Críticas
El heredero
Jugada maestra
How to make a killing. John Patton Ford. Francia y Reino Unido, 2025.
Otro título que te lleva por los derroteros de la displicencia y de actualización de contenidos, por existir un precedente histórico, es la producción norteamericana, How to Make a Killing (2025, EUA). Mejor verla en VOSE. Es una cinta algo tronada y disparatada, con un sentido del humor de suaves contornos que no termina de morder con los dientes más incisivos. Y ya se sabe, cuando nadas y guardas la ropa en la orilla corres el riesgo de trazar un relato que queda bien pero sin verdadero riesgo artístico. La película, que tiene alguna chispa, gira alrededor de un tema universal, la venganza. Y ya se sabe, la venganza es un plato que se sirve frío. Aunque en Jugada maestra, título que le ha puesto la distribuidora española para su exhibición en salas, y quiere enfatizar su propuesta con la palabra maestra, quizá habría que decir que se sirve acompañado de un pastel equivocado: uno pide vainilla y le traen chocolate justo antes de la ejecución. Y ahí, en ese pequeño detalle absurdo, casi de chiste negro británico pasado por el filtro neurótico del capitalismo norteamericano, está condensada la esencia de la nueva película de John Patton Ford, un cineasta que ya había demostrado en Emily la estafadora (Emily the Criminal, 2022, EUA) -me gustó esta película- que le interesan los personajes acorralados, obligados a improvisar sobre el filo de la navaja para sobrevivir a un sistema que siempre parece diseñado por otros y para otros.
Ahora Ford cambia las tarjetas de crédito fraudulentas por los árboles genealógicos envenenados y entrega una sátira criminal que mira descaradamente —y eso le honra— hacia una joya irrepetible del cine británico: Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets, 1949, Reino Unido), aquella maravilla dirigida por Robert Hamer donde el inmenso Alec Guinness se multiplicaba en varios personajes y convertía cada aparición en un recital de ironía, sofisticación y mala leche aristocrática. Claro, compararse con eso es un deporte de riesgo. Y Jugada maestra pierde inevitablemente ese duelo de elegancia y veneno interpretativo. Lo sabe el espectador y probablemente lo sepa también la propia película.
Pero Ford no juega exactamente la misma partida. Lo suyo es menos refinado y más juguetón; menos té inglés y más cóctel neoyorquino servido con una sonrisa torcida.
La película arranca con Beckett, interpretado por Glen Powell, sentado en el corredor de la muerte a cuatro horas de su ejecución. Mientras contempla resignado ese pastel de chocolate que jamás pidió, comienza un largo flashback que explica cómo un muchacho tímido, sensible y casi invisible terminó convirtiéndose en una especie de asesino accidental con ambiciones hereditarias.

La historia, en el fondo, tiene algo de cuento dickensiano pasado por el triturador de Wall Street. Beckett es el hijo ilegítimo de una mujer expulsada del clan familiar por enamorarse de un don nadie. El patriarca multimillonario la deshereda, el novio muere demasiado pronto y ella acaba consumida por el cáncer. Así que Beckett crece solo, desplazado, mirando desde fuera los salones donde se reparte el dinero de los otros. Porque esa es otra de las ideas más divertidas de la película: los ricos jamás manejan dinero real; manejan conceptos. Dividendos, absorciones, deducciones, colaterales, reintegros… palabras que suenan a trabajo serio pero que en realidad parecen el Monopoly jugado por psicópatas con traje italiano.

Y Beckett aprende rápido. “Aprendí su idioma en apenas una semana”, dice en uno de los mejores momentos del guion. Una frase magnífica porque resume perfectamente la naturaleza del personaje: un intruso que descubre que el poder no consiste tanto en tener dinero como en saber fingir que siempre te sobra.
A partir de ahí, Jugada maestra se convierte en una comedia criminal de ascenso social a martillazos. Beckett comprende que, para recuperar lo que considera suyo, tendrá que ir eliminando uno por uno a los herederos que le separan de la fortuna familiar. Lo divertido es que empieza siendo un asesino torpe, casi artesanal, un hombre que mata con más ansiedad que talento. Pero el azar —ese viejo cómplice del cine negro— le sonríe en el primer intento y, como ocurre tantas veces, el éxito accidental termina creando monstruos.
En medio de todo aparece Laura, interpretada por Margaret Qualley, auténtico motor erótico y manipulador de la película. Qualley entiende perfectamente el tono del filme: juega a ser femme fatale clásica pero con una ironía moderna, como si supiera que está actuando dentro de una sátira donde todos utilizan a todos. Hay en ella una mezcla de sofisticación y descaro que resulta magnética. Y sí, Ford filma sus apariciones con evidente delectación, especialmente esos famosos cruces de piernas que parecen diseñados para dejar sin respiración tanto a Beckett como a media platea.
Afortunadamente, Qualley posee suficiente inteligencia interpretativa para que el personaje no quede reducido a simple artificio sensual. Laura es deseo, sí, pero también ambición, oportunismo y veneno social. Cada vez que entra en escena, la película mejora unos cuantos grados.

Lo más interesante de Jugada maestra quizá sea precisamente su tono. Ford nunca pretende construir un thriller solemne. Prefiere jugar con la caricatura, con el humor incómodo, con ese placer perverso que produce contemplar cómo los privilegios familiares se convierten en una carnicería de etiqueta. Hay ecos de Dickens, desde luego, pero también del cine criminal contemporáneo obsesionado con mostrar que las clases altas son capaces de cualquier atrocidad siempre que puedan seguir llamándola “estrategia financiera”.
No todo funciona. El tramo final pierde algo de fuerza y el guion, en su empeño por mantenerse ligero y burlón, sacrifica parte de la mala leche verdaderamente corrosiva que sí tenía la obra original británica. Además, la sombra de Alec Guinness es demasiado larga. Aquella película del 1949 poseía una precisión diabólica y una elegancia letal que aquí se sustituyen por dinamismo y cinismo pop.
Pero tampoco pasa nada. Jugada maestra no aspira a convertirse en un clásico inmortal; aspira, más modestamente, a divertir mientras lanza unos cuantos dardos contra la aristocracia financiera contemporánea. Y en eso cumple con bastante gracia.
Al final, Beckett descubre algo que el cine lleva décadas recordándonos: entrar en el mundo de los ricos es relativamente fácil; lo complicado es conservar el alma una vez dentro. Aunque, visto lo visto, quizá eso nunca haya sido un requisito indispensable para pertenecer al club.
Tráiler de la película:
Ficha técnica:
Jugada maestra (How to make a killing), Francia y Reino Unido, 2025.Dirección: John Patton Ford
Duración: 105 minutos
Guion: John Patton Ford
Producción: Coproducción Reino Unido-Francia; Blueprint Pictures, Studiocanal
Fotografía: Todd Banhazl
Música: Emile Mosseri
Reparto: Glen Powell, Margaret Qualley, Ed Harris, Jessica Henwick, Zach Woods, Topher Grace y Bill Camp

