Críticas
Integral
Kill Bill : The Whole Bloody Affair
Quentin Tarantino. EUA, 2004.
Hay momentos en los cuales nos preguntamos si, efectivamente, lo que estamos produciendo es lo que efectiva y completamente queremos presentarle a nuestro público. Es, más sencillamente, una pregunta sobre la manera de construir una obra para que se adapte al medium, dentro de lo que se puede definir como la relación entre nuestras ideas (nuestros deseos, nuestros desiderata) y lo que está disponible o, quizás, lo que más sentido tiene. Y la cuestión se resuelve, muchas veces, en una decisión que considera los diferentes puntos de vista, como, en el caso de las películas, la duración de la obra o la recaudación total. Al fin y al cabo, no hay que olvidar que la atención de los espectadores es algo limitado, con sus bordes precisos, y que, desde un punto de vista tan matemático como natural, ofrecer dos productos en vez de uno significa redoblar los billetes vendidos. Que guste o menos, la vida se basa también en la necesidad de comprar pan y agua, y cuanto más dinero uno tenga, más comida se puede permitir (por supuesto, a veces de comida no se trata sino de villas – maldito sea el lujo, y no es ironía).
La obra que se nos viene proponiendo es, de por sí, la reelaboración de dos elementos que (así afirma Trantino) nunca hubieran tenido que estar separados. El volumen 1 y el volumen 2 de Kill Bill, entonces, no habrían sido nada más que la necesidad por parte del productor de acercarse al público (y a los cines) para presentar algo que resultara más digerible. Y es que, efectivamente, la edición completa le pide al espectador que esté sentado durante más de cuatro horas, algo que, en los primeros años del siglo XXI, hubiera implicado exigir quizás demasiado (y lo mismo, por supuesto, se puede afirmar también hoy en día). Es, de hecho, no solo una cuestión de experimentar el objeto fílmico dentro del canon de la epopeya, sino de tener la voluntad de dejarse llevar por una narración muy larga; o más sencillamente es una obra que solo los aficionados quieren ver, un discurso que se basa en la voluntad de compartir un momento que traspasa los bordes de las convenciones.

Lo que se nos presenta en este caso, entonces, sería la forma correcta de una obra ideada y construida para que sea vista en una sola y única sesión, dentro de lo que sería una experiencia fílmica capaz de mezclar lo más rotundamente pulp (los filmes de serie B, para que nos entendamos, o de serie Z, a lo mejor) con la idea de un cine épico, de una duración tan larga que resulta capaz de cruzar las fronteras de la normalidad. Algo que, efectivamente, nos lleva a los largometrajes de los primeros años del cine (cuando ya había alcanzado su madurez narrativa, aquel después marcado por Griffith y su epopeya racista), con una relación con el público de carácter diferente de la de hoy en día, y con una arquitectura del tiempo de consumo por supuesto impensable en esta época (y no es que se piense que todas las obras de aquella época tuviesen la misma o casi duración). Y es que, en la cuestión del tiempo, algo nos lleva también a pensar a las ediciones originales de algunas obras, como la increíble de Sergio Leone con su América.
Quizás la palabra “reelaboración”, que acabamos de utilizar unos párrafos atrás, no sea la palabra correcta. Se podría afirmar que dentro de la arquitectura fílmica de la obra está todo lo que Tarantino quería hacer, en su visión original (si nos fiamos de él), y el producto no sería otra cosa que el elemento original que tuvo que ser divido en dos partes. El ritmo que aquí vemos, entonces, las escenas nuevas (no muchas) y los pequeños detalles (como el uso del color en la escena de los 88) se suman no para que se vaya hacia la creación de algo “nuevo” (y efectivamente la estructura narrativa no cambia) sino para que (re)surja la estructura como había sido pensada originalmente. Si el resultado funciona, este se debe a la voluntad de narrar un cuento capaz de sostenerse por sí solo gracias al conjunto de elementos cinematográficos tanto de recuperación de un discurso fílmico (las citaciones que encontramos) como de elaboración de una estructura narrativa que sigue construyendo un diálogo con el público, más allá del tiempo y del espacio. Y en esto, por supuesto, es donde se inserta el valor de la ficción del cine.
Ficha técnica:
Kill Bill : The Whole Bloody Affair , EUA, 2004.Dirección: Quentin Tarantino
Duración: 253 minutos
Guion: Quentin Tarantino
Producción: Lawrence Bender
Fotografía: Robert Richardson
Música: RZA, Robert Rodriguez
Reparto: Uma Thurman, Lucy Liu, Vivica A. Fox, Daryl Hannah, Michael Madsen, Sonny Chiba, Julie Dreyfus, Chiaki Kuriyama, Gordon Liu, Michael Parks, David Carradine

