Críticas

Los monstruos de la mente

Backrooms

Kane Parsons. EUA, 2025.

El cine fantástico atraviesa desde hace años una etapa de transformación permanente. Lejos quedan los tiempos en los que el género se conformaba con la exhibición de monstruos, sobresaltos o artificios visuales. Los nuevos autores buscan convertir lo fantástico en una herramienta para explorar conflictos íntimos, fracturas psicológicas y territorios emocionales cada vez más complejos. En esa línea se sitúa Backrooms (2025, USA), una de las propuestas más llamativas y comentadas de los últimos tiempos, dirigida por James Parson, un realizador de apenas veinte años que adapta aquí su propio cortometraje y demuestra una sorprendente madurez narrativa.

Parson no se limita a trasladar una idea de formato corto a un largometraje. Lo que consigue es expandir un universo perturbador que utiliza las convenciones del fantástico para adentrarse en las regiones más oscuras de la mente humana. El resultado es una película inquietante, desconcertante por momentos, pero indudablemente poderosa desde el punto de vista visual y conceptual.

El protagonista de la historia es Clark, interpretado con una mezcla de patetismo y vulnerabilidad por el actor Chiwetel Ejiofor. Se trata de un personaje derrotado por la vida: gerente de una anodina tienda de muebles, estrella involuntaria de unos anuncios televisivos ridículos y víctima reciente del abandono de su esposa, que además lo expulsa del hogar que él considera legítimamente suyo. Convencido de haber sido despojado de sus derechos y de su dignidad, Clark inicia una caída emocional que lo conduce a un estado de frustración, resentimiento y progresiva alienación.

La película encuentra buena parte de su fuerza precisamente en esa construcción del personaje. Clark es un individuo desagradable y a la vez profundamente trágico. Su imagen transmite desolación, fracaso y una sensación permanente de incomodidad. Cada gesto, cada mirada y cada aparición pública en esos comerciales de bajo presupuesto —donde aparece disfrazado de pirata con una evidente pata de palo falsa— refuerzan la impresión de estar contemplando a un hombre cuya existencia se desmorona pieza a pieza.

Intentando sobrellevar su crisis personal, Clark acude a la consulta de Mari, una terapeuta interpretada por Renate Reinsve. La actriz noruega, cada vez más presente en producciones internacionales, aporta serenidad y credibilidad a un personaje que funciona como contrapunto racional frente al caos mental del protagonista. Mari trata de ofrecer respuestas y herramientas para comprender el origen del sufrimiento de Clark, aunque pronto descubrirá que la explicación de sus traumas exige cruzar una frontera mucho más inquietante.

Esa frontera adopta la forma de una puerta situada en el sótano de la tienda de muebles. Una puerta que conduce a un espacio imposible, una extensión física de la mente dañada del protagonista. A partir de ese momento, Backrooms abandona cualquier apariencia de realismo para sumergirse en un territorio donde las leyes de la lógica quedan suspendidas. El mundo interior de Clark se convierte en un laberinto de pasillos, habitaciones y escenarios que reflejan sus obsesiones, sus frustraciones y sus impulsos más destructivos.

Parson utiliza estas puertas como un brillante recurso narrativo. No son únicamente accesos físicos, sino mecanismos que articulan la construcción misma del relato. Cada vez que uno de los personajes atraviesa un umbral, el espectador se adentra también en nuevas capas de significado, en espacios donde los recuerdos, los traumas y los deseos reprimidos adquieren una forma tangible.

La película posee además una identidad visual muy marcada. Ambientada en los años noventa, recupera la textura de la imagen analógica y ciertas sensaciones asociadas al nacimiento del vídeo doméstico. Desde el prólogo, filmado desde una perspectiva subjetiva que introduce al espectador en un inquietante escenario amarillo de resonancias kafkianas, la puesta en escena establece una atmósfera de extrañeza constante.

El color amarillo desempeña un papel fundamental. Más que un simple elemento cromático, funciona como una presencia opresiva que invade decorados y espacios interiores. Esa luminosidad artificial y enfermiza contribuye a generar una sensación de ansiedad que acompaña toda la experiencia. A ello se suma un notable trabajo de dirección artística, con montañas de muebles abandonados, escombros y estructuras en ruinas que refuerzan la imagen de un universo mental devastado.

También destacan los movimientos de cámara. Algunos travellings recorren estos espacios imposibles con una fluidez hipnótica que incrementa la sensación de estar explorando un organismo vivo, un cerebro herido que intenta reconstruirse mientras se descompone. En este sentido, la película demuestra una ambición formal muy superior a la que cabría esperar de un director tan joven.

No todo funciona con la misma eficacia. Hay momentos en los que la acumulación de símbolos y elementos narrativos provoca cierta confusión. La aparición de personajes secundarios relacionados con experimentos científicos o investigaciones tecnológicas introduce líneas argumentales que no siempre alcanzan el mismo grado de desarrollo que el conflicto principal. Asimismo, algunas secuencias parecen concebidas más para impresionar visualmente que para avanzar en la comprensión de la historia.

Sin embargo, incluso en esos instantes de mayor dispersión, Backrooms conserva intacta su capacidad para fascinar. Especialmente memorable resulta la secuencia en la que Mari queda atrapada junto a Clark dentro de esa dimensión mental y ambos deben enfrentarse a la presencia de la ex mujer del protagonista. Es una escena de enorme tensión psicológica y violencia emocional que sintetiza buena parte de las virtudes de la película.

Backrooms puede dejar a algunos espectadores en terreno de nadie. Su propuesta exige aceptar la incertidumbre y renunciar a explicaciones sencillas. Pero precisamente ahí reside gran parte de su atractivo. James Parson demuestra que todavía es posible encontrar caminos nuevos dentro de un género tan transitado como el fantástico. Quizá no todas sus ideas alcancen la misma brillantez, pero su mirada resulta innegablemente personal.

Estamos ante una obra irregular, sí, pero también audaz, perturbadora y visualmente fascinante. Una película que convierte una crisis personal en un descenso al infierno de la conciencia y que confirma la aparición de un cineasta dispuesto a desafiar los límites convencionales del género.

Tráiler de la película:

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Ficha técnica:

Backrooms ,  EUA, 2025.

Dirección: Kane Parsons
Duración: 110 minutos
Guion: William Bromell, Kane Parsons
Producción: A24, 21 Laps Entertainment, Atomic Monster, Blumhouse-Atomic Monster, Chernin Entertainment, Oddfellows Pictures, Phobos
Fotografía: Jeremy Cox
Música: Edo Van Breemen, Kane Parsons
Reparto: Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Finn Bennett, Lokita Maxwell, Mark Duplass, Krista Kosonen

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