Críticas

El espinoso camino de la verdad

La luz

Fernando Franco. España, 2026.

En tiempos donde la memoria, la reparación y la justicia continúan siendo asignaturas pendientes en numerosas instituciones, La luz (2026, España), la nueva película escrita y dirigida por Fernando Franco, emerge como una obra tan incómoda como necesaria. Se trata de una producción española valiente, tenaz y profundamente audaz que se atreve a mirar de frente uno de los mayores oprobios que han sacudido a la Iglesia católica durante las últimas décadas: los abusos sexuales cometidos por miembros del clero y, especialmente, los mecanismos de encubrimiento y protección que durante años permitieron silenciar a las víctimas y preservar la imagen de los agresores.

Lejos de optar por el sensacionalismo o la denuncia fácil, Franco construye un relato sobrio, doloroso y profundamente humano sobre la culpa, el arrepentimiento y la necesidad de asumir responsabilidades. El protagonista es Manuel Monsalve, un sacerdote interpretado por Alberto San Juan en uno de los trabajos más notables de su extensa trayectoria profesional. El actor compone un personaje contenido, austero y devastado por el peso de su conciencia. Cada gesto, cada silencio y cada mirada reflejan el sufrimiento de un hombre que ha decidido enfrentarse a la verdad después de años ocultándola.

Monsalve es un sacerdote querido por los feligreses de una parroquia situada en el País Vasco. Sin embargo, pronto descubrimos que ese destino no es más que un discreto refugio donde la institución eclesiástica lo ha mantenido apartado mientras purga, en apariencia, los pecados de un pasado inconfesable. Manuel fue responsable de abusos sexuales cuando ejercía como profesor en un colegio religioso. Ahora, tras solicitar la dispensa para abandonar el sacerdocio, ha tomado una decisión extraordinaria: romper el silencio y reconocer públicamente sus crímenes.

El título de la película posee una evidente dimensión metafórica. Esa luz a la que alude Fernando Franco no es únicamente una referencia espiritual, sino el resplandor que obliga al protagonista a iluminar las zonas más oscuras de su existencia. La luz revela, expone y desnuda. Gracias a ella contemplamos no sólo las miserias de un hombre corrompido por sus actos, sino también las contradicciones y responsabilidades de una institución que durante demasiado tiempo prefirió protegerse a sí misma antes que a las víctimas.

La película adquiere una enorme potencia dramática en los encuentros entre Manuel y quienes sufrieron sus abusos. Son secuencias de una intensidad emocional extraordinaria. Franco filma estos diálogos sin artificios, permitiendo que el dolor aflore de manera natural. Resulta especialmente conmovedor el momento en que una de las víctimas le dice: “Todavía utilizas la colonia de antes”. Una frase aparentemente trivial que, sin embargo, contiene una carga emocional devastadora. En ese instante comprendemos cómo el trauma permanece incrustado en la memoria de quienes han sufrido la violencia y cómo incluso los detalles más insignificantes pueden convertirse en detonantes del recuerdo.

A lo largo de este recorrido, Manuel descubre la verdadera dimensión del daño causado. El perdón, una palabra que repite constantemente, deja de ser una fórmula retórica para convertirse en una necesidad vital. Sin embargo, Franco es lo suficientemente inteligente como para no presentar el arrepentimiento como una vía de redención automática. La película no busca absolver a su protagonista. Lo que plantea es algo mucho más complejo: la posibilidad de asumir la culpa y afrontar las consecuencias de los propios actos. Manuel aparece como un hombre roto, destruido moralmente, incapaz de escapar del peso de su pasado.

En su tercer acto entra en escena Iñaki, un periodista interpretado con gran solvencia por Luis Callejo. Su presencia introduce una nueva dimensión narrativa. El personaje representa el papel fundamental del periodismo en la búsqueda de la verdad. Iñaki posee información relevante y sabe perfectamente cómo gestionarla, pero también comprende las implicaciones humanas de las revelaciones que está a punto de publicar. Su relación con Manuel evita los tópicos habituales y aporta interesantes matices a un relato que reflexiona sobre la responsabilidad individual y colectiva.

En este aspecto, La luz recuerda inevitablemente a Spotlight (2015, USA), la magnífica película de Tom McCarthy sobre la investigación periodística que destapó numerosos casos de abusos sexuales en Boston. Salvando las evidentes diferencias de enfoque y escala, ambas obras comparten la voluntad de denunciar una realidad dolorosa y de analizar los mecanismos institucionales que permitieron perpetuarla durante años.

Fernando Franco demuestra una vez más el talento que ya había exhibido en títulos como La herida (2013, España). Su condición de excelente montador resulta especialmente visible en la precisión narrativa con la que articula la historia. No hay escenas superfluas ni subrayados innecesarios. Todo está construido desde una admirable economía expresiva que potencia la fuerza emocional del relato.

Asimismo, el trabajo de los intérpretes secundarios contribuye decisivamente a la solidez del conjunto. Pedro Casablanc y Miguel Rellán, en los papeles de confesor y arzobispo respectivamente, encarnan distintas formas de afrontar la crisis moral que atraviesa la institución. Ambos intentan contener a Manuel, conscientes de que sus confesiones pueden desencadenar un terremoto mediático y social de enormes proporciones.

Pero el verdadero logro de La luz reside en su capacidad para abordar un asunto extremadamente delicado sin caer en simplificaciones. La película no pretende ofrecer respuestas fáciles ni consuelos reconfortantes. Su objetivo es más ambicioso: obligar al espectador a enfrentarse a una realidad incómoda y reflexionar sobre las consecuencias devastadoras de los abusos y de su encubrimiento.

Estamos, en definitiva, ante una obra madura, valiente y profundamente necesaria. Un drama sobre la culpa, la responsabilidad y la búsqueda de la verdad que confirma a Fernando Franco como uno de los cineastas más sólidos del panorama español contemporáneo. La luz es una película dura, dolorosa y tremendamente honesta. Una de esas obras que permanecen en la memoria mucho después de que se enciendan las luces de la sala.

Tráiler de la película:

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Ficha técnica:

La luz ,  España, 2026.

Dirección: Fernando Franco
Duración: 118 minutos
Guion: Fernando Franco
Producción: Morena Films, Ferdydurke, RTVE
Fotografía: Santiago Raca
Música: Maite Arroitajauregi
Reparto: Alberto San Juan, Miguel Rellán, María Galiana, Pedro Casablanc, Luis Callejo, Ramón Barea y Nacho Sánchez

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