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Crímenes del futuro

Crimes of the Future. David Cronenberg. Canadá, Francia, Reino Unido, Grecia, 2022.

El cuerpo, en tanto elemento del ser humano, puede convertirse en el objeto de un análisis no solo científico, sino también artístico, llevando así a una concepción de carácter más bien simbólico o metafórico. Efectivamente, la cuestión del cuerpo como parte integrante de la humanidad siempre pone en marcha una serie de elucubraciones que, de por sí, conducen a una lectura dúplice de lo que es: por una lado hay los que definen al cuerpo como un elemento externo de lo que es realmente el hombre (y la mujer), mientras que por el otro se sitúan los que afirman que el hombre (y, repetimos, la mujer) es su cuerpo mismo, negando la diferenciación con la mente y, por esta razón, abriendo paso a la necesidad de reconocernos solo como productos (y productores) biológicos. Una diferencia, esta de los puntos de vista, que remonta a la división entre Platón y Aristóteles, o sea entre una visión metafísica y una científica (otra división interesante podría ser la entre el ateo y materialista Freud y el más abstracto y metafórico Jung). El cuerpo, de todas formas, es algo que tenemos que tener en consideración, sea que lo rechacemos, sea que lo aceptemos, y por esta razón el conjunto biológico del que estamos hechos (o, quizás, que simplemente somos) nos conduce hacia determinadas consideraciones, sin olvidar que, efectivamente, el universo que nos rodea es analizado y descifrado exactamente a través de nuestra biología.

Los crímenes del futuro de los que nos narra Cronenberg, usando el título de una de sus primeras obras, no se alejan de la trayectoria típica de este autor, y vuelve la hermosura intelectual (así como la nausea física) del concepto de body horror. Un futuro no muy lejano de nuestro presente, por supuesto, cuyo elemento indefinido se pone en relación al elemento de visión post-apocalíptica de un mundo en el cual todo parece haber aceptado cierta decadencia de la humanidad en su vertiente vital. Falta, efectivamente, aquel elemento “verde” que se traduce en la belleza de la naturaleza, mientras que las tonalidades grises de una civilización quizás enfermiza (desde un punto de vista cultural y social, se entiende) se entremezclan con un contexto urbano incapaz de admitir directamente la presencia de los símbolos de lo vital, de lo vivo (la presencia del agua con la cual se abre la película resulta ella misma incapaz de transmitir aquella sensación así humana de exuberancia biológica). El resultado de estas elecciones artísticas es un sentimiento de nausea y de malestar que se inserta en una estructura narrativa hecha de pequeños elementos que intentan sustraerse de una lectura y de una interpretación directa.

Efectivamente, la perspectiva a través de la cual el director quiere que nos acerquemos a su producto no es la de permitirnos acceder de forma primordial al mundo que se abre ante nuestros ojos, sino que este se revela lentamente gracias a una serie de elementos que tenemos que descifrar nosotros mismos. El conjunto de pequeñas explicaciones con las cuales tener un conocimiento más correcto del contexto narrativo es entonces solo una parte de la compleja arquitectura que Cronenberg distribuye a través de lo visual y lo oral. Lo que todo esto implica es la necesidad de acercarse al mundo de estos crímenes del futuro usando todos los mecanismos típicos de la lectura profunda, rechazando los actos de análisis superficiales y obligándonos a una toma de conciencia según la cual el lector (de cine, de literatura, o de lo que sea) no puede simplemente dejarse penetrar por lo que se le presenta, sino que está obligado a tener un rol más activo y, por esta razón, aumentar su rol de elemento real en el juego dialógico entre locutor (artista) e interlocutor (público). Un juego, este, que en el caso de Cronenberg supera los límites del discurso más simple, ya que lo que nos está pidiendo es también que nos preguntemos por qué estamos aquí ante esta película y por cuál razón, en palabras más llanas, nos gusta el mundo del body horror.

Este diálogo entre Cronenberg y nosotros no es, obviamente, algo que nace y muere en poco tiempo, una idea que se cierra en los bordes de las acciones y que no tiene algún objetivo fuera de sí misma. El director, de hecho, subraya esta voluntad voyeurísitica de nosotros, los espectadores, dibujando sobre la pantalla aquellas artistic performances que los dos protagonistas le presentan a un público con el cual tenemos que entrar en conexión. La armonía metafórica del cuerpo como elemento de goce artístico se expande así en los intersticios del acto de ver, de estar ante una obra que se deja consumir a través del elemento biológico al que llamamos ojo. El efecto final es un producto que puede parecer difícil de procesar, lleno de diferentes niveles de lectura y ocupado por una voluntad estética que forma parte de un largo discurso cinematográfico, típico del autor canadiense; sin embargo, la experiencia final, con su sentimiento de malestar físico y mental, es la demostración de que el cuerpo y la mente ocupan el mismo espacio en una metamorfosis aparente que nos descubre cómo los dos no son sino elementos simbióticos.

Ficha técnica:

Crímenes del futuro (Crimes of the Future),  Canadá, Francia, Reino Unido, Grecia, 2022.

Dirección: David Cronenberg
Duración: 107 minutos
Guion: David Cronenberg
Producción: Robert Lantos
Fotografía: Douglas Koch
Música: Howard Shore
Reparto: Viggo Mortensen, Léa Seydoux, Kristen Stewart, Scott Speedman

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