En foco 

Fulci

Lo trash, en el sentido de basura, cuando es analizado desde un punto de vista clínico y no de la reelaboración estética, nos dice que, efectivamente, algunas obras son (y seguirán siendo) pérdidas de tiempo que más bien hubiéramos utilizado leyendo (o viendo/escuchando) algo más placentero o tan solo durmiendo un poco. Hasta el dolce far niente, el no hacer nada, podría ayudarnos a tener una visión más justa (y ajustada) del mundo y de cómo habría de portarse dentro de la muy breve vida que los átomos y el ADN nos conceden (cuando, por supuesto, tengamos los cuerpos sanos y la mente clara). Y es que (manera de escribir que utilizo muy a menudo, como si de una charla informal se tratara) el juego está en darnos cuenta de que no todo lo podemos experimentar, lo cual implica que mejor sería elegir cuidadosamente el material que nos interesa, sin dejarnos caer hacia el abismo del aut aut (y es que para mí, de carácter más bien pragmático y sarcástico, lo de Kierkegaard, con su existencialismo cósmico, nunca tuvo verdadero sentido).

Si de Lucio Fulci nos tocara hablar (y aquí de él se habla), sería necesario reconocer que ver toda su producción nos llevaría a tener dolor de cabeza. Demasiadas películas: no bastaría una semana para verlas todas. Además, quizás sería interesante escuchar también algunas de las canciones que escribió (mejor dicho, los textos) y algunas de las entrevistas que hizo. En una, habla (utilizamos el presente, como si el tiempo nunca hubiera existido, en un total hic et nunc casi borgesiano o casaresiano) de los psicólogos y de como nada son sino una pandilla de hijos de puta que estafan a la gente. Palabras muy duras (las de la puta son mías, pero el sentido está allí, escondido dentro de la aceptabilidad) que si bien vienen de una consideración correcta, de todas formas demuestran que Fulci poco conocimiento de aquella ciencia tenía. Que se note, entonces, que Fulci sí tenía razón cuando decía que las películas no provocan estragos (por supuesto, si no te das cuenta de la división entre lo real y lo ficticio entonces el problema es tuyo, no de la obra de arte), sin embargo decir una verdad no implica que todo el discurso esté bien estructurado.

De Fulci hay que hablar (por esto, los dedos escriben sobre el teclado), pero no de toda su producción. Lo acabamos de decir: demasiado extensa, además de muy variada. Y es la variación que se nota ya que él, fundamentalmente, era un trabajador de los que iban muy de prisa, con aquella velocidad típica de la escuela de la guerrilla cinematográfica, lo cual, efectivamente, llevaba a que Fulci a veces rodara un tanto al chilo (o sea sin demasiada atención). Que quede claro: Fulci hacía lo que hacía porque sabía cómo se mueve el ojo de la cámara, pero el resultado final dejaba y deja mucho que desear, hasta llevarnos a ciertos dolores de estómago y a un sentimiento de frustración y de ridículo a lo largo de la visión de sus obras. Mejor dicho: de sus obras más importantes, las que los aficionados definen como sus capolavori.

Se trata, simple y llanamente, de la trilogía del horror (que no se mezcle con la trilogia della morte que es otra faena), aquel Zombi 2 (vamos a aclarar lo del número lo antes posible) que se acompaña con L’aldilá (título precedido por … e tu vivrai nel terrore!) y con Non si sevizia un paperino (la idea inicial era la de utilizar solo el nombre del pato Donald, sin embargo cuestiones de derechos llevaron a usar el artículo un). Tres obras pésimas, ridículas, que demuestran cómo el problema de Fulci era una falta total de lógica en los guiones y un ritmo muchas veces demasiado desigual. Sin hablar, por supuesto, de los diálogos y de las actuaciones, o de los efectos especiales, que van de lo suficiente a lo terriblemente cutre. Si de trash hay que hablar, en el caso de Fulci no podemos eximirnos de reconocer que él es un buen representante de esta categoría. ¿Por qué, entonces, hay gente que ama a Fulci y lo reputa un director visionario?

La realidad detrás del amor por un autor secundario (mejor dicho, de serie B) puede que tenga mucho que ver con la idea de ir en contra del canon, de enseñar que lo que los de la élite aman y desprecian no es lo que realmente la gente de las clases bajas desprecia y ama. Una cuestión de revancha, de mostrar que al fin y al cabo aquellos elementos que nos gustan y que normalmente se definen como de baja calidad son, efectivamente, dignos de ser temas de discusión. Y esto, por supuesto, es algo que podemos compartir como concepto, si bien quizás la cuestión de las clases sociales poca valencia tenga. La realidad, si esta palabra podemos utilizarla una segunda vez, es que las películas de Fulci, por lo menos los tres capolavori, son y siguen siendo (ni más ni menos que) basura. Los fallos lógicos son tales y tantos que resulta imposible dejarse llevar por la santa locura de la que a veces se habla en relación con la fuerza visual de Fulci, ya que el ridículo no solo se roza, sino que en él se entra completa y totalmente.

¿Tenían razón Argento y Romero cuando lamentaron el hecho de que Fulci hubiera utilizado el nombre de Zombi, o sea el título italiano de Dawn of the Dead? Por supuesto, y la cuestión bien demuestra cómo Fulci no era un autor de los que respetan el arte, sino que lo usan de forma más barata, más plástica, más dúctil. Y esto no es un problema de por sí, ya que directores rápidos que prefieren lo pulp no son, de por sí, autores malos o incapaces de crear algo placentero. El problema es que las tres grandes obras de Fulci, sus mejores productos, son tan malos desde el punto de vista narrativo y de ritmo que poco espacio dejan para que, ante un análisis no superficial, no nos demos cuenta de que aquel un tanto al chilo se reverbera dentro de unos discursos de filmes de serie B con muy pocas posibilidades de redención. Basura son y basura siempre serán.

Sin embargo Fulci algo interesante tenía, y es que si de cuestión fílmica en el sentido de imágenes se habla, desde este punto de vista, no se puede negar que él sabía cómo tenía que moverse el ojo de la cámara. Y no solo esto, por supuesto, ya que él demostraba (como bien se nota en su trilogía) que sí tenía conciencia de lo que él quería enseñar para que el público quedara aturdido y enamorado de sus escenas. Y aquí es donde la cuestión revela por qué Fulci es y siempre será un autor secundario: a él le interesaba lo que se veía no porque tuviera sentido dentro de la construcción de lo narrado, sino simplemente porque aquella imagen resultaba ser interesante, lo cual implicaba, por supuesto, que el producto final exhibiera cierta capacidad estética y (casi) ninguna capacidad narrativa real. El pecado original de Fulci, entonces, es su racionalmente ilógica voluntad de deshacerse de los elementos narrativos y fijarse solo en la idea de escandalizar al ojo del espectador (siempre cuando los párpados no estén cerrados por el aburrimiento).

Las tres obras maestras son, guste o no, obras de baja calidad. Poca consistencia tienen, y el valor de una operación narrativa lógica y razonable (dentro de los mecanismos de lo que tiene que pasar para que nos movamos de una escena a otra, o para que haya sequitures) resulta inexistente. Pero es innegable la fuerza visual así como la voluntad precisa de quererle dar al espectador un filme de entretenimiento, sin demasiados elementos de un discurso político o social (hasta los destellos que se vislumbran en Non si sevizia quedan muy baratos y no muy maduros). Quizás la cuestión no sea la de recuperar a un director para que se transforme en un auteur del género splatter, sino reconocer que, dentro de la basura que eran sus obras, Fulci sí tenía, de vez en cuando, cierta capacidad estética que bien puede permanecer dentro de nuestros recuerdos. Sensaciones, entonces, y mejor olvidarse de la lógica.

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