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Enemigos: el abogado. Enemigos: el comisario

FILMIN

                    En la confrontación

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Enemigos: el abogado (Ferdinand von Schirach: Feinde – Das Geständnis, 2021) y Enemigos: el comisario (Ferdinand von Schirach: Feinde – Gegen die Zeit, 2021) consisten en dos largometrajes dirigidos por el alemán Nils Willbrandt. Acaban de estrenarse en la plataforma Filmin. Se trata de un experimento audiovisual que la ARD, la televisión pública germana, abordó sobre una historia del novelista Ferdinand von Schirach. La singularidad radica en que ambos filmes narran los mismos hechos desde dos puntos de vista enfrentados: el del comisario encargado de la investigación de un secuestro y el del abogado defensor del acusado. 

Ambas películas se inician con los dos personajes, el letrado Konrad Biegler, interpretado por Klaus Marie Brandauer y el comisario, Peter Nadler, encarnado por Bjarne Mädel, sentados en una banqueta. Ambos creen estar en posesión de la verdad y van a tener la oportunidad de argumentarlo en noventa minutos. Es el tiempo otorgado a cada uno para que fundamente sus convicciones. Si bien parece que la parte concerniente al jurista está rodada para visionarse en primer lugar, a fin de cuentas la circunstancia del orden resulta indiferente. Incluso en Alemania, los dos largometrajes se emitieron en distintas cadenas el mismo día y a la misma hora. Tanto monta, monta tanto. 

Enemigos

Como se ha adelantado, las dos obras arrancan con unos mismos acontecimientos de los que van a derivarse toda la trama. Y en ambas tendremos ocasión de ver también dos tipos de escenas: las primeras de ellas  se desarrollan en el mismo momento y lugar pero son  tomadas desde ángulos distintos; las segundas,  consisten en escenas únicas imputables exclusivamente a los movimientos o situaciones íntimas del policía o del defensor. Los hechos de los que se parten son los siguientes: una niña de doce años es secuestrada al salir de su casa, camino de la escuela. Estamos en Berlín o en sus alrededores y un temporal de nieve y frío azota la zona. Tras el rapto, su autor solicita a sus padres un rescate de varios millones de euros.

Con estos comienzos espeluznantes, rodados con eficacia, ritmo y deteniéndose únicamente en lo esencial, derivaremos, en uno de los filmes, en el trabajo del comisario asignado al caso para intentar liberar a la menor; en el otro, evolucionaremos con los esfuerzos del abogado elegido por el hombre que resultará acusado para desarrollar su defensa. Y lo que veremos en ambos largometrajes es un guion, o dos guiones ajustados al máximo para los fines perseguidos. Creemos que no sobra ni falta nada. Sin querer arruinar ninguna sorpresa, sí debemos desvelar que el meollo central de las obras se va a posicionar en la justificación o no de la utilización de torturas por parte de funcionarios o autoridades, en determinados supuestos.  

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Pues bien, de torturas hablamos: ¿es admisible su práctica si el bien que se pretende proteger se considera de mayor valor? ¿es legítimo atentar contra la dignidad humana en algún caso? ¿quién establece los límites? ¿cómo ha de llevarse a cabo la violencia, si se admite? Lo que los nazis llegaron a llamar “técnicas de interrogatorio mejorado” podría denominarse, por qué no, “torturas justificadas”. Por otra parte, parece que algunos humanos se creen con el derecho y con la capacidad de decidir quién es o no culpable de un delito, sin haber estudiado la carrera judicial y ejercer como magistrado en un tribunal. Y si ya fuera poco, además, se consideran capacitados para resolver qué seres son depravados y cuales de ellos merecen tratarse  como objetos. 

Muchos años y sufrimientos han tenido que transcurrir para que los Estados de derecho actuales que merecen tal nombre condenen y prohiban taxativamente, normalmente en sus propias constituciones, las torturas o los tratos y penas inhumanos o degradantes (en la española, en su artículo 15). La prohibición universal de la tortura y de cualquier forma de crueldad o humillación se aprobó con la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. Resulta indiferente lo que se busque con la práctica de la violencia moral o física institucionalizada. No se admite resquicio alguno. La dignidad de todo ser humano no admite excusas. 

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Cinematográficamente, nos encontramos con la puesta en práctica de una idea excelente. Dos guiones, dos miradas, dos convicciones, dos seres que tienen muy claro lo que persiguen, lo que creen, lo que deben o no hacer para lograr sus fines. Pero uno de ellos se ha olvidado de que sus objetivos no justifican cualquier medio para alcanzarlos. ¿Y qué hace la cámara de Nils Willbrandt? ¿Cómo se organiza el director para llevarnos de una mano o de otra, del letrado o del policía? Pues de una forma que parece sencilla pero que en la práctica no lo es: centrándose en cada uno de los filmes con lo que compete a cada cual; por ejemplo, la investigación del suceso en lo que concierne al policía y la preparación de la defensa en lo tocante al abogado. Y de paso, perfilará sus respectivas personalidades y entornos.

No obstante lo anterior, hay momentos que deben compartirse por los dos protagonistas. Y la decisión del realizador ha sido la de repetir exactamente la misma escena en ambas películas, pero ofreciendo con la cámara lo que considera relevante según el personaje que sigamos. Una decisión valiente pero también muy arriesgada ya que , en ocasiones, puede parecer que estamos viendo doblemente una película de manera innecesaria. En nuestro caso, no nos ha importado la insistencia y hemos disfrutado del juego y de la diversidad que otorga la estructura narrativa del diferente punto de vista. La propuesta no es nueva, desde luego. Basta con recordar  Rashomon, la mítica película que el japonés Akira Kurosawa realizó en 1950. Pero si bien en aquel filme se iba a la búsqueda de la verdad mediante testimonios distintos, en las dos obras de Nils Willbrandt no importa tanto cómo ocurrieron los hechos. Ello se despeja de forma bastante diáfana. Lo que resulta realmente relevante es la reflexión sobre determinadas actuaciones que, contrarias a la dignidad humana, no deben tolerarse ni justificarse bajo ninguna circunstancia. 

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