Críticas

Bailando en el cuadrilátero

Gigante

Giant. Rowan Athale. Reino Unido, 2025.

Hay películas que no necesitan ganar el combate por KO para resultar simpáticas. Les basta con aguantar doce asaltos sin besar demasiado la lona y, de vez en cuando, colocar un buen gancho al hígado emocional del espectador. Ahí entra Giant (2025, Reino Unido), la nueva película de Rowan Athale, una producción inspirada en hechos reales que vuelve a demostrar que el cine de boxeo jamás pasa de moda. Podrá cambiar el peinado de los púgiles, podrán desaparecer las patillas de los setenta o las hombreras de los ochenta, pero siempre habrá alguien dispuesto a ponerse unos guantes para salir del barro social a base de puñetazos y orgullo.

Y además está Sylvester Stallone detrás de la producción. Claro. Stallone lleva tantas décadas respirando olor a linimento y sudor de gimnasio que probablemente ya no distingue un perfume francés de un vestuario después de diez rounds. Desde que convirtió a Rocky Balboa en el santo patrón de los perdedores nobles, nunca ha abandonado el cuadrilátero. Aquí encuentra en la historia real del príncipe Naseem Hamed un filón perfecto para seguir insistiendo en una idea muy americana pero también muy universal: la del chico humilde que convierte sus puños en un ascensor social.

La película arranca en 1997 con Nassem Hamed culminando un combate por KO técnico. El público ruge, las luces brillan, el campeón parece flotar sobre el ring con esa mezcla de arrogancia y espectáculo que siempre tuvo el auténtico Hamed. Y entonces llega el inevitable flashback. Porque los biopics deportivos son como las abuelas cuando enseñan fotos: siempre empiezan por el final glorioso antes de sacar la instantánea del niño con pantalones cortos.

Retrocedemos a 1981, a Sheffield, y ahí aparece uno de los grandes aciertos del filme: el retrato social de los barrios obreros. Casas idénticas alineadas como dientes gastados, calles húmedas, inmigración pakistaní soportando bromas, prejuicios y comentarios de barra de bar pronunciados por tipos cuya mayor hazaña física consiste en levantar una pinta de cerveza sin derramarla. Hay algo de cine social británico clásico en esos pasajes. No demasiado profundo, tampoco nos engañemos, pero sí lo bastante honesto como para aportar textura humana a la historia.

Pierce Brosnan interpreta a Brendan Ingle y lo hace con una naturalidad estupenda. Es curioso ver a quien fue James Bond convertido aquí en entrenador de gimnasio, pinchadiscos ocasional y especie de filósofo callejero del boxeo. Brosnan envejece bien porque ha entendido algo fundamental: ya no necesita demostrar elegancia; le basta con insinuarla. Su Brendan es un hombre humilde, intuitivo, de esos entrenadores que detectan talento igual que algunos viejos músicos reconocen a un prodigio al escuchar dos notas.

Y así ocurre. En un autobús observa a un niño árabe con un movimiento de pies extraordinario. El pequeño Nassem parece bailar más que caminar. Tiene algo de Fred Astaire escapando de un combate y algo de Gene Kelly esquivando paraguazos. Brendan entiende enseguida que aquel muchacho posee un don. Porque el boxeo, aunque muchos crean lo contrario, empieza en los pies antes que en los puños.

La madre del chico acepta que entrene. Sabe perfectamente que el muchacho necesita herramientas para sobrevivir en un entorno donde los hijos de inmigrantes reciben más golpes fuera del ring que dentro. Y ahí comienza la clásica relación maestro-discípulo que tantas alegrías ha dado al género. Una relación construida entre sacos de arena, sudor, disciplina y frases motivacionales dichas con acento de pub británico.

El actor Amir El-Masry —magnífico en el papel— logra capturar muy bien la personalidad de Nassem Hamed. No intenta convertirlo en un héroe perfecto, y eso se agradece. Hamed era un boxeador fascinante porque parecía boxear desafiando las leyes básicas del equilibrio humano. Bajaba los brazos, provocaba, bailaba, humillaba al rival con reflejos imposibles y luego soltaba un golpe demoledor. Sus guantes parecían escondidos dentro de un martillo neumático. El filme transmite bastante bien esa mezcla de talento circense y potencia salvaje.

Las escenas de combate están rodadas con solvencia. No inventan nada nuevo, pero funcionan. Hoy el espectador ya ha visto tantos planos ralentizados de saliva saliendo despedida tras un derechazo que el cine pugilístico necesita algo más que técnica visual para sorprender. Giant opta por centrarse más en el carácter de Hamed que en la épica pura del combate, y eso termina siendo una decisión inteligente.

Claro que el gran conflicto no tarda en aparecer: el éxito. Ese rival invicto. Cuando Hamed alcanza la cima y pelea en el Madison Square Garden, comienza también su transformación personal. Se vuelve arrogante, egocéntrico, convencido de que todo el mérito le pertenece exclusivamente a él. El chico que bailaba termina creyéndose coreógrafo del universo. Y Brendan, que había sido casi un padre, empieza a convertirse en una figura incómoda para su ego.

Ahí la película encuentra sus mejores momentos dramáticos. No en los puñetazos, sino en las heridas invisibles. La ruptura entre entrenador y boxeador está contada con bastante sensibilidad, sin caer en el melodrama lacrimógeno de sobremesa dominical. Incluso resulta conmovedor comprobar cómo Brendan encaja el golpe emocional de verse borrado del relato oficial del campeón.

También merece una mención Catherine Dow Blynton como la esposa de Brendan. Representa ese tipo de personaje secundario que suele sostener emocionalmente estas historias desde la cocina, desde el sofá o desde una frase dicha en el momento oportuno. Tiene humanidad, serenidad y sentido común. Es, en cierto modo, el algodón que amortigua tantos impactos masculinos de orgullo y testosterona.

Giant no es una obra maestra ni pretende serlo. No posee la profundidad de Toro salvaje (Raging Bull, 1989, EU), de Martin Scorsese, ni la energía salvaje de Rocky (1976, EU), de John G. Avildsen, ni el nervio contemporáneo de otras películas recientes sobre el boxeo. Pero cumple dignamente. Tiene ritmo, personajes agradables y un fondo social interesante. Además, conserva algo muy importante: cariño por sus criaturas.

Y quizá ahí resida su mayor victoria. En recordar que detrás de todo este negocio lleno de promotores sospechosos, intereses turbios y egos hipertrofiados, todavía pueden existir figuras como Brendan Ingle: entrenadores modestos que no buscan mansiones ni fama, sino la satisfacción íntima de haber ayudado a alguien a levantarse del suelo y encontrar un lugar en el mundo. Aunque sea a puñetazos.

Tráiler de la película:

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Ficha técnica:

Gigante (Giant),  Reino Unido, 2025.

Dirección: Rowan Athale
Duración: 110 minutos
Guion: Rowan Athale
Producción: AGC Studios, Balboa Productions, Big Safari, BondIt, Tea Shop & Film Company, White Star Productions
Fotografía: Larry Smith
Música: Neil Athale
Reparto: Pierce Brosnan, Amir El-Marry, Katherine Dow Blyton, All Saleh, Samir Arrian y Elliot Benn

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