Críticas

Cara diferente, mismo esqueleto

Predator: la presa

Otros títulos: Depredador: la presa.

Prey. Dan Trachtenberg. EUA, 2022.

Crear unas secuelas (en el sentido de lo que viene después de un producto) puede ser un acto difícil si, en el caso de la película original, nada nos lleva a pensar que sí, algo más sobre esta historia hay que contar. No significa, esto, que ciertos filmes no puedan abrirle paso a una serie de otras aventuras, sino que, a veces, la arquitectura típica del hortus conclusus (el jardín cerrado) de la que querrían partir es tal que, más allá de nuevas opciones, la realidad es que lo que había hecho imperdible el producto original es algo que, muy difícilmente, volverá a presentarse. Puede pasar, en otras palabras, que aquel elemento del que todo parte, nace y muere en sí mismo, creando un juego centrípeto que no puede poner en marcha su opuesto, aquel acto centrífugo que permite la propagación del elemento vital. O, quizás más correctamente, lo que pasa es que a veces las historias que se pueden contar a través de un medio determinado sobre una estructura precisa se reducen tan rápidamente que permitir el nacimiento de nuevos cuentos va a ser, de por sí, completamente inútil: no hay, en definitiva, nada nuevo que decir, si nuestro objetivo es seguir fieles a la originalidad inicial.

Precuela de uno de los mejores filmes de acción y de ciencia ficción de la historia del cine, Prey nos introduce a unos pequeños elementos como la voluntad de narrar una historia en el pasado del siglo dieciocho con una protagonista femenina. El cambio de género en relación al personaje principal no es, afortunadamente, una decisión sin peso alguno; todo lo contrario, se nota que la decisión de basar el cuento en el arco narrativo de una joven mujer de los indios del Norte de América le permite al público seguir atentamente el desarrollo global de este personaje, de presa a depredadora. Si el filme de los años ochenta, el Predator original, rebozaba la cultura típica de aquellos años, con su machismo descarado y, aquí, inteligente, no hay motivo alguno por sentirse defraudados ante la decisión de seguir el marco cultural presente y presentarnos a un personaje de sexo femenino y totalmente capaz de enfrentarse al enemigo no por su fuerza, sino por su inteligencia y astucia. Algo que, este último punto, era y es el concepto neurálgico de quizás el esquema más íntimo y central de Predator (y sus secuelas), ya que la inteligencia de estas películas de serie B (solo aparentemente) es la correcta interpretación de la real motivación que ha llevado al ser humano a seguir vivo durante milenios: su cerebro.

Y es aquí que esta secuela/precuela demuestra haber aprendido el valor intrínseco de lo que había funcionado en la obra con Schwarzenegger. Desde este punto de vista es simplemente un magnífico ejemplo de ritmo cinematográfico muy bien calibrado, y el resultado final es una obra capaz de no hacerle perder al público aquel elemento tan importante que es la curiosidad de saber lo que va a pasar. Todo correcto, entonces, pero el análisis tan solo más superficial demuestra que el producto es, de por sí, insuficiente, y no por razones narrativas, estructurales o rítmicas, sino por el hecho de ser, Prey, no una precuela en sí, sino la proposición de una arquitectura global que es la misma de la película de los ochenta. Se trata, en otras palabras, del mismo esqueleto disfrazado de algunos elementos interesantes, sí, pero secundarios, lo cual hace que el resultado final podría ser interesante, sin embargo solo por el hecho de estar copiando más o menos exactamente lo que había funcionado antes.

No es un problema, efectivamente, querer utilizar una arquitectura anterior, pero un resultado positivo, en este caso, solo se puede obtener si esta misma arquitectura se transforma en el punto de partida para un discurso narrativo capaz de una (re)elaboración de sus mismos elementos fundamentales. No tanto una copia, entonces, sino un discurso sobre el acto mismo de copiar. Desafortunadamente, en el caso de Prey las nuevas componentes (la introducción del pasado como marco temporal, la cultura india, la presencia de los cazadores de bisontes) solo actúan como elementos auxiliares de segundo nivel, quitados los cuales solo queda una estructura ya conocida. El problema de Prey, entonces, es que el juego que se entabla en esta película es el de disfrazar de precuela lo que es, en definitiva, una simple reinterpretación en la que los elementos principales de la película de los ochenta vuelven a vivir hasta reutilizar (¿robar?) las mismas palabras en algunos pésimos casos. Es por esta razón que la película puede resultar entretenida (para los que no conocen la de los ochenta) y apenas suficiente (para los que sí han visto la obra de McTiernan) al mismo tiempo, y en esta dualidad así profunda todo nos lleva a pensar que la bondad de la dirección y lo sólido que resulta el guion poco ayudan para que el producto final logre encontrar su merecido lugar.

Ficha técnica:

Predator: la presa  / Depredador: la presa (Prey),  EUA, 2022.

Dirección: Dan Trachtenberg
Duración: 100 minutos
Guion: Patrick Aison
Producción: John Davis, Jhane Myers, Marty P. Ewing
Fotografía: Jeff Cutter
Música: Sarah Schachner
Reparto: Amber Midthunder, Dakota Beavers, Michelle Thrush, Stormee Kipp, Julian Black Antelope, Dane DiLiegro

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