Críticas

La invitación

La invitación

The Invite. Olivia Wilde. EUA, 2026.

Cartel de la película La invitaciónLa invitación: el deseo que desciende

 Antes de ser personajes, Pina y Hawk son un ruido. Durante meses, la pareja del piso de arriba ha existido para Joe y Angela solo como presencia sonora. Es el eco de un deseo ajeno que atraviesa el techo y se instala, noche tras noche, en el silencio de un matrimonio que hace tiempo dejó de tocarse. La invitación (The Invite, 2026), tercer largometraje de Olivia Wilde como directora, parte de esa premisa casi abstracta: ¿qué ocurre cuando el deseo que solo se escucha baja las escaleras y se sienta a la mesa?

La película es el remake estadounidense de Sentimental (2020), de Cesc Gay, que a su vez adaptaba su propia obra teatral Los vecinos de arriba. Podría haber sido un traslado más, otra comedia europea reciclada por la industria norteamericana, pero es algo más interesante. El guion de Will McCormack y Rashida Jones conserva el esqueleto del original y alarga sus escenas: lo que en Gay duraba poco más de ochenta minutos se extiende aquí a ciento siete. Ese tiempo de más no es relleno. Es espacio para que los personajes se contradigan, retrocedan y se vuelvan opacos.

Una casa que no les pertenece

Joe (Seth Rogen) fue un músico prometedor y ahora enseña sin entusiasmo. Angela (Olivia Wilde) administra el hogar con una meticulosidad nerviosa que roza el control. Viven en un amplio piso de San Francisco heredado de los padres de él, de modo que el espacio que habitan pertenece más al pasado que a ellos mismos. Esa noche su hija de doce años duerme fuera, y la casa queda vacía de excusas. Angela ha invitado a los vecinos sin consultarlo, y la discusión previa a su llegada ya contiene, en miniatura, toda la película: dos personas que se hablan sin escucharse.

No es casual que el film se abra con una cita de Oscar Wilde sobre lo incompatibles que resultan el amor y el matrimonio. Es un guiño de apellido, pero también una declaración de intenciones. Lo que viene no es una comedia sobre el adulterio, sino sobre la institución que lo vuelve pensable.

Escena de la película La invitación

Cuatro cuerpos, un decorado

Wilde sabe que su material es teatro y no intenta disimularlo. La película se rodó en apenas veintiún días y en un único espacio, y la directora convierte esa limitación en método. La cámara circula entre los cuatro personajes como si asistiera a un ritual de cortejo o de dominación, y la puesta en escena se organiza como una combinatoria de parejas. Hawk y Angela recorren el piso y descubren una afinidad inesperada por las alfombras. Pina y Joe se refugian en el estudio a compartir un porro y comparar tatuajes. Cada desplazamiento redistribuye el deseo y la incomodidad.

Es, ante todo, una película de actores. Penélope Cruz, con peluca rubia y un carisma desbordante, compone a una psicoterapeuta y sexóloga cuya seguridad nunca termina de ser del todo creíble. Edward Norton hace de Hawk, bombero retirado de espiritualidad new age, una figura entre irritante y entrañable. Rogen sostiene la amargura de Joe sin caer en la caricatura. Wilde, por su parte, construye una Angela neurótica y frágil que remite abiertamente a Diane Keaton, a quien la película está dedicada.

Hay un detalle formal especialmente revelador. Cuando Pina y Hawk se hablan en español, la película no subtitula esos apartes. La pareja aparentemente perfecta tiene un idioma propio al que ni sus anfitriones ni el espectador tienen acceso. Es un gesto mínimo, pero anticipa el giro central del relato: la intimidad ajena siempre es más opaca de lo que parece desde abajo.

La inversión

Lo mejor de La invitación ocurre cuando la comedia empieza a resquebrajarse. La pareja modélica, la que hacía temblar el techo, también discute. También tiene zonas de rencor y de cansancio. Wilde no reparte culpas ni fabrica villanos. Encuentra humanidad en los cuatro personajes y deja que la risa conviva con una tristeza que crece hacia el final. La propuesta que los vecinos traen consigo, que conviene no anticipar, funciona menos como provocación que como espejo.

No todo funciona con la misma precisión. El lastre teatral se nota en algunos tramos, y el clímax llega tarde, cuando la velada ya ha agotado parte de su tensión. Tampoco es una película que vaya a dinamitar nada: su crítica a la vida burguesa es aguda pero cómoda, más cercana al mejor Woody Allen que a cualquier cine verdaderamente incómodo. Pero dentro de esos límites, Wilde demuestra una solidez que no siempre había tenido detrás de la cámara, y una sensibilidad para el detalle que eleva el material de origen.

Al final, lo que baja del techo no es una propuesta sexual, sino una pregunta. La invitación es una película sobre volver a mirar a quien se ha dejado de ver, y sobre la posibilidad, frágil e incierta, de que ese gesto todavía sea capaz de abrir algo.

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Ficha técnica:

La invitación (The Invite),  EUA, 2026.

Dirección: Olivia Wilde
Duración: 108 minutos
Guion: Rashida Jones, Will McCormack. Obra: Cesc Gay
Producción: Filmnation Entertainment, Annapurna Pictures, Permut Productions
Fotografía: Adam Newport-Berra
Música: Devonte Hynes
Reparto: Seth Rogen, Olivia Wilde, Penélope Cruz, Edward Norton

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