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¡Ay de la vida!

Si de maldición se habla, quizás el más cursed sea, por una cuestión de importancia artística, el pobre de Orson Welles, quien supo reelaborar el lenguaje cinematográfico e ir más allá de lo que hizo Griffith, pero sin aquella buena suerte que adiuvat a los que coraje tienen. Y es que, efectivamente, Welles tenía una imaginación y una vis tan fuertes e inmensas como la maldición que fue persiguiéndolo durante casi toda su vida. Él, que había empezado por poner patas arriba el mundo del arte sobre la gran pantalla, terminó prestando su voz a los Transformers y haciendo un par de anuncios publicitarios en televisión. Vaya fracaso, se podría decir, si bien la cuestión es un poco más compleja y complicada. Como siempre pasa, las cosas no son tan claras como parecen, ni tan oscuras como se supone; afirmar que la vida de Welles fue un desastre total podría ser correcto y falso al mismo tiempo, quizás como bien le gustaría decir a él.

Ya se sabe cómo la mala suerte había empezado a interesarse por él cuando se puso a rodar Kane, escribiendo el guion con Mankiewicz (otro personaje desafortunado, amante de pasar de un trago a otro hasta arruinarse el hígado). A alguien (Hearst) no le gustó mucho esta sátira, lo cual hizo que Welles tuviera que cortar parte de la película. Quizás de mala suerte no sería correcto hablar, también porque en este caso se podría decir que el director era causa del suo mal por lo cual bien necesario hubiera sido que él pianga sé stesso (quien se causa daño a sí mismo, que por sí mismo llore, o por lo menos reconozca haber sido el homo faber de su misma desdicha). Decir más sobre esta obra sería inútil: un hito del cine, una obra que hay que ver por lo menos una vez en la vida de cada uno de nosotros (yo creo que la ha visto dos o tres veces, lo cual no hace que yo sea un profundo conocedor de ella, sino simplemente uno de los que la han experimentado).

¿Qué conocemos de Welles, entonces? No es una pregunta que se hace simplemente porque tenemos que rellenar los huecos de la hoja blanca, sino que nos lleva a considerar el valor mismo de este autor. Buena parte de su producción queda desconocida, como si Welles hubiera desaparecido detrás de su obra más famosas. Una maldición, por supuesto, ya que empezar con una de las obras de arte más importantes del cine implica que o se sigue manteniendo el mismo ritmo y la misma calidad, o se cae más abajo como quien volando cerca del sol derritiera sus alas (y pobre el padre que vio al hijo hundirse tragado por las entrañas de la mar, si no me equivoco).

Efectivamente, si cuando vamos al restaurante nos sirven inicialmente un plato tan refinado como rico, todo lo que venga después no podrá sino tener que estar más rico y ser más refinado, so pena de que ante una caída tan solo minúscula de la calidad decidamos no volver nunca más, felices con el recuerdo de la primera comida. Welles, entonces, tenía que enseñarle al mundo que él era más que un simple actor con un poco de suerte, el cual había logrado por cuestiones del azar rodar una obra magnífica (y no es posible decir que todos inicialmente la reconocieron como tal). Algo más había que hacer, rodando, escribiendo, actuando y trabajando en la creación completa de la obra también a través del acto mismo de tomar las imágenes y decidir la posición de cada una dentro del fluir del tiempo. O, más sencillamente, la labor del montaje.

Maldito cine, entonces, ya que Welles casi siempre tuvo mucha mala suerte a la hora de terminar sus obras. Si Kane es la más importante, Touch of Evil parece ser la más madura y, de todas formas, no se puede decir que fue efectivamente lo que él quería. Le arrebataron la obra y le impusieron el silencio, echándolo del proyecto exactamente cuando los rollos de celuloide había que editarlos para crear un cuento lógico, racional y artísticamente completo. El director no pudo hacer nada y solo se permitió escribir unas largas notas (unas sesenta páginas, se dice) en las cuales explicaba cómo habría querido editar el filme. La versión de 1998 que tenemos hoy se debe a que Walter Murch (conocido por trabajar en obras como THX, Apocalypse Now o The Godfather) siguiera las notas de Welles.

Muchos, numerícamente pantagruélicos, son los proyectos que nunca tuvieron lugar dentro de la larga creación imaginativa del director americano. Casi cincuenta, si buscamos por la red. Interesante puede resultar como una de sus ideas se la pasó a otro gran actor y director de la época, aquel Charles Spencer Chaplin Jr. quien llevó a la gran pantalla la idea de un marido que mata a sus viejas esposas para que su hijo y su verdadera mujer puedan vivir tranquila y dignamente. Sostenía Chaplin, de todas formas, que Welles había tenido menos importancia en la creación de la idea inicial de la película de lo que él mismo afirmaba. ¿Cuestión de ego(s)? Nunca lo sabremos, ni es interesante saberlo.

Welles nunca tuvo mucha suerte como artista. No fue un hombre rico, ni fue un hombre fácilmente reconocible durante su vida. Como muchas veces pasa, es la muerte la que brinda el balance a una vida desafortunada, quizás no trágica, pero sí inferior a lo que hubiera podido ser. El cine de Welles es entonces un cine maldito, no por cuestiones de carácter sobrenatural, ni por elementos de una especie de lucha de David contra Goliat, sino más sencillamente porque el estadounidense era un artista en un mundo que evalúa las obras según su efectiva recaudación. Maldito arte, entonces, ya que mal se casa con la idea de engrosar los bolsillos. ¡Ay de la vida!

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