Críticas
La imagen como ensoñación
Resurrection
Kuang ye shi dai. Bi Gan. China, 2025.
El estreno de Resurrection en la Sección Oficial de Festival de Cannes, donde obtuvo el Premio Especial del Jurado, confirma la consolidación de Bi Gan como una de las miradas más radicales del cine contemporáneo. Tras la ya celebrada Largo viaje hacia la noche (Di qiu zui hou de ye wan, 2018), el autor chino profundiza aquí en una poética que abandona definitivamente cualquier atisbo de linealidad narrativa. En cambio, se adentra en un territorio donde la imagen ya no ilustra el relato, sino que lo sustituye. La obra no se presenta como una historia en sentido clásico, sino como una experiencia sensorial que apela a la memoria del espectador, a su capacidad de reconstruir fragmentos dispersos y de dejarse arrastrar por la lógica del sueño. El filme se sitúa, así, en ese territorio fronterizo entre el recuerdo y la invención, donde el tiempo no avanza sino que se repliega sobre sí mismo. Bi Gan vuelve a demostrar una extraordinaria capacidad para convertir el espacio cinematográfico en un territorio mental, donde las emociones no se verbalizan, sino que emergen a través de texturas visuales, sonidos lejanos y cuerpos que parecen desplazarse entre dimensiones temporales distintas. La película no busca tanto ser entendida como sentida, invitando a abandonarse a un flujo de imágenes de una belleza hipnótica y perturbadora.
La estructura del largometraje responde a una lógica circular que desactiva cualquier expectativa de progresión dramática. No hay un desarrollo, sino una acumulación de instantes que regresan transformados, como si cada imagen fuera el eco de otra anterior. Este dispositivo convierte el tiempo en una materia maleable, susceptible de ser recorrida en múltiples direcciones. Los personajes —si es que cabe denominarlos así— deambulan por este espacio suspendido como figuras espectrales, atravesadas por recuerdos que no les pertenecen del todo. La narración se fragmenta en episodios que funcionan como cápsulas autónomas, unidas más por asociaciones poéticas que por causalidades dramáticas. Resurrection se alinea con una tradición del cine moderno que entiende el montaje no como articulación de sentido, sino como campo de resonancias. Por momentos, el filme parece dialogar con la temporalidad quebrada de autores como Andrei Tarkovsky o Apichatpong Weerasethakul, aunque Bi Gan se apropia de una dimensión más sensorial y alucinatoria. El pasado y el presente dejan de diferenciarse claramente, y la memoria se transforma en una corriente inestable donde las imágenes resurgen deformadas, incompletas o contaminadas por el deseo.

Uno de los rasgos más distintivos del cine del realizador —y que aquí alcanza una depuración extrema— es el uso del plano secuencia como forma de inmersión. Lejos de constituir un alarde técnico, estos largos movimientos de cámara operan como dispositivos hipnóticos que diluyen la frontera entre el espectador y la imagen. La cámara no observa, sino que deriva, se desliza por espacios que parecen mutar a medida que son recorridos. Esta fluidez genera una sensación de continuidad ilusoria que refuerza la dimensión onírica del largometraje. No hay cortes que nos devuelvan a la conciencia, todo sucede en una suerte de presente expandido. La experiencia de visionado se aproxima así a un estado de semisueño, donde la percepción se vuelve porosa y las imágenes se filtran sin resistencia. Especialmente asombrosos resultan algunos desplazamientos de cámara que atraviesan habitaciones, túneles, escenarios teatrales o calles nocturnas sin solución de continuidad, produciendo la sensación de que el espacio se pliega sobre sí mismo. Bi Gan transforma el plano secuencia en una experiencia casi física: no se contemplan únicamente las imágenes, sino que parece que nos internemos dentro de ellas, como si avanzáramos por un sueño del que resulta imposible despertar.
Desde el punto de vista visual, la obra se erige como un auténtico homenaje a la historia del cinematógrafo. El autor articula un complejo juego de luces y sombras que remite tanto a los orígenes de este arte como a sus múltiples derivas estéticas. La imagen se convierte en un palimpsesto donde conviven distintas épocas y sensibilidades: el claroscuro deudor del expresionismo, la textura granulada que evoca el celuloide primitivo, los destellos cromáticos que remiten a la modernidad digital. Esta heterogeneidad no responde a un ejercicio de cita, sino a una voluntad de inscribir el filme en una memoria colectiva del cine. Cada plano parece contener la huella de otros planos, como si la historia del medio se reactivara en cada instante. La película está atravesada por una constante conciencia material de la imagen: reflejos, veladuras, humo, proyecciones y superficies translúcidas convierten el acto de mirar en una experiencia inestable. El realizador chino filma la luz como si estuviera a punto de desaparecer, como un residuo fantasmal de un arte que lucha por sobrevivir frente a la saturación visual contemporánea. De ahí que muchas escenas posean una textura espectral, casi arqueológica, como si observáramos ruinas luminosas procedentes de otro tiempo.

La propuesta de Resurrection dialoga de forma explícita con las teorías de Christian Metz, especialmente con su concepción del dispositivo cinematográfico como un equivalente del inconsciente. La sala oscura, la pasividad del espectador, la sucesión de planos que se imponen sin mediación racional…; todo configura una experiencia análoga al sueño. Bi Gan radicaliza esta idea al construir un filme que no busca ser comprendido, sino experimentado. Las imágenes no remiten a un significado unívoco, sino que se abren a una multiplicidad de interpretaciones, como ocurre en el ámbito onírico. Nos vemos sumergidos en un flujo de asociaciones libres, donde lo personal y lo colectivo se entrelazan de manera indisoluble. En determinados momentos, la obra parece incluso suspender las leyes de la lógica narrativa para aproximarse a la mecánica de los sueños descrita por el psicoanálisis: condensaciones, desplazamientos, repeticiones y retornos de figuras apenas reconocibles. El director convierte el cine en un espacio donde la conciencia racional se debilita y emergen imágenes primitivas, deseos enterrados y emociones imposibles de verbalizar. La pantalla deja entonces de funcionar como ventana al mundo para transformarse en una prolongación del inconsciente colectivo.
Los seres que habitan el filme carecen de una identidad estable. Son figuras en tránsito, definidas más por su presencia física que por cualquier rasgo psicológico. Este vaciamiento del personaje refuerza la dimensión abstracta de la película: lo que importa no es quiénes son, sino el modo en que se inscriben en el flujo de imágenes. Sus trayectorias no obedecen a una lógica narrativa, sino a una deriva casi coreográfica, donde cada gesto adquiere un valor plástico. Bi Gan desplaza el interés desde la representación hacia la pura presencia, convirtiendo a sus criaturas en elementos de una composición visual más amplia. Muchas de ellas parecen desplazarse como sonámbulas, suspendidas entre la vida y el recuerdo, sin terminar de pertenecer nunca al presente que ocupan. Esa indefinición genera una sensación de extrañeza constante, pero también una profunda melancolía. Los cuerpos aparecen fragmentados por reflejos, sombras o cortinas de humo, como si estuvieran en proceso de desaparición. La obra acaba sugiriendo que la identidad no es más que una acumulación precaria de recuerdos y percepciones que el tiempo erosiona lentamente.

En el corazón de Resurrection late una profunda añoranza: la conciencia de que el cine, en tanto fábrica de sueños, ha perdido parte de su capacidad de asombro. La evocación de la Dream Factory de Thomas Edison no es aquí un simple guiño histórico, sino una declaración de intenciones. El autor parece preguntarse qué queda de aquel impulso originario que convirtió al celuloide en un dispositivo de fascinación colectiva. La respuesta no se formula en términos discursivos, sino a través de una acumulación de imágenes que remiten a emociones olvidadas. El filme se convierte así en un acto de resistencia frente al olvido, en un intento de reactivar una sensibilidad que creíamos perdida. Existe en la película una nostalgia no tanto por el pasado concreto, sino por la propia capacidad de maravillarse. Los personajes avanzan entre vestigios de imágenes, canciones y recuerdos como quien intenta reconstruir una emoción desaparecida. Bi Gan parece rodar desde la conciencia de que el cine contemporáneo ha perdido parte de su dimensión ritual y colectiva, reemplazada por un consumo acelerado de imágenes. Resurrection responde a ello reivindicando el tiempo lento, la contemplación y la posibilidad de que este arte todavía pueda conmovernos profundamente.
La película se impone, finalmente, como una experiencia sensorial intensa, capaz de desafiar las convenciones perceptivas del espectador contemporáneo. Su carácter narrativamente esquivo puede generar desconcierto, pero es precisamente en esa resistencia donde radica su potencia. Bi Gan no ofrece respuestas ni certezas; propone, en cambio, un viaje por los pliegues de la memoria y la percepción, un recorrido donde cada plano funciona como un umbral hacia lo desconocido. En un contexto cinematográfico dominado por la transparencia narrativa, Resurrection reivindica la opacidad como forma de conocimiento, recordándonos que el cine, en su esencia más profunda, sigue siendo un arte del misterio. Pocos largometrajes recientes han logrado transmitir con tanta intensidad la sensación de estar atravesando un sueño colectivo construido con restos de memoria cinematográfica. El director filma como si intentara rescatar imágenes condenadas a desaparecer, otorgándoles una última vida dentro de esa maquinaria espectral que sigue siendo la sala de proyección. El resultado es una obra exigente, hipnótica y profundamente emotiva, que convierte la experiencia cinematográfica en una deriva sensorial donde quedamos suspendidos entre la fascinación, el desconcierto y la tristeza por aquello que el tiempo inevitablemente termina borrando.
Tráiler:
Ficha técnica:
Resurrection (Kuang ye shi dai), China, 2025.Dirección: Bi Gan
Duración: 160 minutos
Guion: Bi Gan
Producción: Coproducción China-Francia; Dangmai Films, Huace Pictures, CG Cinéma, arte France Cinéma
Fotografía: Dong Jingsong
Música: M83
Reparto: Jackson Yee, Shu Qi, Mark Chao, Li Gengxi, Hao Lei, Zhang Yi, Dong Zijian, Lee Hong-Chi, Meng Xia

