Críticas

Volver a mirar el cielo

El castillo en el cielo

Tenkû no Shiro Rapyuta. Hayao Miyazaki. Japón, 1986.

Cartel de El castillo en el cieloHay películas que envejecen porque estaban atadas a una moda, a una tecnología o a una forma específica de entender el mundo. Otras, en cambio, parecen permanecer suspendidas en el tiempo, como si existieran en un lugar aparte. El castillo en el cielo pertenece claramente a esta segunda categoría. Estrenada en 1986 y dirigida por Hayao Miyazaki, la película fue el primer gran proyecto realizado por Studio Ghibli y, casi cuarenta años después, sigue sintiéndose extraordinariamente viva. No solo por la belleza de su animación o por su aventura aérea, sino porque debajo de su apariencia de cuento infantil habita una reflexión profundamente humana sobre el poder, la memoria, la guerra y la posibilidad de imaginar otro futuro.

La historia parece, al principio, sencilla. Sheeta, una niña perseguida por agentes del gobierno y por piratas del aire, cae literalmente del cielo gracias a una misteriosa piedra flotante. Pazu, un joven huérfano que sueña con demostrar la existencia de la legendaria ciudad de Laputa, la rescata y juntos emprenden una travesía para encontrar ese reino suspendido entre las nubes. Sin embargo, como ocurre en gran parte del cine de Miyazaki, el relato nunca se conforma con ser solo una aventura. Cada persecución, cada paisaje y cada máquina contienen algo más: una pregunta política, una melancolía histórica o una defensa obstinada de la vida.

Uno de los aspectos más impresionantes de la película es su capacidad para construir un mundo que parece familiar y extraño al mismo tiempo. El universo de El castillo en el cielo mezcla referencias a la revolución industrial europea, la ciencia ficción clásica y la estética steampunk mucho antes de que el término se volviera popular. Hay trenes mineros, fortalezas militares, dirigibles gigantescos y ciudades flotantes. Todo parece surgir de un pasado alternativo donde la tecnología todavía conserva algo artesanal, casi romántico. Pero Miyazaki no idealiza ese progreso. La maquinaria en su cine siempre posee una doble cara: puede ser maravillosa, pero también profundamente destructiva.

Esa ambigüedad atraviesa toda la película. Laputa aparece inicialmente como un sueño utópico, un lugar mítico asociado al conocimiento y a la belleza. Sin embargo, una vez que los personajes llegan allí, descubren que esa civilización avanzada terminó convertida en ruina. Lo que permanece vivo no es el poder militar ni la sofisticación tecnológica, sino la naturaleza que lentamente ha reclamado el espacio abandonado. Los jardines cubiertos de vegetación, los árboles gigantes y los robots silenciosos generan algunas de las imágenes más conmovedoras de toda la filmografía de Miyazaki.

Fotograma de El castillo en el cielo

En ese sentido, la película funciona como una advertencia ecológica y política que hoy resulta incluso más actual que en los años ochenta. Laputa representa una civilización que confundió desarrollo con dominación. El problema no es la tecnología en sí, sino la lógica de control que la acompaña. Los gobiernos y militares de la película desean apropiarse del castillo flotante no para comprenderlo, sino para utilizarlo como arma. Miyazaki parece sugerir que toda sociedad obsesionada con el poder termina inevitablemente produciendo ruinas.

Pero lo más interesante es que la película nunca cae en el pesimismo absoluto. A diferencia de muchas distopías contemporáneas, El castillo en el cielo todavía cree en la posibilidad de la ternura. El vínculo entre Sheeta y Pazu se construye desde el cuidado mutuo y la solidaridad, no desde el cinismo ni la violencia. Ambos personajes son niños enfrentados a un mundo dominado por adultos codiciosos, pero la película no los transforma en héroes excepcionales. Siguen siendo vulnerables, se asustan, dudan y necesitan ayuda constantemente. Esa fragilidad es precisamente lo que los vuelve humanos.

También resulta notable la manera en que Miyazaki representa a los antagonistas. Incluso los piratas liderados por Dola, que inicialmente parecen simples villanos caricaturescos, terminan revelando una enorme calidez. Dola es uno de esos personajes que solo pueden existir en el universo Ghibli: feroz y maternal al mismo tiempo, capaz de intimidar y cuidar en una misma escena. La película entiende que las personas son contradictorias, y por eso evita las divisiones morales absolutas.

Visualmente, El castillo en el cielo continúa siendo deslumbrante. La animación tradicional posee una textura imposible de replicar digitalmente. Hay una atención obsesiva al movimiento del viento, de las nubes, del vapor y de los objetos mecánicos. Las escenas aéreas transmiten una sensación física de libertad que sigue siendo difícil de encontrar incluso en grandes producciones contemporáneas. Miyazaki filma el vuelo como una experiencia emocional antes que espectacular. Volar no significa únicamente desplazarse: significa imaginar otra relación con el mundo.

La música de Joe Hisaishi juega un papel fundamental en esa construcción sensible. Su banda sonora combina momentos épicos con melodías profundamente melancólicas. El tema principal tiene algo infantil y nostálgico al mismo tiempo, como si evocara el recuerdo de una aventura soñada hace mucho tiempo. La música no acompaña simplemente las imágenes; les otorga una dimensión afectiva que termina definiendo la identidad emocional de la película.

Quizás uno de los mayores logros de El castillo en el cielo sea justamente esa capacidad para sostener el asombro sin renunciar a la complejidad. Muchas películas dirigidas al público infantil tienden a simplificar los conflictos o a ofrecer moralejas demasiado explícitas. Miyazaki hace exactamente lo contrario. Confía en la inteligencia emocional del espectador. Permite que existan silencios, momentos contemplativos y escenas donde lo importante no es avanzar la trama sino detenerse a observar un paisaje o escuchar el sonido del viento entre las ruinas.

Fotograma de El castillo en el cielo

Vista hoy, la película también permite entender gran parte de las obsesiones que definirían posteriormente la obra de Miyazaki: la relación conflictiva entre humanidad y naturaleza, la fascinación por el vuelo, la crítica al militarismo y la defensa de personajes femeninos complejos y activos. Muchas de esas ideas alcanzarían nuevas formas en Princess Mononoke, Spirited Away o Howl’s Moving Castle, pero ya estaban presentes aquí con una claridad sorprendente.

Sin embargo, reducir El castillo en el cielo a una “película importante” dentro de la historia de la animación sería insuficiente. Lo que la vuelve inolvidable no es solamente su influencia cultural, sino la emoción que todavía produce. Hay algo profundamente sincero en su manera de mirar el mundo. En tiempos donde gran parte del cine de aventuras parece construido alrededor de la ironía o del espectáculo vacío, Miyazaki todavía se atreve a hablar de esperanza sin caer en la ingenuidad.

Tal vez por eso la película sigue resonando. Porque entiende que imaginar otros mundos no sirve para escapar de la realidad, sino para pensarla mejor. Laputa no es solo un castillo flotante perdido entre las nubes: es el símbolo de una civilización que olvidó cómo convivir con la vida. Frente a eso, Miyazaki propone otra posibilidad, mucho más simple y mucho más difícil: cuidar, escuchar, compartir y aprender a mirar nuevamente el cielo.

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Ficha técnica:

El castillo en el cielo (Tenkû no Shiro Rapyuta),  Japón, 1986.

Dirección: Hayao Miyazaki
Duración: 124 minutos
Guion: Hayao Miyazaki
Producción: Studio Ghibli, Nibariki
Música: Joe Hisaishi
Reparto: Animación

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