudo de un teatro. Se escuchan murmullos, voces de tramoyistas, técnicos preparando una función, como si el espectador fuese invitado no solo a ver una película, sino a asistir a una representación de las ideas. Losey no oculta el origen teatral del texto de Brecht; al contrario, lo exhibe con orgullo. Esa artificiosidad buscada dota a la obra de una sorprendente modernidad para una película de mediados de los años setenta.

La estructura en capítulos refuerza todavía más esa sensación. Cada episodio aparece encabezado por un epígrafe temporal que comienza en 1609 y que es introducido por tres niños de coro. Son ellos quienes, mediante canciones y comentarios cargados de ironía, anuncian los conflictos morales y científicos que Galileo deberá afrontar. Estos pequeños narradores aportan ligereza, incluso humor, a una historia atravesada por la censura, el miedo y la persecución intelectual. Su presencia resulta deliciosa porque rompe solemnidades y acerca al espectador a cuestiones complejas sin perder nunca el tono pedagógico.

La película nos sitúa en una Europa que empieza a despertar intelectualmente. “En 1609 las luces de la ciencia empezaron a brillar”, se nos dice. En una modesta casa de Padua, Galileo Galilei trabaja obsesivamente para demostrar una idea revolucionaria: que el Sol permanece inmóvil y que es la Tierra la que gira a su alrededor. “La Tierra gira”, repite varias veces Galileo, casi como una consigna contra siglos de pensamiento inmóvil.

Profesor de matemáticas, apasionado por el conocimiento empírico, Galileo adopta el sistema de Nicolás Copérnico para reinterpretar el universo. Pero lo verdaderamente fascinante de la película es cómo convierte ese debate científico en un debate político y social. Los alumnos preguntan “cómo” y “por qué”, y Galileo responde que la astronomía debe discutirse en la plaza pública. La ciencia deja así de pertenecer únicamente a los sabios y entra en contacto con el pueblo.

La llegada del telescopio marca un punto decisivo. A partir de un invento holandés, Galileo construye ese tubo de lentes que le permitirá observar el cielo con una precisión inédita. Y entonces aparece una de las grandes ideas de la película: “Mirar no es ver”. Con el telescopio, Galileo no solo contempla los astros; verifica, comprueba, demuestra. La ciencia abandona la especulación abstracta y entra en la era de la observación.

Pero ahí comienza también el choque frontal con el poder eclesiástico. Las teorías de Galileo contradicen la visión tradicional del cosmos sostenida por la Iglesia. El séquito papal se burla de sus descubrimientos; algunos califican el telescopio como “instrumento del diablo”. La película retrata con enorme ironía a los teólogos empeñados en “ordenar el cielo” desde los dogmas antes que desde la evidencia. Incluso personajes como Christopher Clavius (Henry Woolof), avalista de Galileo y defensor del modelo geocéntrico, aparece envuelto en una atmósfera casi cortesana, mientras el Papa Urbano VIII (Michael Lonsdale) es mostrado como un hombre severo, hipersensible y profundamente contradictorio, que se arrogó a la física aristotélica para no molestar y provocar un cisma contraviniendo las sagradas escrituras.

Galileo insiste en la razón y en la experiencia. “Creo en el hombre y en la razón”, afirma en uno de los momentos clave del filme. Y ahí Brecht, a través de Losey, introduce el gran tema de la película: ¿puede la verdad científica sobrevivir frente al miedo político y religioso?

La respuesta llega de forma amarga. Tras años de silencio y prudencia para evitar la hoguera, la Inquisición termina llamando a Galileo a Roma. El 22 de junio de 1633 se produce la gran derrota moral del personaje. Frente a la presión de la jerarquía eclesiástica, Galileo se retracta públicamente de sus teorías heliocéntricas. El hombre que había defendido con pasión que la Tierra gira termina aceptando oficialmente el discurso de la Iglesia.

Y sin embargo, la película evita convertirlo en un héroe puro o en un mártir impecable. Ahí reside buena parte de su grandeza. Su discípulo Andrea le reprocha crudamente haber salvado “su gran panza”, acusándolo de cobardía. La escena desmonta la visión romántica del sabio dispuesto siempre al sacrificio absoluto. Brecht plantea una cuestión incómoda: ¿qué ocurre cuando incluso los hombres más brillantes sucumben al miedo?

Las últimas escenas son extraordinarias por su mezcla de derrota y esperanza. Galileo aparece envejecido, tranquilo, incluso casi doméstico, comiendo hígado de ganso mientras conversa con Andrea. Pero en secreto le entrega un manuscrito: un libro donde ha continuado desarrollando sus ideas sobre la ciencia moderna, sobre los astros, sobre la Tierra que gira alrededor del Sol. Andrea llevará ese texto hacia Países Bajos, Londres y Praga, lugares donde, según la película, comienza a florecer la nueva sabiduría europea.

Así, Galileo termina siendo mucho más que una biografía histórica. Es una reflexión sobre la fragilidad humana, sobre el precio de la verdad y sobre el conflicto eterno entre conocimiento y poder. Una película austera en apariencia, profundamente teatral, pero de una inteligencia visual y discursiva extraordinaria, capaz todavía hoy de interpelar al espectador contemporáneo.

Tráiler de la película:

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Ficha técnica:

La vida de Galileo (Galileo),  Reino Unido, 1975.

Dirección: Joseph Losey
Duración: 145 minutos
Guion: Joseph Losey y Barbara Bray
Producción: The American Filme Theatre
Fotografía: Michael Reed
Música: Hans Eisler
Reparto: Topol, Edward Fox, John Gielgud, Michael Londsdale, Michael Gough, Judy Parfitt, John McEnery, Patrick Magee y María Larkin

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