Críticas

Redenciones imposibles

Sydney

Hard Eight. Paul Thomas Anderson. Estados Unidos, 1996.

SydneyCartelEstamos ante el primer largometraje del realizador estadounidense, nacido en California, Paul Thomas Anderson. En el mismo ya encontramos elementos constantes que con posterioridad van a caracterizar toda su filmografía. Así, nos movemos entre sentimientos de culpabilidad, la necesidad de redención, la importancia de la familia o de su ausencia, la búsqueda del cariño o los efectos de la violencia. La coherencia interna formal y narrativa se vislumbra también en la ópera prima del autor. Ya sea en planos secuencia o en planos/contraplanos, acierta de lleno en conformar con recursos fílmicos la verdadera esencia de la acción que está rodando. Sirva como ejemplo una de las primeras escenas de la obra. En el interior de un restaurante, los dos protagonistas, Sydney y John, que se acaban de conocer, toman un café y fuman un cigarrillo. Anderson utiliza al principio planos y  contraplanos aislados y frontales del rostro de cada personaje para subrayar la distancia entre ambos. Cuando se aprecia cierto acercamiento, va uniendo a los dos hombres en el mismo plano hasta desembocar en un primero de las dos tazas de café, ya cuando los personajes abandonan el establecimiento, como símbolo del acuerdo establecido conjuntamente. Un prodigio de sabiduría iniciática. 

Pero el director no se detiene allí. Continuando con ese acercamiento entre los dos varones principales, entre Sydney (Philip Baker Hall) y John (John C. Reilly) vemos que se va estrechando en las primeros momentos de su viaje en automóvil. John empieza situado en el asiento trasero pero con un repentino corte de montaje lo vemos en la parte delantera, junto al conductor. El piloto, por supuesto, es Sydney. Un matón clásico, elegante y con cierto código ético que es contrastado con las formas de comportamiento vulgares y ordinarias de otro delincuente más joven. Hablamos de Jimmy, interpretado por Samuel L. Jackson. Cómo no acordarse en este punto de las criaturas de Jean-Pierre Melville o de Sam Peckinpah. En cualquier caso, Anderson solo toma a otros autores como referencias para enriquecer su obra pero no deja de conformar un espacio genuino con personalidad propia. Por cierto, al hilo de los intertextos, es curioso que Baker Hall también interprete a otro mafioso llamado igualmente Sydney en el filme de Martin Brest Huida a medianoche (Midnight Run, 1988).  Su trabajo consiste en asesorar a un capo con intervenciones también en salas de juego. Quizás una manera de incluir por parte del director californiano el pasado del personaje, tan solo sugerido en el filme que analizamos. 

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En Sydney, el autor se adentra en el cine negro. Pero lo hace no únicamente para rescatar un género clásico como vía expositiva. Anderson intenta dar un paso más y evolucionar desde sus cánones tradicionales, recurriendo a elementos que acercan también al western y al melodrama. Nos movemos por un camino de perdedores, de personas al margen de la ley, de matones de poca monta, de huidas imposibles del pasado y de deseos frustrados de rehabilitación. En este punto, nos hemos acordado de uno de los últimos filmes de Martin Scorsese, precisamente un cineasta de enorme importancia para Anderson. En concreto, hablamos de El irlandés (The Irishman, 2019). El personaje de Frank Sheeran, interpretado por Robert de Niro, nos retrotrae sin remedio a Sydney, al protagonista de la película de Anderson. Dos seres dedicados al crimen a los que el paso del tiempo ha dejado huella, dos hombres amigos de sus amigos, impávidos ante la violencia, protectores con los seres que quieren, dos varones que dudamos que hayan atravesado la culpa o el arrepentimiento por su pasado pero que sí precisan de redención. Una expiación que en el caso de Sydney se busca por la vía del intento de reparación del daño causado y que en el caso de Sheeran se queda en el alivio que la confesión y la absolución por los pecados cometidos otorga la religión católica. Reflexiones similares las encontramos en otras obras de ambos directores. 

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Así mismo, hay críticos que han topado con similitudes o referencias de otra índole en El color del dinero de Scorsese (The Color of Money, 1986). En esta última, además del asunto del azar, se produce al mismo tiempo una relación entre maestro y aprendiz, en este caso interpretados por Paul Newman y Tom Cruise, respectivamente. Y acabando con referentes (el capítulo daría de sí para una investigación exhaustiva), terminamos mencionando, en relación con el género del oeste, a Robert Altman, un autor que renovó la temática perfilando seres perdedores y decadentes. Como muestra, Los vividores (McCabe and Mrs. Miller, 1971). Sin dejar a Altman, el maestro nacido en Kansas City coincide con Anderson en perfilar protagonistas que procuran manejar la realidad a su conveniencia. Una impostura perfectamente ilustrada tanto en Sydney como en otros largometrajes del californiano. Basta con que pensemos en  Pozos de ambición (There Will Be Blood, 2007) y en el fingimiento tanto de Eli Sunday como de Daniel Plainview.

 

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Anderson juega con la elipsis para incrementar la intriga en el espectador. No le importa eludir el pasado y se centra sobre sus consecuencias en el presente. Las incertidumbres se alargan durante buena parte de la obra y nos mantenemos mucho metraje en la ignorancia sobre las verdaderas causas que mueven a los personajes. Sin embargo,  sugerencias o insinuaciones podemos encontrarlas a lo largo del relato. Así, señalaríamos cuando Sidney y Clementine, la mujer interpretada por Gwyneth Paltrow, se hallan en un restaurante y el primero narra su inicial encuentro con John. Anderson recurre a un flashback ocurrido justo antes del arranque del filme, en el que observamos cómo Sidney vigila a John a través del espejo retrovisor de su vehículo, previamente a abandonar el mismo, para desembocar en el inicio: la imagen del primero reflejada en un cristal mientras comienza la maniobra de acercamiento a John. 

El pesimismo se erige en un elemento más de la película, reflejado sombríamente en tono de derrota. Un fracaso que deviene circular, acabándose el filme en la misma cafetería del inicio pero en soledad y en el intento de esconder la mancha de sangre de la camisa con la manga del abrigo. La fatalidad y la imposibilidad de remediar el pasado se imponen. El mismo lugar tras más de dos años intentando borrar lo que ya fue y no se puede cambiar. El conato de superación ha sido infructuoso y el fracaso se vuelve a erigir en el destino de unos seres vencidos por sus instintos y circunstancias. Unas criaturas borderline cuya ruptura con el sistema resulta ya inevitable. Sin familia, sin casa propia, en una existencia desordenada y a la deriva. Derribados los límites, la inestabilidad y el aturdimiento emocional se erigen como inherentes e imposibles de controlar.   

Tráiler: 

Ficha técnica:

Sydney (Hard Eight),  Estados Unidos, 1996.

Dirección: Paul Thomas Anderson
Duración: 101 minutos
Guion: Paul Thomas Anderson
Producción: Trinity, Green Parrot, Rysher Entertainment
Fotografía: Robert Elswit
Música: Michael Penn, Jon Brion
Reparto: Philip Baker Hall, John C. Reilly, Gwyneth Paltrow, Samuel L. Jackson, Philip Seymour Hoffman, F. William Parker

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