Críticas

El miedo servido en la mesa

Las catadoras de Hitler

Le assaggiatrici. Silvio Soldini. Italia, 2025.

LascatadorasdeHitlerCartelPocas premisas históricas contienen una potencia cinematográfica tan perturbadora como la de Las catadoras de Hitler. La mera idea de un grupo de mujeres obligadas a probar diariamente la comida destinada al Führer, expuestas a una muerte inmediata en caso de envenenamiento, encierra un dispositivo dramático extraordinario: el cuerpo femenino convertido en escudo biológico del poder totalitario. Sin embargo, la película opta por un camino menos áspero y menos radical del que su punto de partida parecía prometer. Allí donde podía haberse desarrollado un estudio opresivo sobre la paranoia, el miedo y la banalidad del mal, el relato deriva progresivamente hacia zonas más melodramáticas y sentimentales. No por ello se trata de una obra desdeñable; antes al contrario, posee momentos de notable intensidad y una sensibilidad visual evidente. Pero sí deja la impresión de una oportunidad parcialmente desaprovechada, como si el núcleo en verdad inquietante de la historia hubiese quedado relegado en favor de conflictos secundarios menos trascendentes.

Dirigida por el cineasta italiano Silvio Soldini, autor de una filmografía caracterizada por el interés en los vínculos humanos, además de emociones íntimas y ciertos retratos femeninos de marcada sensibilidad, en este largometraje adapta la novela inspirada en hechos reales La catadora de Rosella Postorino. Su argumento gira, como se ha apuntado, en torno a las mujeres seleccionadas por las SS para catar los alimentos destinados a Hitler durante los últimos años de la guerra. Exactamente, el filme arranca en otoño de 1943 en un pequeño pueblo aislado cerca de la frontera oriental de Alemania. Una joven germana se trasladada a la zona, cercana al cuartel donde se refugia Hitler. Junto a otras mujeres, debe ingerir diariamente los platos preparados para él. Cada comida puede ser la última. Cada cucharada contiene la posibilidad de la muerte. Soldini nunca ha sido un director especialmente atraído por la grandilocuencia histórica ni por la violencia explícita; su cine suele moverse en registros más cotidianos, atentos a los silencios y a las pequeñas fracturas emocionales. Esa mirada se traslada aquí al contexto nazi, aunque el resultado produce cierta tensión tonal: el dispositivo histórico reclama una densidad psicológica y política que la película aborda solo parcialmente.

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La primera mitad de la obra avanza con cierta irregularidad narrativa. Se percibe una insistencia en preparar emocionalmente a los personajes, en delinear sus vínculos y pequeñas rivalidades, hasta que su hilo dramático se consolida. Se espera que la película profundice en la dimensión psicológica de esa rutina del terror: la digestión como condena, el cuerpo convertido en espacio político, la ansiedad constante ante un enemigo invisible. Sin embargo, muchas escenas parecen repetirse sin suficiente progresión dramática. Hay una cierta blandura en el desarrollo del conflicto central, como si la puesta en escena no terminara de aprovechar la extraordinaria tensión contenida en el acto de comer bajo amenaza de muerte. El filme parece más interesado en las dinámicas afectivas entre personajes que en explorar las implicaciones filosóficas o morales de la situación. Los días parecen transcurrir de forma demasiado uniforme, sin que el peligro latente modifique de manera sustancial las conductas o la atmósfera emocional. Esa relativa falta de escalada dramática debilita parcialmente la angustia que debería desprender una situación tan excepcional y aterradora.

Conforme evoluciona el metraje, la película adopta progresivamente una deriva cercana al melodrama o incluso al culebrón sentimental. Aparecen relaciones amorosas, tensiones íntimas y giros emocionales que terminan reduciendo la singularidad de la premisa. Resulta inevitable pensar en otras películas ambientadas en el nazismo que sí utilizaron el contexto histórico como un verdadero laboratorio moral. El hundimiento de Oliver Hirschbiegel (Der Untergang, 2004) convertía los últimos días del Reich en una exploración enfermiza del fanatismo y la decadencia del poder. La zona de interés de Jonathan Glazer (The Zone of Interest, 2023) apostaba por una estrategia glacial y conceptual, mostrando el horror desde la cotidianidad doméstica y el fuera de campo sonoro. Incluso El hijo de Saúl de László Nemes (Saul fia, 2015) utilizaba la cercanía física y sensorial para transformar el cuerpo en territorio de trauma. Las catadoras de Hitler, en cambio, parece más cómoda en registros convencionales. Recordamos, por otro lado, El catador de venenos de Yōji Yamada, (Bushi no ichibun, 2006), donde una premisa semejante servía para construir un drama íntimo sobre el honor y la lealtad. Pero si el cineasta japonés asumía desde el principio esa orientación melodramática, Las catadoras de Hitler parece debatirse entre la exploración histórica del totalitarismo y el relato sentimental.

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Aun así, la película posee virtudes formales apreciables. El director demuestra sensibilidad en la composición de interiores y en el trabajo cromático. Predominan los tonos apagados, grises terrosos y verdes enfermizos que transmiten una sensación constante de declive moral y desgaste psicológico. La fotografía evita el preciosismo excesivo y apuesta por una iluminación tenue, casi asfixiante en algunos espacios cerrados donde las mujeres aguardan el efecto —o la ausencia de efecto— de la comida ingerida. Especialmente interesantes resultan esas escenas del comedor, construidas con una contención casi ritual. Los cubiertos, los platos y los silencios adquieren un peso inquietante. La puesta en escena encuentra entonces aquello que el relato a veces pierde: la conciencia de que el terror puede residir en gestos mínimos. No hay necesidad de grandes explosiones ni de violencia explícita; basta el temblor de una mano o una mirada fija sobre un vaso para que aparezca la amenaza.

Desde una perspectiva filosófica y sociológica, el filme conecta inevitablemente con la idea formulada por Hannah Arendt acerca de la banalidad del mal. Las catadoras no son verdugos ni heroínas; son individuos atrapados en un engranaje burocrático del terror donde la supervivencia cotidiana desplaza cualquier horizonte ético. La película sugiere, sin profundizar, cómo el totalitarismo invade incluso los actos más elementales de la existencia. Comer deja de ser un gesto íntimo o placentero para convertirse en una práctica política administrada por el miedo. También puede leerse desde las teorías de Michel Foucault: el régimen controla los cuerpos, regula su exposición a la muerte y convierte la biología en instrumento de poder. Las féminas aparece reducidas a objetos funcionales del Estado, a mera barrera desechable entre el dictador y el posible atentado. El largometraje no lleva estas ideas hasta sus últimas consecuencias, pero su presencia late bajo muchas escenas.

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La intensidad y dramatismo de la escena final se eleva sobre el conjunto de la obra. Aquí, la película recupera la intensidad que parecía buscar desde el principio y alcanza una dimensión emocional más poderosa. Soldini concentra la tensión en el miedo, la pérdida y el derrumbe moral de los personajes. La puesta en escena se vuelve más precisa; el montaje gana nervio y la atmósfera adquiere una densidad verdaderamente intensa. El desenlace transmite la sensación de una tragedia íntima aplastada por la maquinaria de la Historia. Hay imágenes finales de notable contundencia emocional, filmadas con sobriedad y sin sentimentalismo fácil. Es ahí donde la película demuestra plenamente el potencial que contenía su premisa inicial y donde consigue conmover de manera más auténtica. Ese plano sostenido con el que se termina el filme, en el interior de un vagón, es de una expresividad y derrotismo que no precisa de ninguna otra herramienta. Se transforma en la viva imagen de la desolación impotente.

Las catadoras de Hitler, pese a no alcanzar la complejidad ni la radicalidad formal de las grandes obras contemporáneas sobre el nazismo, tampoco merece ser reducida a sus limitaciones. Se trata de una obra irregular aunque digna, sostenida por una idea potentísima, una puesta en escena elegante y algunos momentos de verdadera angustia psicológica. Sus defectos provienen de una cierta timidez narrativa, de no atreverse a explorar hasta el fondo las implicaciones monstruosas de su propio argumento. Aun así, deja imágenes valiosas y un último movimiento dramático notablemente conseguido. En tiempos donde buena parte del cine histórico cae en la vertiente espectacular o en el didactismo simplificador, resulta estimable que el autor intente acercarse al trauma desde la intimidad y el miedo silencioso. No será la gran película que podía haber surgido de semejante premisa, pero sí una obra capaz de recordar que el horror totalitario también se manifestó en actos cotidianos tan elementales como sentarse a comer.

Tráiler:

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Ficha técnica:

Las catadoras de Hitler (Le assaggiatrici),  Italia, 2025.

Dirección: Silvio Soldini
Duración: 123 minutos
Guion: Doriana Leondeff, Silvio Soldini, Cristina Comencini, Giulia Calenda, Ilaria Macchia, Lucio Ricca. Novela: Rosella Postorino
Producción: Coproducción Italia-Bélgica-Suiza; Vision Distribution, Lumière & Co., Tarantula Suisse SA, Tellfilm
Fotografía: Renato Berta
Música: Mauro Pagani
Reparto: Elisa Schlott, Max Riemel, Alma Hasun, Emma Falck, Olga von Luckwald, Thea Rasche, Berit Vander, Kriemhild Hamann, Nicolo Pasetti, Marco Boriero, Esther Gemsch

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