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Icíar Bollaín, atisbo de esperanza para la igualdad

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Icíar Bollaín con quince años era una adolescente como cualquier otra. Tenía sus sueños e inquietudes, lo común, pero nunca se había planteado la posibilidad de ser una figura de la cinematografía. Hasta que un día, a la salida del colegio, su camino se cruzó con el de Víctor Erice (El espíritu de la colmena, 1973) y su vida dio un giro de 180º: se convirtió en la protagonista de El Sur (1983). 

El proyecto resultó ser un trampolín que le ayudó a trabajar como actriz en películas de Felipe Vega, Gutiérrez Aragón, Cuerda, Ken Loach, Borau… Incluso logró ser candidata al Premio Goya a mejor actriz por Leo (2000), de este último.

Ella, que se había sentido atraída por las Bellas Artes y por el Periodismo, que quería contar historias de manera creativa, una vez establecida en el sector vislumbró un “quizás” para arrojarse a ello: la dirección cinematográfica. Motivada también por Sweetie (Jane Campion, 1989), varios de dichos directores ayudaron a que su curiosidad por la dirección le fuera entreabriendo una puerta que acabó abriéndose de par en par gracias a Chus Gutiérrez, la primera mujer directora con la que trabajó (en Sublet, 1991). Le mostró que había cabida en la industria para ella, para directoras mujeres y jóvenes. Quería ser directora y ahora sabía que podía. 

Y lo consiguió. En 1991 fundó Producciones La Iguana junto a García de Leániz y Gonzalo Tapia, a raíz de la cual dirigió su primer cortometraje (Baja, corazón, 1993) y su primer largometraje (Hola, ¿estás sola?, 1995). Desde entonces y hasta ahora, ha dirigido diez filmes más. Inclusive comparte el honor con Pilar Miró (El perro del hortelano, 1996) y con Isabel Coixet (La vida secreta de las palabras, 2005 y La librería, 2017) de ser una de las tres mujeres que han ganado el Premio Goya a la mejor dirección (Te doy mis ojos, 2003). 

Es la muestra de esperanza y de posibilidad que las nuevas generaciones de mujeres cineastas de hoy en día necesitan en los momentos que el patriarcado les suscita que es mejor rendirse. Su trayectoria labrada y ella en sí misma son un claro ejemplo de lucha feminista.

De hecho, en 2006 se convertía en una de las fundadoras de la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales (CIMA), vigente en la actualidad, cuyo objetivo es “fomentar una presencia igualitaria de las cineastas y profesionales de nuestro sector contribuyendo a una representación equilibrada y realista de la mujer dentro de los contenidos que ofrece nuestro medio”. Porque si existe cuestión alguna que defiende con uñas y dientes es la presencia femenina en el cine. Y como es habitual, todo empezó en el principio, en El sur.

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“En muchas ocasiones no me identificaba con esas chicas”, declaró (El cine no es inocente. DUODA. Revista d’Estudis Feministes nº 24 – 2003). Y no es debido a la personalidad de Bollaín o a la experimentación de vivencias personales fuera de lo común que le impidieran empatizar con los personajes, sino a la carencia de mujeres en el cine. Exponía que existe “la necesidad de hablar, delante, detrás, encima y debajo, hablar con nuestra voz, no solo sobre mujeres, sino sobre hombres, sobre niños, sobre la historia, sobre el presente y sobre el futuro” (El cine no es inocente. DUODA. Revista d’Estudis Feministes nº 24 – 2003). Cuantas más voces cuenten su historia, mayor será la diversidad de puntos de vista que lograrán destapar lo que se estaba manteniendo oculto. 

Así, el remedio que opuso a la desigualdad de género en el cine fue convertirse en creadora. Consciente del poder de influencia social del cine, de toda la oferta presente y del gran esfuerzo económico y humano que supone una película, quiso ser una de las que contribuyeran en contar algo que aportara. Si era quien guionizaba o dirigía los largometrajes podría reflejar y criticar la situación de la mujer en varios entornos y generaciones, “sencillamente porque a ellas les pasa mucho más y se ha contado mucho menos” (El cine no es inocente. DUODA. Revista d’Estudis Feministes nº 24 – 2003).

Al considerar que para que el espectador disfrute y reflexione, las historias tenían que ser humanas, el foco principal no podía recaer en otro componente que no fuera el de los personajes. De este modo, todos los protagonistas de su filmografía son femeninos excepto los de También la lluvia (2010).

Debutó como directora de largometrajes con Hola, ¿estás sola? (1995), cuyo guion co-escribió con Julio Medem. Niña (Silke) y Trini (Candela Peña) son dos amigas veinteañeras que no están felices con sus vidas y deciden emprender un road-trip -cual Thelma y Louise (Ridley Scott, 1991)- para encontrar el lugar idóneo donde puedan ser libres y ricas. En esta primera oportunidad, rompió con un patrón habitual que condicionaba el resto de la historia: las mujeres eran el motor de la acción, “no eran la novia ni la amante ni la amiga del protagonista” (El cine no es inocente. DUODA. Revista d’Estudis Feministes nº 24 – 2003). Fue galardonada en la 40ª Semana Internacional de Cine de Valladolid con el Premio al Mejor Nuevo Director, el Premio del Público y la Mención Especial. 

Al cabo de cuatro años dirigió Flores de otro mundo (1999), co-guionizada con Julio Llamazares: una historia de tres mujeres -Patricia (Lissete Mejía), Marirrosi (Elena Irureta) y Milady (Marilyn Torres)- en busca de la pieza que les falta en sus vidas (la estabilidad económica, el amor y una nueva vida, respectivamente). “Las mujeres de Flores de otro mundo hilan sus vidas unas con otras y con sus parejas y vamos de su mano, por derecho, por justicia, porque ya está bien”, justifica la directora (El cine no es inocente. DUODA. Revista d’Estudis Feministes nº 24 – 2003). Estuvo nominada a dos Premios Goya, Mejor actor revelación y Mejor guion original, y ganó el premio a la Mejor película de la Semana Crítica en el Festival de Cannes. 

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El refrán de “a la tercera va la vencida” acertó plenamente en la obra de la directora madrileña. En 2003 agitó el panorama cinematográfico español con Te doy mis ojos, película co-guionizada con Alicia Luna. Pilar (Laia Marull) se escapa de casa al intentar poner fin a la violencia de género que recibe de su marido Antonio (Luis Tosar). La visión que ofrece Bollaín sobre este asunto es duramente completa. Sin ataduras. Y expone, a partir de obras de arte, que el problema no es individual, sino que se atribuye a la cultura y a la sociedad.

Quiso que las mujeres se vieran reflejadas en Pilar y abandonaran la relación tóxica en la que se encontraban; que los hombres hicieran lo mismo con Antonio y les incentivase a cambiar su comportamiento. Y tuvo el impacto que deseaba -aunque nunca será suficiente hasta que las cifras de fallecimientos por violencia de género desaparezca. Cuenta que en el metro un chico le dio una nota bastante “larga, pero muy impresionante” sobre que “llevaron a su madre a ver Te doy mis ojos y les cambió a todos la vida. Sufrían una situación de maltrato”. Es maravilloso. 

Estuvo nominada en tres categorías de las Medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos y ganó otras seis (entre ellas Mejor película y Mejor director). Aparte, ganó la Concha de plata a la mejor actriz y al mejor actor. Por si fuera poco, consiguió dos nominaciones a los Premiso Goya y siete galardones, entre ellos, Mejor película, Mejor director, Mejor interpretación femenina protagonista y Mejor interpretación femenina de reparto.

Cuatro años después del exitazo de su última película estrena Mataharis (2007), relato que escribió junto a Tatiana Rodríguez. Es una historia de tres mujeres que trabajan como detectives privadas y tienen que resolver no solamente los casos profesionales sino también los personales: Inés (María Vázquez) vive por su trabajo y está soltera, el matrimonio de Carmen (Nuria González) está fracasando y Eva (Najwa Nimri) es una estresada madre de dos hijos. No se pretende que sea una película de acción o aventuras, sino que se mantiene el cine de personajes; el oficio de estas mujeres es una excusa para tratar conflictos personales. Obtuvo cinco nominaciones a los Premios Goya: Mejor dirección, Mejor guion original, Mejor actor protagonista y dos por Mejor actriz de reparto.

Katmandú, un espejo en el cielo (2011) es la siguiente en la lista. Siendo Bollaín la única responsable del guion -aunque con la colaboración de Paul Laverty-, decidió combinar los géneros documental y ficción para crear esta historia inspirada en un personaje real, Victòria Subirana. Laia (Verónica Echegui) es una maestra catalana que decide irse de voluntariado a Katmandú para enseñar en una escuela y al llegar detecta la abundancia de necesidades educativas y de corrupción que las autoridades están permitiendo e ignorando. Es una defensa a la labor de las ONG y de aquellos que se ofrecen a ayudar en una cultura diferente; una denuncia a la discriminación de castas y a que las niñas no tengan derecho a la educación. Ganó el Premio Gaudí a Mejor actriz aparte de estar nominada en cuatro categorías más y a dos Premios Goya.

En 2016 presentó la película El olivo, guionizada -ahora sí- por Paul Laverty, su segundo road-trip de un personaje femenino y veinteañero. Alma (Anna Castillo) recorre Europa para encontrar el olivo que su abuelo vendió en contra de su voluntad porque es lo único que puede devolverle el ánimo. Puede parecer que la película se aleja de ser una crítica, pero no es cierto. Primero, que Alma sea la que tome las riendas del conflicto es un claro desvío del androcentrismo y del sexismo. Y segundo, si miramos más allá descubriremos que el daño inflingido en la naturaleza se puede comparar con el que recibe el colectivo de mujeres y el de la tercera edad. De hecho, la película finaliza así: “¿os imagináis cómo será la vida dentro de mil años? A ver si esta vez lo hacemos un poquito mejor”. Lo que está pidiendo a gritos es que seamos personas, que tengamos humanidad. El olivo estuvo nominada a dos Premios Forqué y a cuatro Premios Goya, donde aparte ganó el galardón de Mejor actriz revelación. 

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Finalmente, este 2020 estrenó La boda de Rosa, un film co-guionizado y co-dirigido junto, otra vez, a Alicia Luna. Rosa (Candela Peña), a sus casi 45 años, se cansa de estar siempre al servicio de los demás y decide casarse consigo misma. El tono alegre y cómico por el que optan enmascara una realidad francamente óscura para la mujer. Bollaín, fascinada al enterarse de que las mujeres en Asia contraen matrimonio consigo mismas por la presión social de casarse, empezó a investigar sobre el tema y descubrió que en Occidente también ocurre pero por compromiso consigo mismas. Así que ha podido dar voz a aquellas mujeres que no se les permite disfrutar del derecho del autocuidado y del respeto propio, cohibiéndoles así de la felicidad.

Tuvo mucho éxito entre el público y la crítica. En el Festival de Málaga fue galardonada con el Premio del Jurado y la Biznaga de Plata a la Mejor Actriz de Reparto; le nominaron en diez categorías de los Premios del Audiovisual Valenciano y ganó otras dos, Mejor Dirección y Mejor Dirección de Producción; también obtuvo tres nominaciones en los Premios Forqué (entre ellas, Interpretación femenina); en los Premios Feroz, ocho nominaciones y un galardón, Mejor película de comedia; y en los Premios Goya, seis nominaciones y dos estatuillas, Mejor interpretación femenina de reparto y Mejor canción original.  

¿Habrá que aguardar a 2024 para su nueva película? Por regla de tres, eso parece… Pero se le está permitido tan largo tiempo de espera si obtiene resultados como los que ha logrado hasta la fecha. Porque no cabe duda de que se puede categorizar la obra de Icíar Bollaín como feminista. Y como necesaria, tanto para la historia del cine como para la de la mujer; la pasada y la que está por llegar.

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