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El cuerpo como territorio político: violencia y poder en Salò de Pier Paolo Pasolini

Estrenada en 1975, pocos meses después del asesinato de Pier Paolo Pasolini, Salò o le 120 giornate di Sodoma continúa siendo una de las películas más perturbadoras y discutidas de la historia del cine. Inspirada libremente en la obra del Marqués de Sade y trasladada al contexto de la República de Saló durante el fascismo italiano, la película construye un universo de violencia extrema donde un grupo de jóvenes es sometido a un sistema meticuloso de degradación física, psicológica y sexual.
Sin embargo, reducir Salò a una provocación escandalosa implica ignorar la profundidad política de la obra. La película no busca simplemente mostrar el horror. Su verdadero objetivo consiste en analizar los mecanismos mediante los cuales el poder transforma los cuerpos en objetos de consumo y dominación. Pasolini utiliza la violencia no como espectáculo gratuito, sino como una herramienta crítica para pensar la relación entre fascismo, capitalismo y deshumanización.
A diferencia del neorrealismo humanista que había marcado parte del cine italiano de posguerra, Salò presenta un mundo donde la posibilidad de compasión parece haber desaparecido. Los cuerpos ya no son sujetos de dignidad, sino mercancías disponibles para el placer y el control de las élites. El film propone así una visión profundamente pesimista de la modernidad contemporánea.
La película puede interpretarse como una alegoría del poder totalitario, pero también como una crítica radical a las sociedades de consumo avanzadas. Pasolini sostenía que el nuevo capitalismo había producido formas de homogeneización cultural incluso más violentas que el fascismo histórico. En ese sentido, Salò funciona como una representación extrema de un orden social donde todo puede convertirse en objeto de intercambio, incluso el cuerpo humano.
A cincuenta años de su estreno, la película conserva una vigencia inquietante. Las formas contemporáneas de explotación mediática, consumo de imágenes violentas y mercantilización de la intimidad permiten releer la obra desde nuevas perspectivas. Más que una película sobre el pasado fascista italiano, Salò aparece como una reflexión brutal sobre la relación entre poder y deseo en la modernidad.
El fascismo como dispositivo de control absoluto

Desde sus primeras escenas, Salò establece una estructura rigurosamente disciplinaria. Cuatro figuras de autoridad —el Duque, el Obispo, el Magistrado y el Presidente— secuestran a un grupo de jóvenes y los trasladan a una mansión aislada donde serán sometidos a un sistema de reglas estrictas. El espacio funciona como un microcosmos político cerrado donde el poder puede ejercerse sin límites.
La elección del contexto fascista no es casual. Pasolini sitúa la acción en la República de Saló, último bastión del régimen de Mussolini bajo tutela nazi, para mostrar la relación entre violencia política y administración de los cuerpos. Sin embargo, el fascismo no aparece únicamente como un régimen histórico específico. Se convierte en una lógica de organización del poder basada en la obediencia absoluta, la cosificación y la destrucción de la subjetividad.
Uno de los aspectos más perturbadores del film es el carácter burocrático de la violencia. Las torturas y humillaciones no surgen del caos ni del impulso irracional. Todo está organizado mediante reglas, ceremonias y protocolos. El horror se vuelve administrativo. Esa racionalización de la violencia recuerda las reflexiones de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal y la capacidad de los sistemas modernos para normalizar la crueldad.
Los jóvenes capturados pierden rápidamente cualquier forma de autonomía. Sus nombres, deseos y vínculos afectivos dejan de tener importancia. Son reducidos a cuerpos disponibles para el uso de los poderosos. El proceso de deshumanización no consiste únicamente en el sufrimiento físico, sino en la destrucción sistemática de la identidad.
La arquitectura de la mansión refuerza esa dimensión disciplinaria. Los espacios están diseñados para vigilar, ordenar y controlar. Las habitaciones, salones y corredores producen una sensación constante de encierro y observación. El poder no necesita justificarse. Simplemente se ejerce.
En este sentido, Salò puede leerse como una representación extrema de las sociedades disciplinarias analizadas por Michel Foucault. Los cuerpos son entrenados, vigilados y castigados dentro de un sistema donde el control se vuelve total. La diferencia es que Pasolini lleva esa lógica hasta un punto límite donde el placer del poder reside precisamente en la degradación del otro.
El cuerpo como mercancía

Uno de los ejes centrales de la película es la transformación del cuerpo humano en objeto de consumo. Los jóvenes secuestrados son tratados como bienes disponibles para la satisfacción de los deseos de las élites fascistas. El film insiste constantemente en la relación entre sexualidad, propiedad y dominación.
Pasolini no representa el erotismo como una experiencia de placer compartido, sino como una estructura de poder profundamente desigual. El deseo aparece completamente separado de cualquier dimensión afectiva. Los cuerpos existen únicamente para ser utilizados.
Esta lógica de consumo resulta especialmente visible en la manera en que los personajes son observados. Las escenas de desnudez y humillación están construidas desde una mirada fría y distante que evita cualquier erotización convencional. El espectador no encuentra placer visual, sino incomodidad. La película destruye deliberadamente las formas habituales de representación sexual en el cine.
El célebre “círculo de la mierda” constituye uno de los momentos más extremos de esa crítica. La ingestión obligada de excremento funciona como una metáfora brutal del consumo degradado. Los cuerpos son obligados a incorporar aquello que simboliza el residuo absoluto. El acto no busca simplemente provocar repulsión, sino mostrar hasta qué punto el poder puede imponer formas radicales de sometimiento.
Pasolini relaciona constantemente fascismo y consumo. Para él, el nuevo capitalismo había convertido incluso el deseo en una mercancía regulada por el mercado y los medios de comunicación. En Salò, esa lógica aparece llevada al extremo. Los cuerpos juveniles son tratados como objetos intercambiables dentro de una economía del placer autoritario.
La juventud ocupa un lugar particularmente importante en esta dinámica. Los adolescentes representan cuerpos todavía maleables, vulnerables y apropiables. El poder fascista necesita destruir cualquier posibilidad de autonomía antes de que pueda desarrollarse plenamente.
En este sentido, la película no solo habla del pasado. También anticipa debates contemporáneos sobre explotación mediática, consumo digital y mercantilización de la intimidad. La cosificación del cuerpo aparece como una lógica persistente de las sociedades modernas.
El espectador frente al horror

Uno de los aspectos más complejos de Salò reside en la posición incómoda que asigna al espectador. Pasolini no permite una identificación emocional sencilla con las víctimas ni ofrece mecanismos tradicionales de catarsis. La película obliga a mirar escenas profundamente perturbadoras sin proporcionar alivio moral.
Esa decisión estética ha generado innumerables debates críticos. Muchos espectadores interpretaron la película como una explotación innecesaria de la violencia. Sin embargo, precisamente en esa incomodidad reside buena parte de su fuerza política. Pasolini quería impedir cualquier consumo pasivo de las imágenes.
El film denuncia la capacidad de las sociedades contemporáneas para transformar el sufrimiento en espectáculo. Las escenas de tortura son observadas por los propios jerarcas fascistas mediante binoculares, como si asistieran a una representación teatral. La violencia se convierte en entretenimiento.
La secuencia final resulta particularmente significativa. Mientras las torturas continúan, dos jóvenes soldados bailan lentamente un vals. La banalidad del gesto contrasta de manera brutal con el horror que ocurre alrededor. La escena sugiere que la violencia extrema puede coexistir perfectamente con la normalidad cotidiana.
Pasolini parece advertir sobre el peligro de acostumbrarse al horror. La repetición constante de imágenes violentas corre el riesgo de producir indiferencia. En ese sentido, Salò también funciona como una crítica a los mecanismos mediáticos modernos y a la espectacularización permanente del sufrimiento.
La película rechaza cualquier posibilidad de redención. No hay héroes ni salvación final. El poder aparece como una maquinaria capaz de destruir completamente la subjetividad humana. Esa radicalidad explica por qué la obra continúa generando incomodidad incluso décadas después de su estreno.
A cincuenta años de su estreno, Salò o le 120 giornate di Sodoma continúa siendo una obra profundamente incómoda porque obliga a pensar la relación entre violencia, deseo y poder más allá de las categorías habituales del cine político. Pier Paolo Pasolini no construye simplemente una denuncia del fascismo histórico. Su película propone una reflexión mucho más amplia sobre las formas contemporáneas de dominación y consumo.
El cuerpo ocupa el centro de esa crítica. En Salò, los seres humanos son reducidos a objetos manipulables dentro de un sistema donde el poder se ejerce mediante la degradación absoluta. La violencia no aparece como excepción, sino como parte estructural de una lógica política y económica basada en la apropiación del otro.
La radicalidad del film reside también en su negativa a ofrecer consuelo moral. Pasolini obliga al espectador a permanecer frente al horror sin permitirle una distancia cómoda. Esa incomodidad constituye precisamente el núcleo político de la obra. Mirar Salò implica confrontar la posibilidad de que las sociedades modernas continúen produciendo formas sofisticadas de deshumanización.
Lejos de perder vigencia, la película dialoga intensamente con el presente. Las dinámicas contemporáneas de consumo de imágenes, explotación mediática y mercantilización de la intimidad permiten releer el film desde nuevas perspectivas. El poder ya no necesita necesariamente imponer disciplina mediante regímenes abiertamente totalitarios. También puede operar a través del deseo, el mercado y el espectáculo.
En ese sentido, Salò permanece como una de las críticas más extremas y lúcidas de la modernidad contemporánea. Su violencia no busca únicamente impactar, sino revelar hasta qué punto el poder puede transformar el cuerpo humano en territorio político, mercancía y objeto de consumo.
Pasolini comprendió que el verdadero horror no reside solo en la brutalidad visible del fascismo, sino en la capacidad de las sociedades modernas para normalizar la degradación del otro. Por eso su película continúa resultando insoportable. Porque detrás de sus imágenes extremas persiste una pregunta profundamente actual: qué ocurre con una sociedad cuando deja de reconocer la humanidad de los cuerpos que consume.

