Investigamos
Damn you, Terry!
Que claro quede, por supuesto, que las maldiciones no existen. Si de algo maldito se tiene que hablar, que esto sea, rotundamente, una metáfora, antes de que algunos o algunas de los lectores nos digan que sí, que a veces es posible maldecir, llegando al punto de que unos elementos sobrenaturales, mágicos o lo que sea, podrían tener que ver con que un filme logre llegar a su conclusión o no (nos referimos aquí a todo el aparato cinematográfico, simple sinécdoque con la que resulta más simple trabajar). Platicamos, entonces, del cine maldito o del maldito cine desde un punto de vista tan sencillo como meramente material, en en sentido de estar en conexión con el mundo que no solo nos rodea, sino del cual somos parte hasta los últimos átomos que van a componer los postreros elementos de nuestro cuerpo una vez hayamos sido metidos por debajo de la superficie terrestre (es posible, de todas formas, que nos quemen, como en el caso de la gran mayoría de los japoneses, por una simple cuestión de lógica, no habiendo mucho espacio).
La cuestión es que, sí, de maldición se puede hablar, por ejemplo en el caso del Don Quijote, no solo de Welles, quien no pudo terminar lo que había empezado, sino también de otro gran nombre de la imaginación cinematográfica, aquel miembro yanqui de los Monty cuyo nombre es Terry (el apellido es Gilliam). Y hay que decir, efectivamente, que cuando se puso a rodar por primera vez su relectura (o reelaboración) de la obra cervantina tuvo una serie de mala suerte a la cual uno de sus ayudantes (o lo que era, no me acuerdo bien, quizás un productor) le dio el nombre más que acertado de sfiga. Y es que, para los que no habléis el italiano, el concepto va más allá de la simple cattiva sorte y se introduce en un juego de palabrotas que traen a la superficie la idea misma de fracasar completamente también como ser humano (y el elemento más claro de lo que significa ser sfigato no puede ser sino el antaño famoso ragionier Ugo Fantozzi).

Terry Gilliam no pudo completar su obra como quería. Cine maldito, entonces, o maldito cine, ya que al final, muchos años después y con un documental sobre su fracaso, el director yanqui (ahora ya un brit) logró rodar su película, adaptándola y reelaborándola, sin tener mucha suerte a la hora de recuperar el dinero gastado: dieciséis millones de euros de presupuesto, unos tres millones de recaudación. Maldito cine, entonces, como también maldito sistema de distribución y de marketing que no supo aprovechar la presencia de un autor tan importante (a quien le conocemos muy pocos, me doy cuenta, maldito sea el consumismo de las obras desechables que son preferidas a las que más ingenio muestran). Quizás la cuestión bien se inserte en un juego más grande de espejos que se espejan en otros espejos (espejísimos espejos espejables), lo cual bien nos llevaría a decirle a Gilliam que Cervantes (la pluma más alta de toda la humanidad, junto con Joyce) sufrió una vida muy mala aun siendo sus novelas éxitos de venta (sfiga, por supuesto).
Maldito cine, entonces, ya que Gilliam las maldiciones las conoce muy bien. Se trata entonces de utilizar lo que tenemos y, a través del arte di arrangiarsi y de hacer las cosas así como podemos, rodar un filme sin el actor principal. Fue, efectivamente, una tragedia la muerte de Ledger, quien demasiado joven era y con un talento espectacular. ¿Qué hacer, entonces, con un filme rodado a medias? Gilliam logró terminarlo, con la ayuda de Depp, Law y Farrell, creando así otra gran obra, de aquellas donde la imaginación bien se une a la satisfacción del público, siempre que este esté listo para apreciar el arte (lo cual, dígase para que todo el mundo lo reconozca, no siempre es así). El Imaginarium no sufrió el mismo fracaso del Quijote, ya que ante un presupuesto de 30 millones logró recaudar unos 65, lo bastante para que el filme no fuese ni un éxito ni una pérdida completa.

Maldito cine, entonces, el de Gilliam, quien en 2025 tuvo que renunciar a su sátira apocalítpica llamada The Carnival at the End of Days cuando ya todo estaba a punto de empezar. Las piezas estaban, los jugadores también, sin embargo el ambiente cultural (según Gilliam, e imposible sería decir que no tenía razón) no era tal para hacer bromas de este tipo. Las obras vienen, las obras van: algunas nacen, otras tienen que morir porque, ¡maldición!, no siempre las cosas funcionan como tendrían que funcionar (una cuestión, esta, que bien muestra y demuestra la absurdidad de nuestro universo mismo, no el natural, el de los átomos y de las constelaciones, que bien va de por sí solo, sino el de los humanos, quienes, que la verdad sea dicha aquí, no siempre logramos hacer las cosas bien –y ni hablar de las cosas buenas).
Son más o menos treinta los proyectos fracasados (o algo por el estilo) de Gilliam. Trece, hasta este año (2026), las películas rodadas; de estas, solo tres tuvieron éxito (Time Bandits, The Fisher King, 12 Monkeys), dos tuvieron una recaudación mediocre (Parnassus, Grimm), y las otras fueron un desastre comercial. De su primera película, de la cual fue codirector, se puede decir que sí tuvo cierto triunfo, si bien el presupuesto fue tan bajo que permitió recaudar lo bastante sin ser, efectivamente, un acierto mundial. Y es que, maldito cine, las películas de Gilliam son, déjenme decirlo, verdaderas obras de arte, productos artesanales que muestran lo increíble de la imaginación de una persona que sabe qué significa contar historias. Maldición, entonces, o mejor dicho maldito público, maldito marketing, malditos productores, maldita mala suerte, maldita sfiga. Absurdo mundo, todo al revés, donde las grandes mentes, las magníficas immaginifiche imaginaciones, los que efectivamente algo nos aportan a nuestras vidas tan superficiales, poco espacio encuentran y solitos a la mala suerte tienen que enfrentarse. Pero, ¡qué grandes obras nos ha ido regalando el autor yanqui, ahora brit! Habría que decirle, quizás, a la maldición de la sfiga, “Frankly, my dear, I don’t give a damn.”

