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Hirokazu Koreeda y la magnitud de la cotidianeidad

Hirokazu Koreeda

 

Una de las bellezas más enigmáticas de Japón es, sin duda, el Monte Fuji. Su majestuosidad y hermosura nos remiten a leyendas y cuentos tradicionales japoneses, cargados de moralejas que manifiestan el amor que ellos sienten hacia la naturaleza y del valor que le dan a la vida. Sin embargo, también existe el mito que dice que Fuji San (el señor Fuji) es tímido, ya que no siempre se deja ver debido al clima. Es así como yo veo a este gran director de cine. Enorme, pero sencillo y cordial. Su mirada remite a un niño, hasta cierto punto tímido, pero analítico. Como el Monte Fuji con su punta siempre nevada. En la cabeza del autor comienzan a despuntar algunas canas, también en su barba, que enmarca una cara que demuestra que la fuerza de gravedad no perdona. Su tono de voz es neutro y profundo, con ligeras inflexiones, no muy marcadas. El cineasta se toma el tiempo para responder y reflexiona sus respuestas, todas ellas reflejan que es un gran observador de la humanidad.

A dos años de celebrarse los Juegos Olímpicos en Tokio, 1964, nace Hirokazu Koreeda en el seno de una familia tradicional, cuya estructura se caracteriza por ser jerárquica, es decir, el padre es el jefe indiscutible y dueño de todos los bienes. Es responsable de la salud de los adultos y los niños de la familia. Durante las comidas, es al primero al que se le sirve y el primero en utilizar el baño comunal. El papel de la madre es un binomio entre amante amorosa y sirvienta del hogar. Los hijos o hijas menores obedecerán al hermano mayor. Hirokazu creció como hijo único, es así como tuvo que crecer demasiado rápido. Fungió como guardián de su madre, mientras su padre viajaba durante grandes periodos de tiempo por motivos de trabajo. Por esto fue muy unido a ella, quien falleció hace poco más de una década. Pasaban todas las tardes juntos y después de realizar los quehaceres del hogar, disfrutaban de largas horas sentados frente al televisor viendo películas. Relata en una entrevista que no veían mucho cine japonés, más bien gozaban viendo westerns y cine extranjero. Ella era una gran admiradora de Vivien Leigh, Ingrid Bergman y Joan Fontaine. Su película favorita era Rebeca (1940), del gran director británico Alfred Hitchcock.

En un Tokio oscilante, de gran crecimiento económico, en donde se demolían edificios tradicionales para dar paso a grandes rascacielos, el director creció y tuvo que decidir su futuro profesional. Dotado de una gran sensibilidad, se decantó por Literatura en la Universidad de Waseda, pues desde joven sintió la necesidad de contar historias. Al graduarse de la Universidad, comenzó a trabajar como asistente de dirección en una cadena de televisión, y es ahí donde descubrió su verdadera pasión: el cine. Primero se introdujo en el documental, plasmando situaciones complejas de la sociedad japonesa. En Lessons from a Calf (Mou hitotsu no kyouiku) y However (Shikashi), ambas de 1991, comenzamos a ver la estética que utilizará en sus siguientes obras.

Cuenta en una entrevista que cuando tuvo una reunión con sus compañeros de la primaria, uno de ellos le dijo que recordaba haberlo escuchado decir que cuando fuera grande, sería director de cine. Y así fue, Koreeda es un director que, sin ser extravagante, es sorprendente. Sus películas son fuertes y enérgicas, pero no disonantes. Usa como cánones la familia, la muerte, el dolor y la memoria en cada una de sus obras, en las que también encontramos, dentro de su composición, la soledad, el recuerdo, la sensación de abandono, la lucha por la supervivencia, el valor de la vida, algunas veces acompañadas de la imagen de una gran ciudad ajena, así como los trenes que son el medio para unir a los miembros de una familia o los teléfonos que sirven como nexo entre ellos. Mabarosi (Maboroshi no hikari, 1995), After Life (Wandafuru Raifu, 1998) y Distance (2001) arman la trilogía equidistante de los temas que forman la columna vertebral de sus obras. En estas tres producciones, los protagonistas tienen que hacer frente al duelo y al dolor del recuerdo, que a la vez les posibilita el resarcimiento. Así mismo, en Still Walking (Aruitemo, Aruitemo, 2008), somos testigos de una reunión familiar para celebrar el aniversario luctuoso del hijo primogénito. La historia transcurre en un solo día, pero pequeños detalles van revelando conflictos arraigados en cada uno de los miembros de la familia. El principal, el distanciamiento entre padres e hijos, en muchos casos motivados por la oposición de la profesión elegida, del trabajo o del concepto mismo de la familia.

Algo que es fundamental en sus películas es la comida. La importancia que le da a saborear ricas y milenarias recetas que han pasado de generación en generación, como el curry o la tempura de maíz, que su madre le preparaba en la infancia. La nostalgia y el afecto de la familia sentada alrededor de la mesa es plasmada, en varias ocasiones, dentro de un mismo filme. El licor de ciruela y la forma en la que lo sirven o lo toman reflejan respeto a sus antepasados y a la sucesión de los modelos de sus ancestros. Algunas de sus películas han sido inspiradas directamente por personas de su familia o por sus propias experiencias, como es haberse convertido él mismo en padre.

En un viaje a través de la historia reciente de Japón, vemos que aquella sociedad se ha tenido que enfrentar a fuertes traumas como son: el ataque con gas sarín en el metro de Tokio en 1995, autoadjudicado por la secta Aum Shinrikyo o Verdad Suprema; el terremoto de marzo de 2011 y posteriormente, el tsunami en la costa noreste de Japón, que provocó el accidente nuclear en la planta de Fukushima. Así también al incremento de la depresión y del suicido entre los más jóvenes, a la ruptura de la familia nuclear y a la negativa de la juventud por adaptarse al mundo de los adultos.

Distance

La industria de cine japonesa contemporánea no ha sido indiferente a estos sucesos y ha expresado, por medio de diferentes géneros y de formas diversas, la problemática de una sociedad preocupada por la pérdida de valores. Por eso, la esencia familiar es uno de los temas fundamentales que la constituyen y ha concebido numerosos autores y obras. Este género, centrado en la familia y en la vida cotidiana de las clases medias japonesas, muestra conflictos ordinarios y por ello ha sido denominado Shomin-Geki o drama familiar. Uno de sus principales exponentes fue Yasujiro Ozu. Muchos han comparado el estilo particular de Hirokazu con el de Ozu. Sin embargo. el propio cineasta ha señalado que, aunque sí ha sido influenciado por él, nunca ha intentado imitar su estilo.

Para Koreeda “la esencia de la vida está en el antes y el después, no en los grandes eventos”. Por eso, en sus filmes plantea situaciones cotidianas, ya que ahí es donde todo se revela. En las escenas de las dinámicas familiares y en el día a día es donde se reflejan los traumas o incidentes del pasado que dejan huellas en los protagonistas.

El cineasta nipón escribe, dirige y edita sus películas. No hace este trabajo en orden, sino todo a la vez. Los elementos básicos a la hora de rodar son la observación, la memoria y la imaginación. Para traducir sus guiones en imágenes, utiliza los planos fijos, tomas muy largas con puestas en escena detalladas. Su luz es natural y los movimientos de la cámara son escasos y simples.

Fernanda Solórzano, crítica y ensayista mexicana, habla del “Efecto Koreeda”, de cómo el director conduce al espectador hacia una catarsis prolongada que no ve venir y que puede suceder horas o días después de haber visto el filme: “La impresión de haber visto una película sencilla, seguida de una explosión de emociones sembradas por esa película. Entre una cosa y otra pueden transcurrir días”.

La infancia tiene un tratamiento especial en la obra del cineasta. Por un lado, Japón es conocido como potencia mundial, y la mayoría de sus habitantes tienen una vida digna, sin embargo, no es desconocido que existe abuso infantil y que cada vez se escucha más sobre niños descuidados, encerrados, mal nutridos e incluso golpeados, lo que denota que el sistema de protección a la infancia se está desmoronando. Ante estas situaciones, el director japonés no evade lo que es moralmente ambiguo y al presentar estas circunstancias como una constante, no solo hace una crítica al sistema, sino que encamina hacia la reflexión. La película Nadie sabe (Dare mo shiranai, 2004), basada en hechos reales acontecidos en 1998, narra una historia de abuso y abandono de una madre hacia sus cuatro hijos, pero también, de la resiliencia del hermano mayor, Akira, que, sin recursos afectivos ni económicos, logra mantenerlos unidos. Rebasado por las responsabilidades adquiridas y relacionándose con amigos dudosos, surge la discordia con sus hermanastros y el rompimiento con el vínculo materno filial. O el caso de las cuatro hermanas protagonistas de Nuestra hermana pequeña (Umimachi Diary, 2015), abandonadas desde muy jóvenes por su padre y con una madre que las deja para ir a perseguir sus sueños; una de las protagonistas, la mayor, habla de la infancia robada.

Nuestra hermana pequeña

La verdad (La verité, Francia, 2019) es la primera cinta que rueda lejos de su tierra natal. Es la historia de una diva del cine francés (Catherine Deneuve) que durante la visita de su única hija (Juliette Binoche) vuelven a escocer viejas heridas entre las dos.

Su cine ha sido premiado en todo el mundo. Es uno de los directores más conocidos y representativos del cine nipón. Ha obtenido numerosos premios internacionales y es un favorito de críticos y especialistas de cine. Sin embargo, con franqueza reconoce que no le gusta que le llamen maestro.

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