Críticas

El ser en disputa: crónica de un aprendizaje fallido

American Factory

Steven Bognar, Julia Reichert. EUA, 2019.

American Factory aficheEl documental, ganador del Oscar 2020, producido por el matrimonio Obama, narra las vicisitudes de un conjunto de obreros desocupados, que ha sido contratado por la Fuyao Glass America, fábrica china de vidrio para autos. Se instala en Dayton, Estado de Ohio, siete años después del cierre de la General Motors, empresa que dejara un saldo de diez mil desocupados. La reactivación del empleo será la buena noticia; deberá lidiar con los inconvenientes propios de un choque intercultural que encierra mucho más de lo esperable.

Una crítica al capitalismo chino en clave de violación a los derechos del trabajador, donde Estados Unidos, como representante histórico del sistema, sale indemne.

¿Una manipulación dentro de otra?  ¿Existe un capitalismo arbitrario en contraposición a otro  “humano”, residente en la principal potencia mundial? Podría ser una de las lecturas, desde el interés de un expresidente, quizá “progresista” en algunos aspectos de su labor. Otra sería la posibilidad de que estuviésemos asistiendo al desprestigio de una potencia económica en ascenso.

Aun así, el recorte foráneo vale para entender cómo funciona el mundo del lucro. Versión particular extensible a una política del sistema, que propugna por el  enriquecimiento individual, donde las necesidades del otro solo funcionan como variable de utilización. En este sentido, el documental  encierra un gran valor. Un producto que nos permite entender los avatares del mundo empresarial, en relación al mundo del trabajo, ya es un gran avance.

American Factory

La globalización nos introduce en la dicotomía de la recuperación del trabajo y el aprovechamiento de las necesidades del empleado. El desafío es una suerte de transmutación, ya no digamos de la cultura norteamericana en la China, sino un intento de “de lavado de cerebro” por identificación con objetivos ajenos; alienación que pretende continuar desde los modelos exitosos del país asiático. Se debe renunciar al propio ser en aras del “dios” del éxito económico de otro, pretendida “vivencia universal” de todo trabajador de la Fuyao.

Ante esta realidad,  el sindicato oficia de “demonio” corruptor, potencial desestabilizador de mentes obedientes. Hay que portarse bien, no vaya uno a terminar engrosando la lista de los desempleados, la experiencia al respecto no es muy grata. El precedente presiona al trabajador desde la pérdida en calidad de vida.

Un juego perverso por el bien de los incautos, un fiel y detallado retrato del empecinamiento en dominar la conciencia humana, por el solo hecho de brindar empleo para producir millones de dólares ajenos.

American Factory fotograma

El filme nos lleva por transiciones graduales, desparrama mojones para advertir al trabajador  que el paraíso solo es un mito bíblico,  la rebelión se despierta. Es pacífica y dubitativa, los sujetos están divididos, pero no en actitud beligerante.  Si quieren impedir la manipulación, primero deben hacer su descubrimiento exclusivo. Las sonrisas del magnate, con agradable tono de voz, son captadas en primeros planos individuales y compartidos, bajo posturas coloquiales que, por instantes, nos dan la pauta clara de una tolerancia ficticia. Como bien dice un “adiestrador” en determinado pasaje, cuando ya la paciencia está colmándose: “… No cualquiera puede manejar a los estadounidenses. ¿Cómo podemos aprovechar las característica estadounidenses en beneficio de Fuyao?… A los burros les gusta que los acaricien a favor del pelo… Nunca acaricien a un burro a contrapelo o les dará una patada… Debemos usar nuestra sabiduría para guiarlos y ayudarlos. Porque somos mejores que ellos…”. El “somos” declara una unidad ante el problema, que pretende fortalecer una postura hegemónica desde el nacionalismo, mal  presagio a la hora de armonizar en el trabajo.

La sindicalización pasa a ser un problema, la amenaza al control choca con el temor a represalias no explicitadas: la solidaridad es importante, pero…

El choque intercultural obedece a dos modalidades de trabajador, dependiente de formas diferentes en cuanto a las consecuencias de la cultura del lucro. La patria, la familia, el placer y hasta la existencia humana: el sentido de la vida se vincula a la obsesión por el trabajo como único medio cristalizador de finalidades. Los norteamericanos no parecen estar de acuerdo, defienden una dignidad conquistada a base de lucha sindical. Las culturas del capitalismo ofrecen significativos matices; la globalización los hace aflorar.

El montaje expresa desde la combinación de opiniones de trabajadores locales, en alternancia con procesos de sensibilización brindados a los chinos, donde el representante de la autoridad imparte soluciones de control ante atentas y comprometidas miradas. El conflicto y los modos de resolverlo se entrecruzan en imágenes para la ocasión. Se acentúa la diferencia frente al espectador, el antídoto no aparece, las desavenencias se toleran, aunque no se zanjan. No obstante, jamás crece la tensión; una suerte de autoritarismo disimulado emerge desde la diferencia en el lenguaje y la cultura. La opresión es real, aunque sutil. La manipulación resuena en un in crescendo que delata dificultades en el control. El resultado final marcará diferencias entre viejos y jóvenes obreros; el pasado y el presente suministran más dificultades a la fundamental decisión. La cultura norteamericana ofrece fisuras desde lo generacional, una heterogeneidad no observada en los chinos, tal vez, por la homogeneidad generacional. La naturalización de atropellos encubiertos por una normalidad fijada por ejercicio. La fiesta es ejemplo clave, todo lo relacionado a la empresa despierta optimistas y comprometidos cánticos preparados para un efecto letal. El rebaño responde muy bien por costumbre, la suerte no es la misma en la extrapolación de contenidos a otras culturas del trabajo.

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La trascendencia es vía de escape a la exigencia, reencuentro con lo propio escindido por obediencia a la cultura del capital. La asociación patria-trabajo como resolución del hombre ante la vida. A pesar de los recuerdos, la naturaleza  oficia de símbolo para el verdadero arraigo del individuo a su existencia. Es el momento de Cao Dewang, lo que parece ser respuesta a una entrevista se camufla en pensamiento. Un primer plano, en el interior del coche, nos lleva al territorio del recuerdo. El magnate exhibe su “debilidad”, la evidencia de una cultura sistémica que no es suficiente para erradicar el vínculo del hombre con necesidades más simples y profundas. En determinados momentos, puede emerger como la constante necesidad de algo que el “progreso” ha vuelto irrealizable. De todas formas, el interjuego de fuerzas opera para que el trabajo, como esencia vital, se lleve la victoria en busca de la eternidad empresarial. El humano no puede liberarse de lo humano, el control interno se traslada al exterior, el chino navega por la vida en la misma sintonía patrón-obrero. En cierto sentido, no hay diferencia. La tecnología hace su aporte y devuelve una “realidad de ficción” en la alternancia de planos. El ritual en el templo se contrapone al retorno a la ciudad, en medio de meditaciones existenciales dentro de un coche.

La contracara muestra al norteamericano y su cultura del momento: lo práctico, la capacidad de disfrutar en estado de recreación con amigos, la posibilidad del descanso; un mejor contacto con las propias circunstancias y necesidades.

Diferencias, visibilizadas por la globalización, transforman vidas en desafíos actuales y a futuro. Certezas, depositadas en el valor del trabajo, denotan grados de sufrimiento que no siempre son captados por la conciencia.

La película también es una desmitificación del trabajador estadounidense, en cuanto “máquina de producir” ilimitada. El culto al esfuerzo interminable se agota en la conciencia de seres que saben reconocer sus necesidades, más allá de lo que la autoridad pretenda “venderles”. Aunque el resultado no sea el esperado, la libertad interior prevalece.

Ficha técnica:

American Factory ,  EUA, 2019.

Dirección: Steven Bognar, Julia Reichert
Duración: 110 minutos
Producción: Participant Media (Distribuidora: Netflix)
Fotografía: Steven Bognar, Aubrey Keith, Jeff Reichert, Julia Reichert, Erick Stoll
Música: Chad Cannon
Reparto: Documental

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