Críticas
Los que se quedan
Nuestra tierra
Lucrecia Martel. Argentina, 2025.
El estanciero presume
de gauchismo y arrogancia
Él cree que es estravagancia
que su pión viva mejor
Más no sabe ese señor
que por su pión tiene estancia.
Fragmento de El payador perseguido, canción de Atahualpa Yupanqui
Pasaron nueve años desde el estreno de Zama, la anterior película de Lucrecia Martel, obra que constituyó un pequeño acontecimiento y que entre la crítica de cine local dio lugar a elogios desmedidos y a ajustes de cuenta tardíos en torno al trabajo de la cineasta más prestigiosa de la Argentina. Así como aquella película surgió luego de un proyecto frustrado de la directora (un intento de adaptación de El Eternauta), Nuestra Tierra emerge de manera accidentada, como consecuencia de un video visto por Martel en YouTube. En ese material quedó registrado (fuera de campo) el momento del asesinato de Javier Chocobar, cacique de la comunidad Chuschagasta, ocurrido en el año 2009 en la provincia de Tucumán, ubicada en el noroeste argentino y vecina de las tierras salteñas donde nació la cineasta. El crimen fue cometido por Darío Amín, un terrateniente que, en compañía de dos policías retirados, se había acercado a las proximidades del territorio habitado por la comunidad en busca de canteras de piedra laja. Su objetivo era hacer un relevamiento para un emprendimiento minero interesado en su extracción. Al ser avistados y confrontados por los Chuschagasta, los tres hombres mantuvieron un intercambio hostil que terminó resuelto a los tiros. El forcejeo y los disparos que derivaron en el asesinato de Chocobar dejaron también a otros dos miembros de la comunidad con graves heridas de bala. El fatídico incidente tuvo lugar ante la presencia de familias del pueblo diaguita, ancianos y chicos incluidos. No era el primer episodio de hostigamiento que la comunidad recibía en su largo historial de más de doscientos años de asedio por parte de los colonos españoles y sus descendientes, que siempre los intimaron a desplazarse y ceder sus bienes, el ganado o sus territorios. El asesinato pasó a la instancia judicial recién nueve años después, y Lucrecia Martel decidió seguir de cerca el proceso. Le tomó catorce años dar con la forma definitiva de este proyecto, el primer largometraje documental de su carrera, y el resultado es una película extraordinaria, a la altura de las expectativas que se depositaron sobre ella.
Nuestra Tierra comienza con una inesperada perspectiva cósmica, con imágenes del planeta Tierra tomadas desde la perspectiva de un satélite en el espacio y musicalizadas con un pasaje de La Misa Criolla de Ariel Ramírez, en la voz de Mercedes Sosa. Mientras la cantante popular más importante de la historia argentina entona los versos del Kyrie que invocan la piedad de Dios sobre los humanos, la mirada de Martel se adentra en una vista satelital de la geografía argentina para luego aproximarse a las cercanías de una cancha de tierra a cielo descubierto, donde se está dando un partido de fútbol entre mujeres. No son los personajes blancos de clase alta a la que la propia Martel pertenece. Son los indios y aborígenes de los pueblos originarios de la región los que a menudo aparecen en sus películas como personal de servicio de las clases pudientes. Los invisibles de siempre, los portadores de la discreción y el silencio. Inmediatamente vemos una corte judicial: jueces en el estrado, abogados, fiscales, asistentes y demás figuras representativas de ese ámbito. Entre los concurrentes, los Chuschagasta aguardan sentados el comienzo del proceso que podría llevar a prisión a quienes hace diez años atrás asesinaron a uno de sus integrantes.

Luego de escuchar los testimonios de los acusados y tener el contexto necesario para comprender los motivos del proceso judicial, la cineasta empieza a explorar las historias personales de cada uno de los miembros de la comunidad. Es en estos momentos donde Martel alcanza uno de los puntos más notables de su película: las fotografías avejentadas de los diaguitas, de enorme valor afectivo y testimonial, se encuentran sonorizadas como si de ellas salieran los ruidos y las voces que definieron esas vidas pasadas. Las imágenes de esas fotos vienen acompañadas también de las voces en off de los Chuschagasta, que escarban entre sus recuerdos, con sus cadencias e inflexiones despojadas de artificio. Contrario a esa creencia de que los indios temen a las cámaras de fotos porque estas pueden arrebatarles el alma, los Chuschagasta confrontan con las imágenes, como forma de preservación del pasado, pero también como medio para interpelar críticamente el presente. Hortensia Mamani, la viuda de Chocobar, es quien se lleva la atención principal por obvias razones, pero no es la única a quien la cineasta brinda la posibilidad de expresarse sobre su pasado. Uno de ellos, un cacique que suele presentarse ante los organismos estatales de la provincia para reclamar seguridad frente al asedio constante de los extractivistas mineros y sus violentos enviados, afirma haber comprendido mejor las luchas de clases que definen a pueblos como el suyo después de haber visto la película Ben-Hur en el cine, en algún momento de su juventud. Otros miembros recuerdan sus años en la ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense, cuando las circunstancias los forzaron a abandonar sus tierras para obtener otras posibilidades laborales por fuera de los cañaverales de su provincia, aunque sea como personal de servicio de las clases medias y altas porteñas. Todos ellos terminaron regresando a sus tierras, como si una fuerza gravitacional los atrajera hacia ella.
Cuando la cámara de Martel regresa a los tribunales, los abogados de la defensa se aferran a los papeles y documentaciones que niegan la pertenencia de las tierras en disputa a los Chuschagasta. Apelando a testimonios históricos de dudosa rigurosidad y a algunos testigos notoriamente amañados, se invocan títulos de propiedad, poderes legales y falacias que prácticamente niegan la identidad y existencia del pueblo diaguita, a pesar de tenerlo enfrente en el mismo tribunal. En un gesto complementario a la narrativa vencedora de los blancos, el guía que lleva a los alumnos de una escuela primaria a visitar una capilla provincial resalta los detalles de una pintura, donde unos ángeles punitivos expulsan a los indios de la tierra por la fuerza de unos rayos, tal como lo hizo el ejército argentino en el siglo XIX cuando el general Roca emprendió la Conquista del Desierto contra mapuches, pampas, tehuelches y ranqueles.

Los drones de los que la directora se vale para explorar los extensos territorios verdes de los valles calchaquíes van mucho más allá de brindar una representación pintoresca que refuerce cualquier idea de naturaleza sabia e inocente, incorruptible frente a los atropellos del hombre “civilizado” y sus prácticas inescrupulosas de explotación. Parecen sobrevolar como si de un ánima en pena se tratara, repasando al menos dos siglos de injusticias y abusos cometidos contra sus habitantes legítimos. La presunta mecanicidad del registro se quiebra repentinamente, cuando una de las aves que también sobrevuela los cielos del norte tucumano la embiste y ocasiona su caída. Como ocurre con la cámara digital de uno de los agresores, la del video que grabó el incidente y dio origen a esta película, que fue revisado cuadro por cuadro en el tribunal y frente al cual tanto la defensa como la parte acusatoria intentaron establecer una interpretación que se acerque a una verdad de los hechos.
En el mes de marzo, Nuestra Tierra tuvo un estreno limitado en la cartelera de cine argentina, pero la presencia de la directora ofreciendo entrevistas en diversos medios de comunicación de alcance masivo –algo a lo que ella no estaba muy acostumbrada– permitió elevar un poco la dimensión del acontecimiento, concentrándolo en su figura. Es sabido que Martel ostenta una reputación que para el común denominador de la opinión pública argentina puede resultar apenas conocida, impactando más en una minoría intensa del periodismo y la cinefilia local. Su condición de oráculo/pitonisa dotada de una especie de sabiduría ancestral, sus declaraciones en rechazo a las convenciones narrativas, su condición de artista prestigiosa y mujer de clase social privilegiada que asume posturas progresistas conforman el combo adecuado para que a su alrededor orbiten diversas opiniones, que van desde la admiración incondicional de la progresía biempensante hasta el desprecio más previsible de los antiwoke más rabiosos, los polos discursivos que definen el amplio arco contemporáneo de discusión cultural. Pero lo que tiene para decir esta película notable de una realizadora inquieta y de una gran capacidad de reinvención excede el marco de esa discusión mediática. Nuestra Tierra es un aporte más a una carrera que ya se ubica entre las más grandes del cine latinoamericano.
Ficha técnica:
Nuestra tierra , Argentina, 2025.Dirección: Lucrecia Martel
Duración: 122 minutos
Guion: María Alché, Lucrecia Martel
Fotografía: Ernesto de Carvalho, Federico Lastra
Música: Alfonso Olguín
Reparto: Documental

