Festivales 

Mar del Plata 2020 – Competencia argentina

Desde el 21 al 29 de noviembre, tuvo lugar la 35º Edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, -el único en Latinoamérica “Categoría A”, que lleva 66 años de historia ofreciendo el mejor cine nacional e internacional.

Este año, que ha sido tan particular y atípico debido a la pandemia, obligó a modificar el formato presencial del festival por un formato virtual. La plataforma de su sitio web permitió disfrutar de toda la programación de las películas y de las Actividades Especiales de manera on line, para que pudieran verse de forma simultánea y gratuita desde cualquier parte de la Argentina.

Organizado por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), que promueve la actividad cinematográfica en todas sus formas, se pudo disfrutar de películas de diversos orígenes, temáticas y estilos, donde conviven la tradición del cine clásico con las nuevas tendencias cinematográficas. A lo largo de su programación, se exhibieron las obras de los directores consagrados junto a las óperas primas de cineastas que integran el panorama audiovisual contemporáneo.

La presente edición estuvo dedicada a la memoria del recientemente fallecido realizador argentino Fernando “Pino” Solanas, de quien se exhibió, como película de apertura, La hora de los hornos – Parte 1: Neocolonialismo y violencia (1968), en una versión restaurada por la Cinemateca y Archivo de la Imagen Nacional (CINAIN). Así  como también los largometrajes Tangos. El exilio de Gardel (1985), Sur (1988) y El viaje (1990).

Dentro de las diversas secciones que componen el Festival, me ocuparé de ofrecer una muestra de la programación de la Competencia Argentina de largometrajes, sobre las cuales centraré el análisis.

La Competencia Argentina estuvo integrada por diez películas que podríamos dividir en tres grandes orientaciones. Aquellas que abordan el género documental: Esquirlas, de Natalia Gayarlade; 1982, de Lucas Gallo; El tiempo perdido, de María Álvarez, y Un cuerpo estalló en mil pedazos, de Martín Sappia. Las películas que desarrollaron sus historias en el campo de la ficción: Mamá, mamá, mamá, de Sol Berruezo Pichón-Riviere; Las motitos, de Inés María Barrionuevo y María Gabriela Vidal; Un crimen común, de Francisco Márquez; e Historia de lo oculto, de Cristian Ponce. Por último, las obras que se nutrieron de ambos registros, situándose en una línea difusa entre documental y ficción: Las ranas, de Edgardo Castro, y La sangre en el ojo, de Toia Bonino.

Asimismo, quisiera destacar que tres de las películas en Competencia (Esquirlas, Las motitos y Un cuerpo estalló en mil pedazos) son representantes del cine cordobés, que va creciendo año tras año. Su activa participación y presencia en los Festivales locales lo posiciona como otro espacio de producción audiovisual fuera de Buenos Aires, donde se concentra la industria argentina. En esta oportunidad, nos permite acercarnos a propuestas temáticas muy diferentes entre sí, que mantienen un interesante desarrollo formal.

Los documentales en Competencia:

 Esquirlas, de Natalia Garayalde

Esquirlas

El regalo de una cámara Sony 8mm le permitió a una niña de diez años comenzar a filmar mientras jugaba. Nunca imaginó la importancia que, años más tarde, tendrían esas imágenes registradas con inocencia y calidez. Aquella infancia feliz junto a sus padres y hermanos quedaría como testimonio de un pasado que cambió para siempre, a partir del estallido de la Fábrica militar de Río Tercero en mitad de los años noventa.

Veinticinco años después, el registro fílmico de sus videos caseros, junto al archivo periodístico sobre la cobertura de la tragedia, se combinan a través de la voz en off de la realizadora, contextualizando los hechos, exponiendo la verdad y las consecuencias fatídicas que provocó la explosión de miles de proyectiles sobre el pueblo.

La ópera prima de la cineasta cordobesa Natalia Garayalde, quien recibió el merecido Premio José Martínez Suárez a la Mejor Dirección de la Competencia Argentina de Largometrajes, se valió de otros importantes reconocimientos en la premiación independiente del festival, como así también una Mención Especial a Julieta Seco y Martín Sappia por la edición de Esquirlas.

El documental ofrece un relato íntimo y testimonial, en el cual denuncia la gravedad de un suceso inédito que destruyó la zona cercana a la fábrica, mató a siete personas, dejó centenares de heridos y muchos afectados por la contaminación de los compuestos que contenían los proyectiles. También expone las distintas versiones que fueron llevadas a juicio y manejadas en connivencia con el poder político menemista, del cual el exmandatario salió absuelto.

Esquirlas pone en diálogo el pasado con el presente, no solo por la revisión del material, sino para reflexionar sobre el grado de vulnerabilidad y desprotección de los habitantes que quedan a merced de la negligencia y corrupción gubernamental. Tapar la operación del tráfico de armas fue un hecho histórico que sigue sin resolverse. Las marcas de la realizadora no se borran, ellas contienen las heridas de esas esquirlas que vio caer como una lluvia despiadada, arrebatándole la felicidad.

 

El tiempo perdido, de María Álvarez

El tiempo perdido

Si en Las cinephilas (2017), las mujeres mayores se definían por las películas que veían, en El tiempo perdido, segundo documental de María Álvarez, que resultó ganador del Premio Astor Piazzolla al Mejor Largometraje de la Competencia Argentina, sus protagonistas lo hacen a través de lo que leen; en este caso, del análisis de la obra de Marcel Proust, que inspira y da título a la película.

El grupo de lectores está integrado por mujeres y hombres de la tercera edad. Ellos se reúnen hace diecisiete años en el bar “Tribunales” para leer y analizar los siete tomos en que se divide la novela En busca del tiempo perdido, escritos por Proust entre 1908 y 1922.

La pasión por la literatura y la exquisita pluma del escritor francés no solo los convoca, sino que genera entre ellos un vínculo cercano y reflexivo en torno al arte de escribir. Como dice Roberto, el fundador del grupo, “cada lectura es un acto creativo”. Un hecho que se demuestra, ante la aparición de nuevos significados sobre lo leído.

María Álvarez registró varios de sus encuentros entre 2015 y 2019, insertándose en el lugar para observarlos de cerca y captar sus gestos, el goce al leer, los intercambios de palabras y las miradas entre ellos, como también la del mozo del bar que siempre los escucha.

La película rescata el espíritu literario de un Buenos Aires atemporal que parece refugiar a sus protagonistas, bajo una estilizada composición en blanco y negro. Entre quienes participan, se encuentra una de las cinéphilas, Norma Bárbaro, quien le imprime una naturalidad encantadora.

La elección formal de la realizadora, dirigida a testimoniar cada reunión y escuchar las distintas lecturas, solo se desvía con algunas imágenes del paisaje urbano para unir las secuencias. Esta concentración minuciosa sobre el grupo, tomados con distintos cambios de plano a medida que leen, si bien ofrece una belleza compositiva interesante, también le otorga cierta monotonía y esquematismo narrativo, que se prolonga a lo largo del relato.

La propuesta de Álvarez, una vez más, logra destacarse por la acertada elección de sus protagonistas mayores, como por la temática elegida, ofreciendo un cálido relato sobre la importancia del arte como un puente que nos une e identifica.

 

Un cuerpo estalló en mil pedazos, de Martín Sappia

Un cuerpo estalló en mil pedazos

Dicen (en la película) que Jorge Bonino fue el “Jacques Tati argentino” y que cualquier definición de su personalidad resulta imposible ante su formación multifacética. Fue arquitecto, actor, docente, artista y loco.

La gran inquietud del realizador cordobés Martín Sappia sobre ese hombre misterioso, nacido y muerto en Villa María, Córdoba, del que quedan pocos registros de sus obras y sus trabajos, lo llevaron a reconstruir su historia de vida, a través de la memoria de quienes lo conocieron y de los lugares que transitó. El desentramando de quién fue verdaderamente Jorge Bonino será parte del enigma a resolver.

La conducción del relato está a cargo de una voz en off femenina que narra, de forma impersonal, notas dejadas por Bonino y algunas impresiones personales, junto a distintos testimonios, siempre en off, de algunas personalidades que lo conocieron. Los audios se acompañan de distintas imágenes en plano fijo, compuestas con una estilizada fotografía en blanco y negro, que forman el espacio habitado por el protagonista. Un hombre, al que jamás vemos, salvo de manera indirecta hacia el final, pero que es imposible no imaginar en esos escenarios.

El uso reiterado del “Dicen que…” da cuenta de cierta imposibilidad de hallar la verdad que se quiere alcanzar, dotándolo de cierta rigurosidad formal. Un recurso que se asocia a la dificultad de clasificar a un hombre que solo quiso ser libre y llevó su locura desde los escenarios cordobeses hasta los europeos, donde brilló, pero también fue incomprendido. Desde allí, fue llevado a distintas instituciones psiquiátricas, donde terminó sus días. En ese punto, la película comienza y termina, como un ciclo vital, precisamente en el último neuropsiquiátrico cordobés, donde él mismo quiso partir hacia su libertad.

Martín Sappia logra un documental alejado de lo convencional, transformando la ausencia de Bonino en una presencia tan activa y estimulante como nostálgica y poética en torno a su abordaje.

 

1982, de Lucas Gallo

1982

1982, año que da título al documental, representa uno de los períodos históricos más nefastos del país. Eran tiempos de dictadura en manos del teniente general Leopoldo Galtieri, quien anunció ante el pueblo argentino la declaración de guerra contra los ingleses por el territorio de Malvinas. Un enfrentamiento que duró desde el 2 de abril hasta el 14 de junio de 1982.

La ópera prima de Lucas Gallo ofrece una mirada revisionista sobre la manipulación que hubo detrás de esa guerra absurda y conveniente para prolongar el período de la dictadura y mejorar la imagen pública de los mandatarios.

Luego de realizar una breve introducción histórica, el foco del documental se centra en reconstruir el relato oficial, ejercido en complicidad con los medios de comunicación, y cómo estos infirieron en la opinión pública a favor del gobierno.

A través de un gran trabajo de edición y montaje, Gallo recopila, en orden cronológico, las grabaciones de dos de los principales archivos periodísticos sobre la cobertura de la guerra: el noticiero 60 minutos, a cargo del comentarista José Goméz Fuentes, y el programa especial Las 24 horas de Malvinas, conducido por Cacho Fontana y Pinky. Ambos programas eran transmitidos por el canal oficial (ATC) y serán las principales fuentes para armar el documental.

Hacia el final, y con el mismo formato del inicio, se imprimen sobre la pantalla los datos duros sobre las consecuencias que dejó la guerra. 1982 provoca diferentes reacciones. Por un lado, la tristeza por las vidas humanas que se perdieron, y por otro, la impotencia ante el engaño sostenido y disfrazado de patriótico, con el que se mintió a un pueblo, que también, como dan testimonio las imágenes, fue partícipe de una derrota anticipada.


Las ficciones en Competencia

Mamá, mamá, mamá, de Sol Berruego Pichón-Riviere

Mamá mamá mamá

La exploración del universo femenino contiene un lenguaje en común; el hallarlo y ponerlo de manifiesto es una de las claves de Mamá, mamá, mamá, primer largometraje de la joven realizadora Sol Berruego Pichón-Riviere, ganadora del primer premio del concurso Ópera Prima del INCAA (2017).

Cleo (Agustina Milstein) tiene 12 años y perdió a su hermana pequeña en un accidente. Su madre (Jennifer Moule) está devastada, y de ella se ocupa su tía (Vera Fogwill) y sus primas, dos niñas pequeñas (Matilde Creimer Chiabrando y Camila Zolezzi) y una adolescente (Chloé Cherchyk), que la acompañan a transitar el doloroso momento a través de juegos, música y charlas entre ellas. El duelo de Cleo la empuja a una madurez prematura, ante un hecho que aún le resulta incomprensible dimensionar. Ese tránsito se mezcla con los cambios en su cuerpo y la curiosidad de una pubertad incipiente que comparte solo con sus primas. Ya nada será igual en el seno familiar, ni en la vida de la niña y su madre, quienes se vinculan desde el vacío que comparten.

A través del espacio lúdico, las niñas van reinterpretando, a su manera, el significado de morir, de desaparecer. Y en su imaginario, lo relacionarán con un secuestro o le rendirán tributo a través de un ritual. El manejo sobre el conflicto es tan sutil y sensorial que no hizo falta escenificar la tragedia ni hablar de lo que pasó. La cercanía de los planos se encarga de contener a los personajes, traducir sus gestos y dejar al descubierto esa sensación de no saber cómo actuar en momentos de tanta tensión, sin dejar la naturalidad propia de la edad. Ese registro detallista y observacional recuerda la influencia del cine de Lucrecia Martel y las temáticas de películas de iniciación.

Una de las particularidades de Mamá, mamá, mamá es que está interpretada y realizada solo por mujeres y chicas. “Creo en cierta sutileza que se filtra en las mujeres de manera espontánea», comenta la directora. Es por esto que busqué tener en este equipo de filmación a mujeres en los roles principales; no por descreer del género opuesto, sino a forma de ensayo, de intentar crear una fraternidad que solo aparece cuando únicamente hay mujeres”.

Presentada en la sección Generation Kplus de la Berlinale, donde obtuvo la Mención Especial del Jurado Internacional, el logro de la película, a cargo de una cineasta prometedora, está sostenido en esa solidaridad y contención que se genera en los vínculos femeninos. Una mirada interesante y un certero tratamiento sobre el crecimiento, la identidad y los vínculos.

  

Las motitos, de Inés María Barrionuevo y María Gabriela Vidal

Las motitos

El sonido de las motos se inserta de fondo en las imágenes. Son las motitos que circulan por un barrio de clase media cordobés, que padece una ola de saqueos juveniles. Mientras la policía se lleva a cuantos pibes motorizados con gorrita, la pareja de adolescentes de Juliana (Carla Gusolfino) y Lautaro (Ignacio Pedrone) enfrentan la problemática de un embarazo no deseado.

La película de Inés Barrionuevo (Julia y el zorro, 2018), codirigida con la guionista María Gabriela Vidal, se inspira en la novela de Vidal, Los chicos de las motitos, en la cual narra la estigmatización del joven-pobre-en-motito como sinónimo de “motochorro”. Mientras la gente naturaliza ese tratamiento, la autora se opone a esa generalidad tan clasista y superficial, que está latente a lo largo de la película.

En ese contexto de fondo, la historia de amor de Juliana y Lautaro (que también va en moto y usa gorrita) desata una crisis personal y afectiva que pondrá en juego los vínculos con sus familiares, principalmente, el de Juliana con su madre (Carolina Godoy, premiada como Mejor Actriz Argentina de la Competencia), a quien enfrenta constantemente y, al mismo tiempo, necesita más que nunca. Una relación muy bien manejada, que se va desarrollando con todo tipo de matices.

Las realizadoras cordobesas logran un relato urbano fluido y realista que se caracteriza por la observación cercana de los personajes principales y secundarios (está muy bien la hermana menor de Juliana o el amigo gay de Lautaro); como por el registro de los detalles cotidianos (el porro, los bailes, la comida, el colegio). Esa combinación visual y narrativa expone el desafío adolescente contra el mundo adulto y la fragilidad de la libertad como concepto en juego. Y en ese punto, la película se conecta con la represión de un afuera amenazante.

En Las motitos se habla de la libertad, no solo con relación a decidir sobre el cuerpo y elegir a quien amar, sino también en cómo acercarse a los hijos para enseñarles el costo o las consecuencias de perderla.

  

Historia de lo oculto, de Cristian Ponce

Historia de lo oculto

 La ópera prima de Cristian Ponce, realizador del cortometraje Breve Historia en el Planeta, y de la serie web Un año sin televisión y la serie animada La frecuencia Kirlian, fusiona distintos géneros que van entre lo fantástico y el terror para adentrarse en la investigación de un crimen con características de brujería, relacionado al presidente Velazco, que gobierna una Buenos Aires imaginaria de fines de los ochenta.

La investigación periodística sobre el hecho está encabezada por el programa televisivo 60 minutos antes de la medianoche, que se despide de la audiencia, tras su inminente salida del aire. Una medida vinculada a la presión que recibió el canal por haberse metido en un tema que no conviene resolver. El conductor realiza reportajes a sus invitados, quienes aparecieron en la libreta del muerto. Paralelamente, el equipo de producción intenta jugarse las últimas estrategias para develar la verdad que compromete al presidente con el asesinato, algo no conveniente para su reelección. Escondidos en una casa por las amenazas recibidas, los cuatro periodistas van descubriendo cosas que los acercan a situaciones perturbadoras.

Rodada en blanco y negro, con efectos especiales en color y una suerte de ambientación más asociada al policial negro, Ponce sostiene un clima de tensión constante, dosificando la información sobre los hechos y dejando que las acciones desarrollen la intriga y se profundice el misterio.

 Historia de lo oculto, que recibió el Premio de la Crítica Joven a la Mejor Ópera Prima Latinoamericana, se diferencia del resto de las propuestas de la Competencia Argentina, no solo por la originalidad que ofrece la historia, sino porque se permite jugar, desde lo formal, con los géneros e intercalar, entre otras cosas, una publicidad sobre las Islas Malvinas como destino turístico local, y a la actriz Andrea del Boca como protagonista de El exorcista.

 

Un crimen común, de Francisco Márquez

Un crimen común

 Luego de codirigir junto a Andrea Testa, La larga noche de Francisco Sanctis (2016), Márquez retoma el cine de género para abordar una historia contemporánea bajo un formato de thriller político y social.

Cecilia (Elisa Carricajo) es profesora de sociología de la UBA, está separada y vive con su hijo en una casa cercana a un barrio pobre. Durante el día, recibe ayuda de Nebe, una empleada doméstica que vive en la villa cercana. Uno de los hijos de Nebe es Kevin, un joven con gorrita, que padece la estigmatización social por ser pobre y morocho, y que está en la mira de la policía de la zona. Una madrugada, Cecilia escucha golpes a su puerta, y ve a Kevin del otro lado, pero se asusta y teme abrirle. El joven se va y luego desaparece. Los medios periodísticos cubren el hecho, que terminará volviéndose una tragedia.

El inicio de la película, caracterizado por la pasividad de esa cotidianeidad intelectual entre libros, clases y pasatiempos con su hijo, comenzará a cambiar a partir de lo sucedido. Cecilia se da cuenta de su papel en relación con Kevin, y la culpa comienza a trastornarla. También notará cierta presencia fantasmal dentro de su casa. Un hogar, cada vez más oscuro e intrigante, que es acechado por el miedo.

A medida que transcurre el relato, la transformación anímica de la protagonista estará en sintonía con el clima de agobio y opresión que se irá desarrollando. El cargo de conciencia, por su misma formación y carácter solidario, como se muestra en la primera secuencia, la pone de cara a una decisión que deberá enfrentar y hacerse cargo.

Lo interesante de Un crimen común es que Márquez parte de un hecho trágico (que vemos a diario), para abordar temas más profundos de la realidad. Un presente, cargado de desigualdad social, racismo, inseguridad y abuso de poder, que invita a reflexionar sobre las contradicciones humanas entre lo que somos, pensamos y hacemos en pos del bien común.


Entre el documental y la ficción

 La sangre en el ojo, de Toia Bonino

La sangre en el ojo

La sangre en el ojo, de la realizadora Toia Bonino, retoma la historia de su película anterior, Orione (2017), donde narraba la vida y asesinato de Ale Robles, un joven del barrio humilde de Don Orione, a través de los relatos de su madre. En su nueva película, la versión de los hechos es narrada desde otro punto de vista; a partir de los testimonios de su hermano Leo, quien estuvo detenido durante catorce años y, ahora en libertad, sueña con vengar la muerte de Ale.

Mientras vemos a Leo flotar plácidamente en el gomón de una pileta, el relato en off donde cuenta su vida y la experiencia en la cárcel carga la imagen de un sentido contrario a esa pasividad. La historia que narra va contextualizando el lugar de origen de los hermanos Robles, donde ambos fueron naturalizando la delincuencia del barrio, como una forma de sobrevivir y defenderse.

La película se nutre con imágenes de archivo, filmes familiares, grabaciones de la hija de Leo o la exnovia de Ale desde un celular, junto a las tomas desde el penal y la alcaldía. La multiplicidad de materiales y soportes que se utiliza va dosificando la información y reconstruyendo el pasado de Alejandro y el presente de Leo, generando un espacio de tensión donde sobrevuela la impotencia del crimen y la angustia latente por reparar y cobrarse la pérdida de su hermano, de quien no pudo despedirse por estar preso.

Toia Bonino, quien ganó con Orione como Mejor Directora de la Competencia Argentina en el BAFICI17, retoma un estilo similar a su película anterior, para construir un documental social y observacional que, si bien tiene una mirada cercana al tema, elige la distancia justa y el equilibrio adecuado entre el decir y el mostrar una realidad difícil, en la cual, sus protagonistas cargan, con marcas imborrables, un destino anticipado y un futuro incierto.

 

Las ranas, de Edgardo Castro

Las ranas

 Barby es una joven del conurbano, que está sola y tiene una hija pequeña que mantener. Todos los días se toma un colectivo más un tren que la lleva hasta la zona del Abasto, en Capital Federal, donde vende medias en la vía pública. No saca mucha plata, e intenta vender en otras zonas. A esa rutina diaria de caminatas y prolongados viajes, se suman las visitas al penal de Sierra de Chica para ver a su pareja y padre de la nena. Junto a otras mujeres, viajan de madrugada hasta el lugar de encuentro con los internos; un espacio destinado a las visitas con sus familiares, donde comparten una comida, escuchan música y tienen lugar los encuentros íntimos en una precaria habitación.

La cámara sigue de cerca la cotidianeidad de Barby, expone su cansancio y su movimiento constante caminando por las calles para sobrevivir a una realidad que parece imposible cambiar.

Sin ningún tipo de intervención del realizador, más que la observación directa y cruda de la cotidianeidad y de esos cuerpos tatuados o desnudos de mujeres que esconden en sus vaginas un celular y pastillas para entregar clandestinamente a los detenidos, Castro expone aquello que sucede e incómoda. Distintas realidades que muchos prefieren no ver e ignorar. Un registro de las vidas anodinas que forman parte de un presente en crisis.

Al igual que en La noche y La familia, Edgardo Castro presenta Las Ranas como el cierre de su trilogía sobre la soledad y la incomunicación. Si en La noche lo abordaba desde encuentros sexuales ocasionales, y en La familia lo revela en la falta de escucha en las reuniones familiares, en esta última entrega, casi no hay diálogos, y lo poco que hablan Barby y su pareja se vuelve intrascendente. Solo se acompañan, se rozan, y el contacto pasa por lo físico, por las miradas y el amor, que como dice el realizador, aún existe en estos tiempos.

Las ranas recibió una merecida Mención Especial dentro de los Premios Astor Piazzola de la Competencia Argentina. Sin duda, este reconocimiento destaca un rasgo que caracteriza el estilo de Edgardo Castro, al registrar las situaciones y sus personajes, con tal grado de explicitud visual y sonora, que conecta y traslada al espectador hacia el interior del relato, transformándolo en una experiencia vivencial. Una exposición de imágenes tan auténticas, frente a las cuales, es difícil mantenerse ajeno.

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