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El señor de las moscas

Cuando en 1961 empezó en Jerusalén el juicio a Adolf Eichman, su defensa de que solo había hecho lo que le ordenaban y su imagen de burócrata inofensivo permitieron a Hannah Arendt, que asistía como corresponsal del The New Yorker, vislumbrar un tema que hasta entonces estaba oscurecido por la dimensión de los crímenes y por el estereotipo del monstruo nazi: la maldad de la que puede ser capaz el hombre normal cuando obedece órdenes, idea que plasmó en 1963 en La banalidad del mal. Entre 1961 y 1962 Stanley Milgram llevó a cabo sus controvertidos experimentos en los que demostraba que estudiantes de universidad eran capaces de aplicar descargas eléctricas muy potentes (que ellos no sabían que no eran reales) a sus compañeros (entrenados para simular el dolor) solo por la presión de un profesor con bata blanca. Dadme un líder con alguna forma de poder y una situación que lo favorezca y casi cualquier persona es capaz de torturar, venía a decir. Y en 1971 Robert Zimbardo llevó a cabo en la Universidad de Stanford el experimento en el de dividió aleatoriamente a un grupo de jóvenes entre prisioneros y guardianes y tuvo que interrumpirlo a los pocos día debido a la inusitada crueldad que empezaban a desarrollar los que habían tomado el rol de guardianes. El mal cometido por personas normales en circunstancias especiales (o la no existencia de “personas normales”) había nacido como tema de estudio científico y reflexión filosófica.
Pero solo unos pocos años antes de que la filosofía y la psicología lo plantearan, William Golding, un profesor de Lengua que había participado en la Segunda Guerra Mundial, publicó una novela de algo más de doscientas páginas en la que ya estaba todo eso: El señor de las moscas. En ella, un grupo de colegiales británicos sobreviven a un accidente de avión y quedan abandonados en una isla desierta. Ningún adulto ha sobrevivido, así que empiezan a organizarse como pueden. Enseguida destacan dos líderes: Ralph, compasivo y preocupado por el bien común (en el grupo hay niños muy pequeños a los que cuidar) y Jack, narcisista y agresivo. Ambos tienen el suficiente carisma como para disputarse la afección de los demás. Aunque no muestran conciencia política -todavía son muy jóvenes- representan claramente el germen de una filosofía social: Jack ultraliberal y Ralph humanista. Y ambos tienen sus segundos. El de Jack es Roger, un niño que tarda en mostrar su carácter despiadado pero que a la sombre de Jack desarrolla terriblemente ese aspecto de su carácter. Y el de Ralph es Piggy, el gordito gafotas de quien todos se ríen; inteligente, culto y sensato, es el intelectual que proporciona ideas al bueno de Ralph. Su lealtad a este y la deriva de los acontecimientos en la isla le llevan del estupor al pesimismo, como a todo intelectual que se precie.

Las tres adaptaciones cinematográficas que ha tenido esta historia conforman un fascinante ejemplo sobre lo que puede ser, lo que debería ser y lo que no, la puesta en imágenes de una obra literaria.
En 1963 Peter Brook, más conocido como director de teatro, dirigió Lord of the Flies, película rodada en Puerto Rico con niños sin experiencia actoral previa. Que yo sepa es la única obra cinematográfica de Peter Brook no documental, que no está basada en un montaje teatral suyo y que no sea una adaptación de Shakespeare (¿es El señor de las moscas la única obra a la altura de Shakespeare que Brook encontró?) Rodada en un blanco y negro luminoso, con una banda sonora minimalista y un tono documental, es una obra difícil, radicalmente leal a la novela, que no ahorra al espectador nada de su perturbador contenido. De hecho, la hija de William Golding contó en la biografía de su padre la emoción y la sorpresa de este al asistir a la proyección en Cannes. El guión de la película es prácticamente el texto de la novela y hoy se considera un modelo de adaptación literaria.
La versión de 1990 de Harry Hook me parece fallida. Es un intento de convertir la pieza en material de aventuras sin adentrarse en su complejidad ni en su simbolismo. Las licencias sobre el material original, como convertir a los niños en alumnos de una escuela militar, no aportan nada de interés excepto sugerir una masculinidad tóxica sin profundizar en ella.
Jack Thorne, en la serie de cuatro capítulos El señor de las moscas (2026) vuelve a rodearse de niños y adolescentes como hizo en la excelente serie Adolescencia (2025) y, como entonces, parece buscar en ellos el germen de la moralidad o amoralidad de los adultos que serán, los adultos que somos. Sus cuatro capítulos son apabullantes en todos los sentidos, quizá demasiado. Una banda sonora omnipresente recuerda, de forma incómoda para mí, la de White Lotus (Mike White, 2021) Lo que podía dar juego como ambiente sonoro en un resort de lujo no funciona en una isla desierta, o funciona rebajándola a escenario exótico. La fotografía, tan saturada que a veces la selva se vuelve roja, parece hablarnos continuamente de estados emocionales cambiantes, algo que Peter Brook conseguía solo con enfocar el rostro de los niños. Parece que a Thorne no le hayan parecido suficientemente expresivas las excelentes interpretaciones de sus jóvenes actores y necesita unos subrayados emocionales que resultan excesivos. Respecto a la historia, aporta un psicologismo que no estaba en la novela. La obra de Golding invitaba a una reflexión abierta sobre el origen del mal en nosotros pero se limitaba a abrir la caja de Pandora sin intentar explicar cada uno de sus demonios. Thorne parece que necesita indagar en el pasado de los niños, añade un posible vínculo complicado entre Jack y Ralph anterior a los sucesos de la isla (eran los únicos que se quedaban en el internado cuando los otros se iban con sus padres). Si no se tiene en mente la novela ni la obra de Peter Brook el resultado es interesante y se disfruta ese duelo de personalidades que repercutirá en el destino de los otros niños. La apuesta de Thorne por modernizar la historia tanto en un sentido formal como psicológico me parece legítima y valiente aunque insatisfactoria. Y si dejamos de lado por irrelevante la versión de 1990 y nos quedamos con la novela (1954), la película de 1963 y la serie de 2026, tenemos un diálogo entre novela, teatro y cine, y entre modernidad y posmodernidad que nos lleva muy lejos.

