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Perduto cinema italiano

Érase una vez, se dice, en el sentido de algo que fue y que ahora ya no es. El tiempo pasa, las cosas cambian, y dentro del panta rei hay dos opciones que el hombre ama y ha amado durante su muy corta y diminuta vida en cuanto especie natural (¿es que hay especies no naturales? ¿acaso la inteligencia artificial?) : las cosas se repiten, dentro del eterno retorno, como si de una rueda se hablara (creo que en Asia hay ideas de este tipo en algunas religiones), o quizás las cosas simplemente tengan un comienzo, un auge y un punto final, dentro del concepto de vida (metáfora, la de los eventos históricos y no solo, que se basa en el fluir biológico de cada ser vivo de esta tierra, y a lo mejor no solo). Otra visión es la del antiguo filósofo alemán quien pensaba que la historia sigue un movimiento ad meliora y que entonces todo tiene su carácter positivo dentro de la bien conocida triada de tesis, antítesis y síntesis. Una idea que personas pocos instruidas definen como “evolución”, palabra que, como bien sabe quienes hemos estudiado un mínimo la natural, en realidad nada de teleológico tiene como significado y que más se aproxima a la cuestión del caos y del simple azar.

“¿Y el cine?”, podríamos preguntarnos, “¿qué tiene que ver con esto?”. El cine italiano, sobre todo, aquel cine que hasta hace unas (muchas) décadas hacía pensar que gracias a los maestros de la península dejaría su huella para siempre, dentro de la sempiterna voluntad de crear arte. El cine italiano fue, cuando empezó el mundo de las imágenes en movimiento, uno de los pioneros, con una producción bastante buena, si bien, hágase caso, no entre las más conocidas por los historiadores. Y es que, efectivamente, el gran cine italiano tuvo lugar dentro de lo que se definió il miracolo italiano, o sea cuando, gracias a los EUA (el capitalismo ayuda), las industrias posbélicas lograron llegar a altos niveles de producción. Y no, no fue un simple juego de inyección de dinero, sino que, más concretamente, el genio italiano era tal que bien sabía mostrar sus efectivas cualidades. Los italianos de aquel entonces encontraron un milagro no solo porque tuvieron unas bases económicas con las que empezar, sino que ellos mismos habían entendido el valor del trabajo bien hecho, del concepto de manifattura en el sentido de saber utilizar bien las manos.

El cine italiano fue así una manera de crear un discurso sobre el mundo en el cual se desarrollaba, se insertaba. El cine de los años 50, 60 y 70 fue, en otras palabras, el espejo de un país de morti di fame que había empezado a levantarse (¿otra vez?) para convertirse en una potencia mundial. Había cierta necesidad de enseñar las brutture, lo que el hombre efectivamente era, lo cual no significaba nada más que la justa revancha en contra de los fascistas que habían definido al hombre italiano como a un guerrero y a un heredero de la magnificencia de la Roma imperial. Y era también una desmitificación de la idea de italiani brava gente, una idea que era utilizada para decir que sí, el fascismo fue una invención italiana, sin embargo éramos personas cariñosas, que nunca hubiéramos hecho daño ni a una mosca (que vayan a decírselo a algunos pueblos africanos cuando las camicie nere optaron por crear un nuevo imperio en otro continente).

Por supuesto, mostrar el mundo así como era de verdad significaba también tomar una posición política dentro de un caos como era el carnaval cultural de aquella Italia. El pueblo estaba intentando mirar hacia el futuro después de un pasado del cual no quería hablar (y del cual hasta hoy en día ni se habla o, si lo hacemos, no lo bastante bien), y dentro de la cuestión de la identidad se abrían paso aquellas dificultades de hablar de un “pueblo” cuando, en realidad, la península italiana nunca había sido un único lugar ni cultural ni étnico (diferentes lenguas disfrazadas del adjetivo peyorativo – y ridículo para los lingüístas – de “dialectos”, cuestión típica de cierta altezzositá y de esnobismo de los grandes fautores de la innatural lengua italiana). Un conjunto, entonces, de personas de diferentes tipos, de un pasado del que se sentía la presencia si bien se estaba intentando alejarse (lontano dagli occhi, lontano dal cuore), una explosión económica y un necesario diálogo sobre el “pueblo italiano” que nadie quería hacer y que simplemente se traducía en dejar que las cosas fluyeran de por sí solas.

Hubo maestri, entonces, que eran además personas capaces de utilizar sus manos para hacer algo tan profundo como también (muchas veces) cínico. Espejo de un mundo que presumía ser más de lo que realmente era, las grandes obras italianas no tienen grandes héroes, protagonistas de primera importancia, sino personas sencillas, muchas veces encerradas dentro de los bordes fluidos de l’arte di arrangiarsi (horrible manera de decir que el genio italico está acostumbrado a crear una nación paralela al estado oficial). Así fue, entonces, como durante las tres décadas del posguerra fue posible estallar dentro del cine mundial, sin dejar por un lado el hecho de que, efectivamente, cerca de las grandes producciones artísticas sí había obras menores y, por supuesto, basura. Y de spazzatura hay que hablar en la década de los 80, cuando se empezó lentamente a cambiar el rumbo y la manera de hacer cine, sobre todo de escribirlo. Allí fue cuando la etnia italiana empezó a cambiar y con la llegada de la ola de consumismo (que nos es hijo directo del capitalismo) todo fue lentamente hacia la decadencia cultural. Ya no se iba al cine para aprender, sino solo para disfrutarlo.

No todo fue algo malo, por supuesto. Los 80 tuvieron algunos productos buenos, sin embargo se empezó a notar cómo lentamente las obras que se enviaban a las grandes pantallas habían perdido su valor internacional (se habla del hombre italiano, por supuesto, pero sobre todo del hombre en cuanto especie) para reducir sus horizontes dentro de un provincialismo asfixiante. Las obras de los años 90 y de las primeras décadas de los 2000 quizás las hayan visto, fuera de las fronteras nacionales, muy pocas personas, y quizás se hayan preguntado si merecían la pena. Todo se ha perdido, parece, en lo que al valor de cinema italiano se les otorgaba en cuanto a productos de alta calidad. Se sigue creando, produciendo, a veces con resultados bastante altos, sin que, desafortunadamente, la huella del genio italiano logre ir más allá de unas cabezas que se inclinan levemente en la grande realidad internacional. Del futur non v’é certezza, por supuesto, y la esperanza no puede (ni tiene que) morir tan patéticamente, sin embargo, desoladora es la mirada ante los escombros de una civilización que tan grande fue. Roma docet.

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