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SITGES 2026 – 59º Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya

El festival de Sitges requiere escribir y reflexionar con constancia dentro del caos. Uno tiene que poner orden a cientos de imágenes incrustadas en la retina que se entremezclan unas con otras como niños jugando en el recreo. Niños. Recreo. Sitges. Claro, ¿Quién puede matar a un niño? No lo digo yo, lo dice Narciso Ibáñez Serrador en aquel legado nacional estrenado en 1976. Ibáñez Serrador sometía al espectador a una reflexión de altura: ¿es moral matar a un niño? ¿En qué drástica situación ha de verse alguien para plantearse dicha cuestión? Que se lo pregunten a Tom y a Evelyn, dos turistas ingleses que esperan broncearse con el sol del Mediterráneo y terminan sufriendo la ira desenfrenada de un grupo de niños cuyo patio de recreo parece ser todo un pueblo ausente de adultos. Casualidades de la vida, parte de la obra fue rodada en Sitges.

Película rescatada y proyectada en el 59 Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya, celebrado este año entre el 8 y 18 de octubre, y que ha encontrado un leitmotiv temático para recorrer las pesadillas más memorables del cine en las infancias y adolescencias malditas con poderes telequinéticos. Se proyectaron varios clásicos al respecto, como Carrie, de Brian de Palma, Scanners, de David Cronenberg, o Matilda, de un Danny de Vito de cuerpo presente y una de las legendarias estrellas firmadas para este año. Las películas regresan de sus tumbas —algunas rejuvenecidas por el 4K— y sus autores se reúnen con ellas y sus fans celebrando aniversarios y premios reconocidos. Alejandro Amenábar quiso estar físicamente en la proyección de Tesis por su 30 aniversario, así como un reservado Robert Eggers palpaba la agitación sitgetana mientras alzaba el premio Màquina del Temps por su renovación y cercanía con el cine fantástico, justo antes de proyectarse su ópera prima The Witch. El plato estrella de este certamen, sin duda, fue la llegada de Peter Jackson, un director que ya visitó Sitges en 1992 precisamente para presentar aquella sangrienta gamberrada de culto titulada Braindead, que, de nuevo, volvió a iluminar el Auditori en un repunte histórico de fans y medios de comunicación la noche del sábado. Ante una multitud de aplausos congregados y, sabiendo que para Peter Jackson Sitges representa volver a las esencias de su filmografía —antes de los orcos y los elfos, Jackson se movía por Sitges como un asistente más—, el cineasta neozelandés, sucumbido ante el amor que siente hacia el género, culminó su visita alzándose con el Gran Premi Honorífic a su trayectoria.

Sala Auditori Meliá Sitges (con capacidad para 1.380 espectadores)

Muchos otros invitados más fueron posando por la alfombra roja mientras las salas de cine dispuestas continuaban con su programación. La jornada inaugural fue tomada por Nicolas Winding Refn, otro de esos rostros destacados que no quiso perderse la brisa marítima y el sol cálido de la costa mientras presentaba su nueva obra, Her Private Hell.  En la entrevista con el director danés se pudo escuchar en varias ocasiones “caleidoscopio”, palabra que rememoré precisamente en el mismo Auditori el año anterior con la obra de Cattet y Forzani y que creo que le dieron un significado mucho más orgánico.

La nueva obra de Refn sigue a una joven enturbiada por la ausencia paterna en una ciudad futurista envuelta en una espesa niebla, tan espesa como las ideas de su autor a la hora de ensamblar un filme que parece que funcione solo por compartimentos. La música de Pino Donaggio, dulce y operística, parece no encontrarse con esas imágenes hiperestimuladas de estética retrofuturista, a la vez que sus protagonistas se mueven ralentizados como piezas de porcelana al compás de no se sabe muy bien qué. La claustrofóbica idea de filmar casi todo el metraje en interiores deja entrever que el mundo creado por este autor no tiene relevancia más allá de su condición de decorado ambient. Es su infierno privado, claro, por eso se mira más hacia adentro, pero dentro apenas encontramos un débil esbozo psicológico sobre la obsesión y la carencia. La película palidece ante una profunda falta de cohesión entre sus elementos, lo que termina por romper la armonía de su conjunto. La más arriesgada hasta la fecha y también la más difícil de digerir. Un polvo de estrellas galáctico con esencia B y el glamour de los anuncios fashion.

El cuerpo como espacio político y cultural ha ocupado la centralidad de esta edición, donde la notable presencia de películas de temática queer y LGTBI+, junto a Woman In Fan —sección creada para impulsar la visibilidad de la mujer en el cine—, han puesto de manifiesto el cuestionamiento de ciertas normas establecidas, la exploración de la identidad o la reivindicación y exploración del cuerpo y el deseo. Una de esas obras ha sido Leviticus, del australiano Adrian Chiarella, en la que dos adolescentes enamorados son perseguidos por un ente diabólico que adopta la forma de la persona más querida. Vientos favorables de la crítica traía Leviticus desde el festival de Sundance, de ahí la expectación levantada también en Sitges y que un servidor puso en entredicho, ya que Chiarella lleva la máxima sartreana de “el infierno son los otros” para condicionar en exceso a su público.

Sala Auditori Meliá Sitges ante la presentación de su sección Woman In Fan

Sus protagonistas conviven en una paranoia muy similar a la de It Follows de David R.Mitchell, situada en un pueblo industrial australiano que parece estar bajo el yugo de una secta religiosa, cuyo fanatismo impone un clima lúgubre de represión y asfixia moral. Los tiempos que maneja Chiarella, sobre todo en su inicio, son reposados y óptimos, dibuja a sus actores solo con gestos e imágenes y esquiva el retrato sensacionalista. Sin embargo, la historia sí pasa a enmarcarse en cierta fórmula de protocolo y juega todo el tiempo con una dicotomía demasiado obvia como para levantar algún tipo de reflexión. Claro, cuando dos chicos están enamorados y lo único que quieren es vivir sus vidas manifestadas públicamente, y al otro lado tenemos a una secta satánico-homofóbica oscura y perversa que quiere infundir el miedo y la conversión, el espectador, pues, queda condicionado de forma casi infantil a tener que asumir una visión previamente construida sin posibilidad activa.

Siguiendo la estela queer y sin movernos de Australia, me reencuentro con el director Adam C. Briggs, ganador del certamen anterior a Mejor Dirección en la sección Noves Visions por A Grand Mockery, para presentar su nueva obra, un año después, titulada Phillip Philadelphia. El filme sigue a este peculiar guionista británico que vive en un plácido retiro en un motel de la Gold Coast, allá en 2029, entregado a una vida de fantasía, delirios indulgentes y un erotismo vulgar digno de John Waters. Pero la sombra de amantes y glorias pasadas pronto hace mella en sus ensoñaciones y estilo de vida autodestructivo.

Un tipo atrapado entre su pasado glorioso —si es que lo hubo— y un futuro de éxito que nunca parece llegar. En medio, un presente que parece repudiar mediante los bajos placeres y la desmesura, mientras ese sueño inalcanzable, constantemente ausente, parece el único resquicio para no terminar ahogándose en sus propios excesos. Como telón de fondo, una zona costera australiana que piensa su pasado colonial de forma irónica y extravagante.

Adam C. Briggs y su equipo presentan “Phillip Philadelphia” en la sala Tramuntana

Fue una lástima que parte del público se perdiera una pieza tan estimulante y surrealista como la que ofreció su autor a los pocos asistentes que acudimos a la sala Tramuntana, no sin sueño, a un universo trasnochado, que recorre la parodia más triste del mundo. El equilibrio que consigue el cineasta al dotar a la obra de humor cáustico y decadencia se debe a que sus personajes, excéntricos y atolondrados, mantienen unos diálogos vibrantes y agudos a la vez que su entorno se descompone en una decadencia estrafalaria, pero profundamente humana. Si el regusto final de A Grand Mockery transmitía un nihilismo sostenido en el absurdo, en Phillip Philadelphia parece haber esperanza y una especie de reconciliación con el mundo. Este autor me sigue pareciendo una de las voces más auténticas y alternativas del nuevo cine actual.

“Mi película trata sobre machismo y patriarcado”. Así de concisa fue Anna Biller, esforzándose por mostrar sus dotes con el idioma español al presentar su nuevo largometraje The Face of Horror. La autora de la seductora The Love Witch nos transporta esta vez a la Inglaterra medieval filmada en Technicolor, para contarnos una historia sobre la venganza mortuoria de una joven enamorada en vida de un apuesto y mezquino caballero, que entre engaños y vilezas, consigue casarse con ella para conducirla a una vida funesta. El resultado, conscientemente arquetípico de sus personajes, funciona entre elementos de melodrama, horror y sátira, homenajeando aquellas obras de la Hammer con la intención de subvertir el artificio y dotarlo de sensibilidad femenina, sacrificando la ambigüedad para reforzar un mensaje ideológico de amor entre dos hermanas que rebasan el límite entre la vida y la muerte.

Más allá de sus inquietudes temáticas, resulta interesante detenerse en el estético diseño de vestuario, cuya colorimetría realza el sentimiento y las emociones de sus personajes a la vez que los enmarca en su propio género; sus cuerpos siempre están perfilados por la cámara en abundantes planos americanos y primeros planos, y parecen salirse del espacio en donde están enclaustrados, —un simple decorado—, pues lo que sienten y lo que dicen determina todo el interés del filme. Humor y desfachatez con subversión de los clásicos.

«The Face of Horror», de Anna Biller

Quizás, la película más rica y estimulante en cuanto a lecturas para un servidor fue Teenage Sex and Death at Camp Miasma de Jane Schoenbrun. Su obra revisita los clásicos del cine slasher de los ochenta para reformular los códigos desde la contemporaneidad, en un choque generacional palpable, pero de admiración mutua, entre una joven directora que quiere resucitar una franquicia de terror y una veterana actriz que protagonizó la primera entrega de dicha saga.

Mientras que la protagonista intenta dilucidar qué representa el slasher en términos de identidad, deseo y construcción de subjetividad, para la veteranía, esas películas solo van de “carne y fluidos”. Se abren, entre tanto, tres capas de significado entre lo psicológico, lo metafílmico y lo cultural, no solo recogiendo la herencia del subgénero, sino obligando al espectador a cuestionarse la organización de la mirada cinematográfica; si en  Psycho de Hitchcock existe el punto de vista de la víctima y el del asesino en la mítica escena de la ducha, lo que intenta Schoenbrun es captar el punto de vista desde la cortina de la ducha, es decir, desestabiliza la dicotomía del observado y el observador para introducir una tercera mirada no binaria. No es baladí mencionar que el género trans atraviesa el filme como una lanza que interroga los códigos de representación del terror mientras se intenta llegar a un orgasmo que unifique, en una suerte de clímax, una tesis cultural y filosófica muy sugerente y de vital importancia para reconsiderar el género y el deseo reprimido. No vayan al cine pensando en ver un slasher, mejor, vayan pensando; ¿qué se siente ser un slasher?

«Teenage Sex and Death at Camp Miasma», de Jane Schoenbrun

También hubo espacio, por supuesto, para ver un slasher al uso, como es el caso de River, ópera prima de Joshua Giuliano, en la que tres hermanos se reencuentran para tomar una embarcación y esparcir las cenizas de su padre en un río. Ese lugar de naturaleza apacible, pronto se convierte en un terreno rural de amenaza y supervivencia.

Resulta admirable cómo en su inicio, Giuliano parece entablar una conversación entre imagen y sonido, pero de forma dislocada; nos muestra lo sucedido mientras escuchamos cómo ocurrió. Haciendo muestra de tal esencia fantasmagórica del medio y sus posibilidades, la película deja atrás cualquier experimento formal para tornarse efectiva y concreta. No hay grandes historias más allá de la reunificación mediante el dolor, el duelo y la memoria, y en ocasiones navega en ese drama familiar en exceso concurrido. Sin embargo, sus golpes de efecto, secos y certeros, están inspirados. Sin muchas más pretensiones, River tiene la suficiente fuerza como para traer de vuelta problemas familiares enquistados y problemas externos que requieren urgencia. Entre lo psicológico y la fisicidad del momento, —más por lo segundo que por lo primero-— uno puede dejarse llevar por la salvaje corriente de Joshua Giuliano, que ya tiene distribuidoras interesadas en adquirir sus derechos, por lo que es posible que en los próximos meses pueda proyectarse en salas comerciales.

Del río como espacio abierto y sintomático, pasamos a una piscina como recinto artificial de agua estancada, donde sirenas de agua dulce se destiñen con el cloro. La autora griega Konstantina Kotzamani rebaja pulsaciones en Sitges tras su misteriosa Titanic Ocean, una obra sumergida en intenciones pese a su ornamental estética pop.  Sus protagonistas, chicas adolescentes que aspiran a ser sirenas profesionales en shows acuáticos japoneses, conviven en una academia cuya disciplina les hace rozar la excelencia.

«Titanic Ocean», de Konstantina Kotzamani

Todo en esta obra induce a la metáfora. Tanto la piscina como el océano tienen representaciones simbólicas del paso de la adolescencia a la adultez, así como el acuario donde actúan se muestra como prisión psicológica expuesta a la mirada externa y a la validación, en última instancia, masculina. Bien graduada, Kotsamani respira y expira sin prisas para introducirse en la vida de sus protagonistas y así poder representar sus miedos y obsesiones con argumentos, mientras esboza esa doble cara histórica de la sirena como ser mitológico; por un lado fascinante y atrayente, por el otro peligroso y premonitorio. En esa agua estancada se desdibuja la identidad y la promesa de libertad.

Uno de los grandes inconvenientes quizás sea un metraje excedido, no por duración, sino porque la autora pretende cerrar todos los círculos que ha ido abriendo durante su recorrido, como si necesitara encorsetar la historia en sus narrativas, cuando en su discurso se apela al océano como metáfora de libertad, y, por lo tanto, ese ansiado destino se torna un concepto paradójicamente contradictorio entre fondo y forma.

Hay películas que prefieren avanzar en línea recta y otras que prefieren extraviarse, y mientras reposan el café, preguntarse de qué demonios va todo esto a lo que comúnmente llamamos vida. Un título que, como dijo muy acertadamente una persona muy querida, podría ser un poema en sí mismo. Claro, The Arrow at Rest at Every Instant of Its Flight, algo así como “la flecha en reposo en cada instante de su vuelo”, parece encerrar una paradoja vital: ¿Es posible permanecer inmóvil mientras todo a nuestro alrededor es movimiento?

El director Theodore Schaefer responde preguntas del público tras la proyección de su obra

Violet, desencantada con el mundo y con su empleo, planea un atraco junto a una compañera. La huida hacia otro supuesto estado mejor adopta aquí un halo existencial de comedia absurda en medio de una Nueva York retratada con nervio y a ritmo de jazz, con una preciosa fotografía en blanco y negro que recuerda a los inicios del Woody Allen de Manhattan. Su montaje parece seguir las lógicas de una melodía que improvisa, en ocasiones con ecos de la Nouvelle Vague francesa, en otras al movimiento numblecore estadounidense, mientras los sujetos filmados permanecen perdidos por la gran urbe a merced de sentimientos interrumpidos y distracciones mundanas,  a la vez que también aflora una pausa bressoniana para las reflexiones intelectuales y los afectos románticos y sexuales.

Esta película tiene momentos memorables —como la escena del ascensor— y una creatividad y agilidad narrativas que ponen de manifiesto que Theodore Schaefer ha resultado ser todo un maravilloso descubrimiento abordando la vida, la muerte y todo el artificio que hay entremedio.

El premio de este año a mejor película en la sección Noves Visions se ha ido para Sudáfrica, en este caso, para un filme que también ha decidido optar por el blanco y negro, y que, a diferencia del resto de obras visitadas, el ritmo narrativo la hace distinguirse de la tan acusada imagen movimiento, para volver, aunque sea en algunos pasajes, a una imagen tiempo dilatada, en la que los elementos que conforman la imagen: la profundidad de campo, el fuera de campo o el propio tiempo dentro del filme, funcionan como diques de contención reposados y reflexivos.

«HEN», de Nico Scheepers. Ganadora del premio Noves Visions

HEN se inicia con unos primeros veinte minutos de silencio sepulcral en unas montañas áridas de presencia inquietante. En este escenario de aislamiento, un hombre que vive con su mujer en una granja alejada se encuentra un baúl de madera con un niño vivo dentro, mientras a su alrededor, hay cuerpos de personas fallecidas que parecían proteger, o acabar, con alguna presencia maligna. La austeridad visual y el sonido de los elementos que constituyen el plano son suficientes para recrear un terror atmosférico que parece dirigirse hacia fuerzas sobrehumanas de carácter teológico. Existe un constante mal presagio, un mal augurio que siempre permanece en ausencia. Poco a poco, el mal se irá apropiando del carácter y la buena voluntad de este matrimonio, expuesto, sin saberlo, a una presencia que huye de la explicación racional.

Una experiencia cinematográfica exigente, poco común en este tipo de festivales, que confía en la imaginación y la astucia del espectador para rellenar unos huecos que quizás queden en el aire, precisamente por su recepción ambigua de naturaleza inexplicable. Un western malsano que confía en el tiempo para ir humedeciendo los huesos hasta la enfermedad.

Viendo el cuarto largometraje de Luka Marcetic, pareciera que en Eslovenia no ven la luz del sol. Girl in the Night está rodada únicamente en las frías noches eslovenas, contando con espacios minimalista de un barrio obrero, como una gasolinera, un parque y cuatro calles iluminadas con la tenue luz de las farolas y las ventanas de los edificios como telón de fondo. Es lo que necesita este autor para crear un filme bastante atípico, pese a que su núcleo central sea el cine de superhéroes. Un cine de superhéroes llevado a la mínima expresión y a la realidad más cotidiana.

«Girl in the Night», de Luka Marcetic

Rok comparte piso con sus compañeros y tiene un trabajo nocturno en una gasolinera. Cada noche, intenta robar una chocolatina mientras su compañera duerme. Dirigiéndose hacia casa, descubre que hay una chica impartiendo justicia a todos aquellos que osen hacer el mal. Juntos entablan una curiosa amistad, o quizás los sentimientos se dirijan hacia algo más profundo. Sería muy torpe aludir a que Rok es simplemente un cleptómano para completar parte de un perfil psicológico de la trama. Es algo más serio y más interesante: Rok roba cada noche para sentir algún estímulo dentro de una vida absolutamente anodina y tediosa. Esa es la forma que tiene, la de correr un riesgo, lo que le permite pensar que sigue estando vivo. De ahí que, cuando conoce a Lara, la superheroína, al instante quede prendado, no tanto de ella, que quizás también, sino de ese impulso vital de hacer algo en la vida que merezca la pena. Hay un drama social que late bajo una comedia absurda y completamente nocturna, la cual la torna algo melancólica. Sus personajes y sus diálogos parecen extraídos de un filme de Aki Kaurismäki. Deja un poso amable y algo extraño, en el buen sentido.

Bienvenidas las sorpresas, pues uno escogió la siguiente película para hacer tiempo entre sesión y sesión y se topó con una que, a título personal, fue de las más gratificantes del festival. Se trata del J-horror Never After Dark, de Dave Boyle.

Cinema Casino Prado

Su trama no es especialmente original, pues nos encontramos en los dominios de las clásicas casas encantadas, en las que Airi, una joven médium, es contratada para intentar expulsar a un espíritu maligno. La virtud principal aquí es la inteligencia con la que Boyle maneja aspectos de la trama, dosificando la información para darle siempre una vuelta de tuerca que resulta tan creativa como escalofriante. La frialdad con la que Airi hace frente a su trabajo es la misma con la que un mayordomo limpia una casa. Siempre acompañada de su hermana fallecida, pronto descubre que el espíritu que acecha no es una simple labor rutinaria. El filme se recrea de forma efectiva en los largos pasillos y las múltiples habitaciones, jugando con la oscuridad y las sombras mientras provoca algún sobresalto que otro, pero sobre todo jugando siempre con el misterio y la psicología de su protagonista; alguien que teme más a los vivos.

Never After Dark resulta depurada en su escritura y evita la sobrecarga de estímulos. Apenas con cuatro elementos indispensables elabora una historia más inusual de lo que a simple vista puede percibirse. Airi parece estar entre ese fino velo que separa el mundo de los vivos y el de los muertos, y por alguna razón, parece sentirse más aliviada y viva en el segundo.

Este año, la ganadora a mejor película en la sección oficial fantástico a competición ha sido para Sanguine, de la francesa Marion Le Corroller, que en algún punto conceptual y temático podría situarse dentro del cine de la urgencia, ya que el filme colisiona con las protestas sociales que han estallado recientemente en Francia.

«Sanguine», de Marion Le Corroller. Ganadora del Festival de Sitges 2026

Es precisamente en una sala de urgencias de un hospital donde Marion explora el deterioro de la salud mental y la exposición del cuerpo a los límites, sometido a una presión laboral vejatoria e insana. Margot, nueva en el hospital, enseguida queda sepultada bajo las exigencias productivas capitalistas que, sin poder contenerlas, acaban manifestándose de forma sintomática en el body horror. Este nuevo filme se une a la tendencia de nuevas realizadoras francesas —véase a Julia Ducournau o Coralie Fargeat— en la expresión corporal como estética de la deformación vinculada a una externalidad que la hace enfermar hasta la mutación. Pero aquí el verdadero monstruo es aquel que consigue adaptarse a tales exigencias. Esta nueva propuesta, inyectada en adrenalina, utiliza todo su dispositivo con el único fin de exponer sus conceptos. Tanto los movimientos de cámara, que requieren eficiencia sin adornos, como los planos muy cortos y abruptos, explicitan el agobio cotidiano y la experiencia de la inmediatez.

Sanguine es visceral e incómoda, trabaja únicamente en el campo de las sensaciones exaltadas dirigidas al discurso crítico. Culmina en la superficialidad del síntoma, extrayendo de ella una radiografía de las causas, sin detenerse en reflexionar sobre los diagnósticos. Una película muy apropiada para estos tiempos, pues sus pulsaciones, siempre al borde de la arritmia, inoculan en el espectador una alteración constante.

Este año, el festival de Sitges ha contado con 443 proyecciones a lo largo de 10 días. De ahí que las conversaciones que uno puede escuchar en las inmediaciones del certamen sean del todo irreconciliables. La tarea que un servidor se impone siempre ha sido la de intentar averiguar, en ese porcentaje ínfimo de películas vistas, observar el humo de la chimenea —como decía Gasset— para saber hacia dónde sopla el viento. Dicho de otro modo, intentar tomarle el pulso al género e intentar averiguar qué inquietudes estéticas y expresivas preocupan o seducen al fantástico y al terror en plena actualidad. Siempre interesado en el talento emergente y en sus nuevos modos de habitar la expresión cinematográfica, se prefiere la sorpresa a la satisfacción, o como diría Adonis Kyrou: “Prefiero el descubrimiento a la certeza”. Todo un desafío, las películas seleccionadas para esta crónica intentan dar cuenta de ello.

 

Palmarés:

Mejor Película de la SOFC (Sección Oficial Fantástico a Competición)

Sanguine, de Marion Le Corroller

Premio Especial del Jurado de la Sección Oficial Fantàstic

Drag, de Greg Yagolnitzer i Raviv Ullman

Mejor Dirección de la SOFC

Joko Anwar, por Ghost in the Cell

 Mejor Interpretación Femenina de la SOFC

Jasmine Trinca, por The Spiral

Mejor Interpretación Masculina de la SOFC 

Benoît Magimel, por Historias de la noche (The Birthday Party)

 Mejor Guion de la SOFC 

Buddy, de Casper Kelly i Jamie King

Mejor Fotografía de la SOFC

Océano Titánico, por Raphaël Vandenbussche

Mejor Música de la SOFC 

River, por Mondo Boys

Mejores Efectos Especiales, Visuales o de Maquillaje de la SOFC 

Colony, por Hong Jeong-ho

Premio Citizen Kane al Director Revelación 

Leviticus, por Adrian Chiarella

Mejor Película de la sección Noves Visions

Hen, de Nico Scheepers

Mejor Dirección de la sección Noves Visions

La muerte de Drácula, por Fernando Martínez y Juan González (Burnin’ Percebes)

Familia teme enfrentar una nueva noche de terror, de Cristian Ponce

Mejor Pel·lícula de la Sección Òrbita

Gummy, de Javi Prada

Mejor Largometraje de Animación de la Sección Anima’t

We Are Aliens, de Kohei Kadowaki

Mejor Película Sitges Documenta

«Dernsie» La vida increíble de Bruce Dern, de Mike Mendez

 Premio Méliès de Oro a la Mejor Película de Género Fantástico

Feels Like Home, de Gábor Holtai

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