Críticas
El diablo se humaniza
El diablo viste de Prada 2
The Devil Wears Prada 2. David Frankel. EUA, 2025.
La maquinaria de la moda vuelve a ponerse en marcha en El diablo viste de Prada 2 (The Devil Wears Prada 2, 2025, EUA)‘, producción de 20th Century Fox que recupera a David Frankel como realizador tras el enorme éxito y seguimiento de la primera entrega. Y lo cierto es que Frankel, cineasta también curtido en televisión y responsable de títulos como Belleza oculta (Collateral Beauty, 2016, EU), vuelve a demostrar que sabe moverse con soltura dentro de materiales donde conviven emociones, poder, apariencias y conflictos humanos envueltos en celofán de lujo.
Porque si algo tiene esta segunda parte es precisamente eso: conoce perfectamente el terreno que pisa. Periodismo, moda, egos descomunales y estrategias empresariales forman parte de un engranaje que la película maneja con bastante habilidad durante su primera media hora, probablemente lo mejor de toda la función. Ahí sí hay nervio, actualidad y cierta mala leche elegante. El filme aborda un tema muy pegado a la realidad contemporánea: la crisis del periodismo en papel frente al auge del contenido digital y la inmediatez informativa.
Ese choque queda representado por dos maneras opuestas de entender el oficio. Por un lado, Emily Charlton, interpretada con enorme simpatía, chispa y desparpajo por Anne Hathaway, defensora de una visión más dinámica y adaptable de la comunicación. Enfrente vuelve a emerger el colosal personaje de Miranda Priestly, encarnado otra vez de manera sencillamente magistral por Meryl Streep. Y es que Streep no interpreta: domina la pantalla. Cada mirada, cada pausa, cada gesto mínimo de superioridad construye un personaje tan egocéntrico como fascinante. Miranda sigue siendo una emperatriz del control, una mujer que entiende el periodismo casi como una forma de oportunismo instantáneo donde lo importante es no perder jamás el poder.

El reencuentro entre ambas se produce a raíz de varios errores cometidos por la revista de Miranda en el tratamiento de determinada información. Los grandes ejecutivos y accionistas del imperio editorial no tienen más remedio que recurrir nuevamente a Emily para apagar el incendio mediático y empresarial. Ahí nace otra vez esa tensión entre veteranía autoritaria y juventud resolutiva que tan bien funcionó en la primera película.
Durante ese tramo inicial, la película parece querer decir algo sobre los medios, la manipulación de la información y la transformación digital. Sin embargo, una vez solucionado el conflicto de partida, el relato se desplaza hacia terrenos más empresariales y económicos, perdiendo parte de la frescura inicial. La historia empieza entonces a transitar por escenarios de lujo, glamour, desfiles y reuniones de altos vuelos donde el dinero y las alianzas corporativas pesan más que el propio periodismo.

Eso sí, el enfrentamiento entre las dos protagonistas sigue sosteniendo buena parte del interés. Poco a poco, ambas mujeres van limando asperezas y comprendiendo que, frente a amenazas externas y luchas internas de poder, quizá necesiten caminar juntas. En ese entramado aparece también el personaje de Emily Blunt —todavía resentida con el universo Miranda Priestly— aportando ese punto de ironía venenosa y resentimiento elegante que tan bien maneja la actriz británica.
Y como no podía ser de otra manera, reaparece Stanley Tucci como uno de los grandes engranajes emocionales y narrativos de la película. Su personaje vuelve a funcionar como nexo, alivio y contrapunto dentro de ese ecosistema donde todo el mundo sonríe mientras afila cuchillos.
En papeles secundarios desfilan también Lady Gaga, haciendo prácticamente de sí misma, y Kenneth Branagh, que aporta esa elegancia sobria y distinguida que parece venir ya incorporada de fábrica en cada uno de sus trabajos.
En líneas generales, estamos ante una película entretenida, ligera y claramente diseñada como producto comercial de gran consumo. No pretende revolucionar nada ni ofrecer un discurso especialmente profundo. De hecho, da la sensación de que, tras un arranque prometedor, el filme se acomoda demasiado rápido dentro de los mismos parámetros visuales, narrativos y estéticos que ya conocíamos de la primera entrega. No arriesga, no fuerza conflictos y tampoco busca un gran golpe dramático definitivo.

Pero aun así funciona. Y funciona, sobre todo, gracias a un reparto que conoce perfectamente sus personajes y los interpreta con una fiabilidad casi matemática. Hay oficio, química y una profesionalidad muy norteamericana en la manera de construir cada escena. Al final, uno sale del cine con la sensación de haber visto un producto elegante, vistoso y eficaz. Quizá un poco superficial, quizá demasiado cómodo consigo mismo, pero perfectamente empaquetado para gustar al gran público.
Y en el fondo, precisamente de eso trata también esta película: de vender una imagen impecable mientras detrás rugen los engranajes del negocio.
Tráiler de la película:
Ficha técnica:
El diablo viste de Prada 2 (The Devil Wears Prada 2), EUA, 2025.Dirección: David Frankel
Duración: 119 minutos
Guion: Aline Brosh McKenna
Producción: 20th Century Studios, Sunswept Entertainment, Wendy Finerman Productions.
Fotografía: Florian Ballhaus
Música: Theodore Shapiro
Reparto: Meryl Streep, Anne Hathaway, Stanley Tucci, Emily Blunt, Justin Theraoux, Lady Gaga, Kenneth Branagh y Lucy Liu

