Críticas

Venganza en caliente

Los sobornados

The Big Heat. Fritz Lang. EUA, 1953.

LossobornadosCartelEl sargento Dave Bannion, interpretado por Glenn Ford, es un policía conflictivo y testarudo. Las razones se encuentran en su carácter inconformista, lo que le arrastra a intentar levantar cualquier velo con tal de acercarse a la verdad. Está felizmente casado y tiene una hija pequeña. Fritz Lang no necesita demasiado metraje para que el espectador sea consciente de que estamos ante un matrimonio enamorado y compenetrado. Katie Bannion (a cargo de la actriz Jocelyn Brando) se muestra como una mujer comprensiva y paciente, buena administradora, desprende alegría y es feliz con lo que posee. Entiende a su marido, apoya sus inquietudes profesionales y siempre sabe estar a su lado, sin falsas complacencias.

Pero en Los sobornados no nos situamos ante un cuento de hadas, precisamente. Nos enfrentamos con una película de cine negro, y Fritz Lang es uno de los mejores directores exponentes del género. No faltarán por tanto mundos sombríos, personajes siniestros, situaciones al límite, crímenes sin descanso o maldad carente de fronteras. Ya decimos, nos imbuimos en un puro filme noir desde sus inicios, cuando el sargento Bannion se topa una noche cualquiera con un nuevo caso: otro policía, Tom Duncan, se acaba de suicidar sin motivo aparente. Ya se ocupa el director para que en momentos puntuales como este, el público sepa más que Bannion, nuestro protagonista. El fallecido deja una carta autoculpándose y señalando a demasiada gente importante como implicada en tramas continuas de corrupción, delito y crimen. Y las ansias de saber, de llegar a la verdad, van a convertirse en la trampa mortal de Bannion.

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Precisamente, el filme arranca de una manera magistral: observamos una mesa en un despacho sobre la que se encuentra una pistola. Una mano la coge y, con la cámara en retirada, oímos un disparo e inmediatamente vemos las espaldas de un hombre, ya sin vida,  precipitándose sobre el mueble. El arma aterriza justamente sobre la carta que hemos mencionado con antelación. Está dirigida al fiscal del distrito y junto a la misma se encuentra una placa de policía. Un inicio explosivo que nos adentra, sin pausa, en una ciudad dominada por un mafioso que tiene a su servicio las fuerzas vivas de muchos estamentos. Justamente, una de las características que más atrae de la obra es su ritmo incesante. Los acontecimientos se van sucediendo sin respiro, mientras se contempla una ciudad estadounidense de principios de la década de los cincuenta a la deriva y poseída por gánsteres, chantajistas y aprovechados. Una circunstancia que Lang sacó de la misma realidad. Durante aquellos años, potentes bandas criminales dominaban en ciertos lugares a muchos poderes, incluidos políticos, policiales y judiciales.

Conforme avanza la película, va emergiendo uno de los rasgos fundamentales de la misma: la venganza. Un rencor, unas ansias de revancha que se van apoderando del sargento Bannion hasta convertirlo en un ser sin escrúpulos sobre los medios a utilizar para el cumplimiento de sus objetivos. Justamente, lo mismo que toda la banda de mafiosos a la que persigue. Si tiene que torturar a un testigo para que hable no es problema. La amenaza, la agresión y casi el crimen se convierten en armas a su alcance sin, al parecer, problema moral relevante. La depravación se apodera de su personalidad, igualándolo sin contemplaciones a aquellos seres que a los que detesta y pretende derribar.

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La recreación de atmósferas en Los sobornados resulta impecable. Jugando con la luz  y la oscuridad, según ordenen las circunstancias, se generan los diferentes espacios en los que se mueven los personajes, de manera excepcional. Así, notaremos el calor de un verdadero hogar en la casa de los Bannion, con cacharros colgados en la cocina, con enseres domésticos como cortinas o platos, con el cuarto de la niña decorado de forma completamente acogedora. Todo en un entorno identificable con el americano medio. Resulta desgarradora la escena en la que el sargento Bannion, desolado, debe cerrar la puerta de una casa vacía en la que se agolpan recuerdos ya imposibles de revivir. Y también saborearemos el típico bar de copas del cine negro, lleno de malhechores y sus matones, de mujeres de alterne o de “vida alegre” y de confidentes, con encargados de barra portadores de frases cargadas con filosofía barata y bolsillos excesivamente pringados. Tampoco faltará una visita a la mansión del jefe de los bandidos, a casa de Mike Lagana. Suntuoso lugar en el que se desarrollan despreocupadas fiestas para obsequiar a la hija y se cuelga el cuadro de la madre presidiendo una de las estancias principales, una señora que “rompió moldes” y que después de muerta, todavía vigila desde su retrato. Y también resulta explícito el marco exhibido en el que habita la mano derecha de Lagana, la casa de Vice Stone y su chica, Debby Marsch. Un ático lujoso con una decoración conveniente para servir de punto de reunión y de juego para los corruptos del lugar.

Acabamos de citar a Debby Marsch. Está magníficamente interpretada por Gloria Grahame. Conforma a una mujer que si bien se muestra como independiente en sus pensamientos, prefiere convivir en un mundo que le desagrada moralmente, pero que le satisface económicamente. Debby ha conocido pobreza y riqueza. Asegura que es muchísimo más acertado rodearse de lo segundo, aunque tenga que abandonar habitaciones cuando se habla de asuntos que prefiere no escuchar.  Una fémina de personalidad compleja, que irá evolucionando conforme la fatalidad impere. Una transformación o toma de conciencia desde la ociosidad a la mujer marcada. No será el único ser perteneciente al género femenino que deberá soportar en la obra a hombres machistas, maltratadores, violentos y asesinos. Pero el retrato que se hace de Debby es el más completo. Seremos testigos del drama y la toma de conciencia que se produce cuando se viaja desde la búsqueda de la belleza hasta la pérdida definitiva de la misma en manos de un macho rastrero.

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La media cara marcada por cicatrices del rostro de Debby se erige en punto determinante del avance en la trama. Precisamente, Fritz Lang, de manera consciente, deja fuera de campo el ataque que recibe por parte de su compañero con una jarra de café hirviendo, mientras que cuando la situación se torna a la inversa no duda en que visualicemos el momento con todo detalle. Porque en realidad, Los sobornados es una película que ahonda en la violencia contra las mujeres. Prácticamente, ninguna de la que aparece en pantalla resulta bien parada. Casi todas ellas son víctimas de malos tratos, de quemaduras en manos, cuerpo o rostro, incluso de asesinatos. Son seres atacados por la violencia masculina, siempre asociadas con la desgracia y la muerte. Unas mártires a consecuencia de la ausencia de cualquier asomo de sensibilidad en los varones, directamente afectadas por odios, venganzas y egoísmos de los hombres.

En la obra destaca, entre tanta podredumbre, cierta solidaridad que reluce en los momentos más comprometidos. Apoyo de familiares y compañeros, complicidades, quizás porque al día siguiente la víctima podría ser cualquiera de ellos o sus seres queridos. Estamos ante una película redonda, concisa como la mayoría de los filmes del director austriaco. Un recorrido por el mundo del crimen organizado que cuenta con un final amargamente feliz, extraño remate en una comisaría de policía en la que, a través de un póster, se invita a donar sangre.

Tráiler:

Ficha técnica:

Los sobornados (The Big Heat),  EUA, 1953.

Dirección: Fritz Lang
Duración: 90 minutos
Guion: Sydney Boehm (Novela: William P. McGivern)
Producción: Columbia Pictures
Fotografía: Charles Lang
Música: Daniele Amfitheatrof
Reparto: Glenn Ford, Gloria Grahame, Lee Marvin, Jocelyn Brando, Alexander Scourby, Jeanette Nolan, Peter Whitney, Willis Bouchey, Robert Burton, Adam Williams, Howard Wendell, Chris Alcaide

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