Críticas

Una hoguera que no se apaga con agua

Lux Æterna

Gaspar Noé. Francia, 2019.

El tema de la brujería y la religión en la Edad Media ha ido ligada siempre a un consenso crítico sobre las malas artes en tiempos oscuros. La santa trinidad, por lo que a mí respecta al tema, la conforman tres películas esenciales: Häxan: la brujería a través de los tiempos (Häxan, Benjamin Christensen, 1922), La pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d’Arc, C.T. Dreyer, 1928) y Dies Irae (Vredens Dag, C.T. Dreyer,  1943).  No es que sea de vital importancia rememorar estas viejas obras para disfrutar de Lux aeterna, pero sí es cierto que Gaspar Noé hace una moderna reformulación en donde coge prestadas citas y referencias sin pudor alguno. El director parece establecer una especie de conexión entre la tortura medieval y el cine dentro del cine, así que no hablamos de una temática de brujería al uso, sino del escabroso camino del proceso cinematográfico visto desde sus mismas entrañas. Como de costumbre, el realizador crea una obra de fuertes contrastes y sabores amargos, en donde la narrativa se ve eclipsada por la experiencia visual.

La película cuenta con dos actrices de renombre en el cine europeo: Béatrice Dalle y Charlotte Gainsbourg, que hacen de ellas mismas, la primera como directora novel y la segunda como actriz que está a punto de escenificar a una bruja que va a ser quemada en la hoguera. Después de una introducción en blanco y negro sobre la maquinaria de tortura empleada en la Edad Media para designar los castigos divinos de Dios, Béatrice y Charlotte charlan sosegadamente frente a una chimenea en la que, no casualmente, hay un par de troncos ardiendo, representativo de las mujeres que van a ser quemadas física y moralmente por la industria. En esa conversación, en la que cada línea de diálogo no tiene desperdicio y que es utilizada a modo de confesionario de anécdotas profesionales, las llamas revelan las incomodidades de las dos protagonistas frente a una mirada extremadamente masculina (la del director), empeñado en sacar un lado fetichista y sexualizado de la mujer, incluso cuando está a punto de precipitarse a las llamas. Pese a que en esa conversación introductoria vislumbremos ciertos atisbos de la ideología de Noé, lo curioso es que él mismo afirmó, en Sitges, que simplemente encendió la cámara y dejó que las dos actrices charlaran tranquilamente durante un buen rato en su ausencia.

Esos breves minutos iniciales son el respiro que el director nos da para enfundarnos en su delirio. Es la calma que precede a la tormenta. La cámara nos arrastra de inmediato a las profundidades de un proceso cinematográfico en ruinas, las obras que se hacen antes del resultado final, y sí, el viaje es tortuoso. ¿Qué hay detrás del telón? Directores de fotografía con un ego desmedido, productores que quieren hacerse con el control de la obra, inocentes actrices que no saben que están involucradas en un plan diabólico, gritos, intereses, estrés, narcisismo, caos colaborativo y más gritos. El montaje tampoco invita a la tranquilidad, pues el ojo del espectador está constantemente pendiente de las conversaciones y acciones de todos los personajes que aparecen en las dos pantallas, sí, dos pantallas, porque gran parte del metraje está fraccionado en dos y vemos lo que ocurre desde diferentes perspectivas. Todo el conjunto está diseñado para intervenir tus sentidos de forma activa y sumergirte en la pura anarquía que reina a sus anchas. Y créanme, si algo sabe hacer bien Gaspar Noé es subirte las pulsaciones hasta lo inaguantable.

El tramo final está cerca del derrame cerebral, querrías pararlo, pero no puedes, el alucinógeno de Noé ya hace efecto en tu sistema nervioso y, diez minutos antes de concluir, unas luces estroboscópicas multicolor parpadean irritantemente en tu pupila. Mientras esto ocurre vemos atada a Charlotte, “ardiendo” figuradamente con un vestido de moda y colocada en medio de todo este desastre artístico. Pero la hoguera de Lux aeterna no puede apagarse con agua, pues no es de fuego, es una hoguera crítica, moral y me atrevería a decir que hasta política, en la que se pone en tela de juicio el papel del director y de todo un ecosistema de proceso cinematográfico que, lejos de ser placentero, recuerda más a un nido de cuervos, en donde la mujer tiene serios problemas para desenvolverse. Ese hilo invisible que une la tortura medieval, la caza de brujas y la construcción de un filme son las tres ideas que rondan agitadas por los tumultuosos decorados del infierno en otra excesiva y brillante película de Gaspar Noé.

Ficha técnica:

Lux Æterna ,  Francia, 2019.

Dirección: Gaspar Noé
Duración: 51 minutos
Guion: Gaspar Noé
Producción: Vixens, Les Cinemas de la zone, Saint Laurent
Fotografía: Benoît Debie
Reparto: Béatrice Dalle, Charlotte Gainsbourg, Abbey Lee, Karl Glusman, Félix Maritaud, Paul Hameline, Luka Isaac

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