Críticas

Secretos de familia

El árbol de la sangre

Julio Medem. España, 2018.

Cartel de la película El árbol de la sangreJulio Medem fue uno de los directores más importantes, influyentes y creativos del cine español en los años noventa, cuando estrenó sus primeros largometrajes: Vacas (1992), La ardilla roja (1993), Tierra (1996) y Los amantes del Círculo Polar (1998). También suscitó bastante interés su siguiente película, Lucía y el sexo (2001), pero, desde entonces, ninguno de sus títulos había estado a la altura de aquellos brillantes inicios, ni siquiera cuando se vieron rodeados de cierta polémica, lo que ocurrió con el documental La pelota vasca. La piel contra la piedra (2003) o con la interesante propuesta de Habitación en Roma (2010). Para Medem, tan importante era contar historias como la forma en que las contaba, lo que lo convirtió en un director con un estilo propio, poético… excesivo en ocasiones, a veces desequilibrado, pero siempre muy personal.

El árbol de la sangre, aunque no sea una película perfecta, nos devuelve al mejor Medem y crea uno de sus mejores personajes femeninos en muchos años, el de Rebeca, interpretado por una inmensa Úrsula Corberó, actriz curtida en series de televisión que con esta película acaba de ofrecer su primer gran papel en el cine. Es cierto que la cinta comienza con un ritmo frenético que hace temer lo peor, ya que no casa en absoluto con el estilo de Medem, pero, poco a poco, ese ritmo va amainando y la historia encuentra su forma; y, como espectadores, nos vamos acostumbrando a los múltiples saltos temporales, a los distintos escenarios y, sobre todo, a los diversos actores que interpretan a un mismo personaje en diferentes etapas de su vida.

Y es que, no en vano, El árbol de la sangre es un relato generacional que traza la vida de varias generaciones de dos familias cuyas existencias se ven entrecruzadas. En realidad, todo lo que se cuenta en la película se centra en 25 años (aunque hay referencias a la Guerra Civil), pero la forma en que se presenta la narración nos hace suponer que se trata de más tiempo, algo a lo que contribuye la multiplicidad de personajes.

Aunque salpimentada de secretos, mafia rusa, criminales ucranianos, tráfico de órganos, secuestros, accidentes y asesinatos, El árbol de la sangre no abandona en ningún momento los códigos del melodrama y presenta un relato coral que permite el encuentro entre Rebeca y Marc, los protagonistas, que son interpretados por hasta tres actores cada uno (Sara Cordero, Alba Planas y la ya mencionada Úrsula Corberó encarnan a Rebeca; mientras que Diego Ríos, Sergio Castellanos y Álvaro Cervantes dan vida a Marc).

Hay, además del de Rebeca, otro personaje que resulta central en el desarrollo de la trama y sobre el que se articula buena parte de la película. Se trata de Olmo, interpretado por Joaquín Furriel, actor argentino a quien el público español recordará por su papel de Loco en Cien años de perdón (Daniel Calparsoro, 2016), un personaje que es casi el opuesto al que interpreta en El árbol de la sangre. Muy interesante es también el trabajo que realiza Najwa Nimri como Macarena, la madre de Rebeca. Nimri, que ya había trabajado con Medem en Los amantes del Círculo Polar y Lucía y el sexo, interpreta aquí a una cantante, La Maca. Resulta llamativo que esta película haya coincidido en las pantallas con Quién te cantará (Carlos Vermut, 2018), donde Nimri interpreta también a otra cantante, Lila. Completan el reparto Patricia López Arnaiz (Amaia); Daniel Grao (como Víctor, el hermano de Olmo); Ángela Molina y Josep Maria Pou (como Julieta y Jacinto, los padres de Víctor y Olmo); Luisa Gavasa y Emilio Gutiérrez Caba (como Candela y Pío, padres de Macarena); y Maria Molins (Nuria, la madre de Marc).

En realidad, todo lo que se nos cuenta en El árbol de la sangre es un gran flashback que nos lleva hasta el momento inicial de la película, cuando Rebeca y Marc van al caserío de Amaia para escribir la historia de sus familias. Mediante ese procedimiento, Medem nos lleva hasta ese momento inicial y continúa con el desarrollo de la historia, que tiene localizaciones en el País Vasco, Cataluña, la Comunidad Valenciana y Andalucía. La película es muy ambiciosa en su planteamiento, pero, poco a poco, se va centrando y nos lleva de la mano de Rebeca, auténtica guía para poder seguir el hilo argumental y verdadera protagonista de la historia. El árbol que da título al film, y al que tanta carga simbólica se la da en ocasiones, no es, en realidad, tan importante argumentalmente, pero le sirve al director para anclar la historia en un hermoso lugar del País Vasco (por cierto, repleto de vacas).

En general, el montaje paralelo que utiliza Medem funciona bastante bien cuando se trata de acciones que ocurren en simultaneidad, pero no tanto cuando quiere trazar paralelismos con diferentes épocas de la historia. De todas maneras, el recurso formal más brillante son esos flashbacks sin transición que se producen en un mismo espacio, el caserío, donde los personajes de ahora pueden contemplar en el mismo plano a los de entonces, interactuando en los mismos lugares y con los mismos objetos que ellos. Es un procedimiento que ya habíamos visto es títulos como Keoma (Enzo G. Castellari, 1976), pero al que Medem dota de una enorme fuerza evocadora y lírica. Como ya dije al principio, el mejor Medem está de vuelta: ¡bienvenido!

Tráiler:

Ficha técnica:

El árbol de la sangre ,  España, 2018.

Dirección: Julio Medem
Duración: 130 minutos
Guion: Julio Medem
Producción: Ibon Cormenzana e Ignasi Estapé
Fotografía: Kiko de la Rica
Música: Lucas Vidal
Reparto: Úrsula Corberó, Daniel Grao, Álvaro Cervantes, Najwa Nimri, Ángela Molina, Patricia López Arnaiz, Josep Maria Pou, Joaquín Furriel, Luisa Gavasa, Emilio Gutiérrez Caba, Lucía Delgado

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