Críticas

El ayer que nunca existió

Dark City

Alex proyas. EUA, 1998.

Póster de Dark CityHoy toca peli de culto. Una de esas que ya en su momento pasó relativamente desapercibida, y que el paso del tiempo ha colgado la medallita de filme especial, diferente, digna de ocupar un pedacito de vuestro corazón cinéfilo. En la época de su estreno, recuerdo que me encantó, pero podemos decir que esta película fue el último ejemplo de cierto modo de ver el cine, más artesanal, menos efectista que lo que vino después, gracias a la aparición de la obra que lo cambió todo: Matrix. Y es que son tantas las cosas que comparte nuestro momento retro de hoy con la película de las Wachowsky, que su nombre aparecerá varias veces a lo largo de la reseña, aunque las comparaciones sean odiosas.

Incluso en el argumento, las similitudes son más que evidentes. La historia comienza cuando nuestro protagonista se despierta en la bañera de una sórdida habitación de hotel. No recuerda nada, excepto fragmentos de su propio nombre. Su falta de recuerdos no es la única sorpresa. Descubrirá que es perseguido por la policía, identificado como un asesino en serie de prostitutas. En la búsqueda de su inocencia, pronto dará con la existencia de un misterioso grupo de seres extraterrestres, los ocultos, que no dudan en manipular los recuerdos de los seres humanos, enfrascados en la búsqueda de la esencia de la humanidad para combatir su propia mortalidad. Gracias a sus poderes y su mente común, estos seres son capaces de cambiar la realidad a su antojo. Nuestro héroe, en su lucha por conservar su identidad y recuperar sus recuerdos, descubre que también posee habilidades superiores que le hacen un igual, y por lo tanto un peligro para estos seres.

Como veis, las similitudes argumentales con Matrix son evidentes. La humanidad manipulada con una existencia que es un espejismo, un héroe que se enfrenta a su destino cuando acepta su propia naturaleza, un grupo de seres/máquinas que pretende la dominación mediante el engaño y los subterfugios mentales, en un juego desarrollado sobre un tablero lleno de diseño y delirio visual.

Pero las similitudes no se quedan ahí; la película fue rodada en los estudios Fox de Australia; efectivamente, los mismos donde se rodó gran parte del metraje de Matrix, por lo que además comparten más de un escenario. También se nutren ambas de esa idea de ciencia ficción elevada, impresas de una base filosófica un poco más trabajada que la generalidad de filmes del género, gracias a una historia que se basa en las percepciones de los personajes por encima de la acción sin límites.

Fotograma de Dark City

Ahora hablamos de Alex Proyas, un tipo que estaba en mi top ten de directores con futuro hace ya unos cuantos años. Derrochaba talento visual, impresionaba con un estilo propio, fruto de la conjugación de elementos extraídos de todos los géneros imaginables, sobre todo del cine negro. Sus ambientaciones urbanas eran terroríficas y amenazantes. Nunca sacrificaba la historia que estaba contando, evitaba el exceso de pirotecnia, lo que pasaba en sus películas tenía sentido, había emoción, derroche visual, implicación. Sus dos primeras películas siempre serán una referencia para mí, a pesar de sus irregularidades. Quizá las miro con cierto aire de nostalgia, pero son dos obras que me abrieron los ojos a un mundo de posibilidades, antes de la revolución digital que vendría tan sólo un par de años después. Su primera incursión en el cine aún es hoy recordada y reverenciada, hablo de la mítica El Cuervo ,protagonizada por el enésimo mártir del cine, Brandon Lee. La segunda, esta película de la que hablo. Como digo, Proyas era el último artesano.

Dark City fue una gran incomprendida en su momento. Quizá debido a lo inclasificable de su propuesta, quizá a que era demasiado reflexiva, introspectiva, con varias lecturas y propuestas filosóficas. Quizá era su estilo, deudor del cine negro más clásico, de habitaciones oscuras, humo de tabaco y olor a café. En una época en la que el cine fantástico era una colección de explosiones y testosterona, la apuesta de Dark City era arriesgada, un órdago que el gran público no supo recoger. Su éxito vendría después, en el boca a boca, cuando la crítica comenzó a notar las pequeñas y sutiles piezas que conformaban el puzle. Ya era tarde para su carrera comercial, pero gracias a este posicionamiento casi clandestino a favor de la película, no tardaría en llegar la medallita de “de culto”.

Detrás de ese argumento en apariencia sencillo, se encuentra todo un tratado acerca de la identidad, acerca de la pregunta básica de toda búsqueda filosófica: ¿Cuál es ese ingrediente secreto que nos hace humanos? Los ocultos, las criaturas que buscan la esencia humana, lo hacen a través de los recuerdos. Nuestro héroe tiene recuerdos de un asesino. La cuestión es si esos recuerdos conforman la persona, o se rebelará ante la difusa verdad que su mente le proporciona.

También nos habla de algo importantísimo: la naturaleza de la manipulación, la capacidad que tenemos todos de aceptar las cosas como son, por comodidad, por estabilidad mental. La mayoría del ideario que mueve la película viene de una propuesta argumental ideada por Bertrand Russel. El pensador británico postulaba que no es imposible pensar que la realidad ha sido conformada como tal hace cinco minutos, todo un mundo construido de la nada, tal y como los percibimos nosotros, y que tiene como único pasado posible el que es recordado por el corpus de habitantes de ese mundo en el que el ayer no existe como tal.

Ese mundo que los Ocultos construyen para los habitantes de su noche eterna, se desmorona en cuanto alguien antepone la duda a la rutina. La reacción de los habitantes de esa realidad artificial reaccionan con violencia cuando sus presupuestos mentales son quebrados por la duda. La lógica queda en segundo plano cuando se aferran a sus vivencias, a la comodidad de sus percepciones, aunque estas sean producto de una manipulación. Nos recuerda Alex Proyas que las revoluciones comienzan en el momento en el que alguien hace las preguntas adecuadas .

Dark City, imagen

El aspecto visual es sublime. La construcción del entorno urbano es excelente, con reminiscencias a Metrópolis, a la pesadilla gótica que Tim Burton ideó para su Batman, a las películas Noir del cine en blanco y negro, con el aspecto decadente de los años 20, a la ciudad de los niños perdidos de  Jeunet y Carot . Incluso podemos intuir alguna reminiscencia del caos urbano de Blade Runner si quitamos las capas tecnificadas de la cinta de Scott. Los personajes no pueden ser ajenos a ese ambiente de serie detectivesca, disfrazados de arquetipos propios del género. Héroe en gabardina, un tanto melancólico y víctima de su aciago destino; un detective de libro, metódico y obsesivo, solitario, adicto al trabajo. Jennifer Connelly enamora en su papel de Fenme Fatale, carcomida por la culpa, mezcla de inocencia y deseo, con una de esas miradas que derriten hasta las nieves del Kilimanjaro. Personajes que en un principio parecen forzados, demasiado evidentes. Da la sensación de que los hemos visto mil y una veces en esos clásicos de los años 40. Pero todo cambia cuando se dan cuenta de la verdad detrás de cada uno de sus actos: actúan porque su papel viene impuesto por las necesidades de los Ocultos. En la búsqueda de la individualidad, esta raza escribe el guión de una nueva película cada noche.

Estos Ocultos son, precisamente, otro de los aciertos visuales de la película. De aspecto vampírico, recuerdan al conde Orlot de Nosferatu. Inquietantes, terribles y trágicos.

El ritmo de la película es frenético, pero es que no queda más remedio que pisar el acelerador cuando has mostrado tus cartas desde el minuto uno. La película renuncia al efecto sorpresa, así que imprime a la acción un estilo trepidante deudor del Hitchcock más dinámico, pero con elementos sobrenaturales que le separan diametralmente del cine del director de Vértigo. Ese, quizá, es uno de los problemas de la película. Una voz en off explica en menos de 40 segundos todo lo que se oculta tras Dark City. Te queda el poderío visual y algún que otro giro efectista para sostener tu película, y sacrificas quizá un ritmo más pausado. No puedes dormirte, porque todo el mundo sabe lo que pasa, el espectador parte con ventaja respecto a los personajes protagonistas. Quizá la película pide en algunos momentos un desarrollo más pausado, pero no da a lugar en cuanto a que no tienes excusa para desviar la atención cuando ya has mostrado tu jugada.

De hecho, existe una versión del director, en el que se extienden algunas escenas y se elimina la voz en Off. Proyas pasó por el aro en un principio, ya que los productores consideraban la trama un tanto confusa, y pidieron al director que nos aclarase demasiadas cosas demasiado pronto. Aun así, la película se sostiene gracias a la tensión heredera del Thriller más atosigante.

Proyas se comió sin guarnición su propuesta. La taquilla no funcionó. La película era diferente, pero tampoco saciaba al artista, cuando la productora mutiló su idea original en más de un aspecto. Quedar como cineasta de culto es muy bonito desde cierto punto de vista romántico, pero hay que pagar las facturas. En entonces cuando Proyas aceptó proyectos mucho más lucrativos, pero bastante más decepcionantes: entre otras, la muy fallida Yo robot, o ese espanto con tufillo cienciológico llamado Señales del futuro. Remata la jugada con su insufrible ultima película, todo un insulto a la inteligencia con aires míticos llamado Dioses de Egipto

Dark City

Para más inri, un año después, se estrenaba Matrix. La hermana cara y de diseño de esta película. Con tantas similitudes como puntos diferentes. Comparten esa idea de ciencia ficción al servicio de la historia, aunque los fuegos artificiales de Matrix, con sus abrigos de diseño y su Kung fu de circo, eran mucho más poderosos que la modesta recreación neo noir de Proyas.

El mesa pasado, en esta misma revista, dimos un paseo por las prisiones virtuales y los engaños tecnológicos de la ciencia ficción. Muchos echarían de menos en el recorrido a esta pequeña gran película, y, por supuesto, la omisión fue intencionada. Creo que se merecía algo más que un comentario breve en un artículo tan extenso.

Es un buen momento para recuperar esta película. Llueve. La ciudad parece mecida por la melancolía absurda del otoño. La realidad que nos rodea es poco menos que nefasta, todo parece un plan urdido por oscuras manos que mueven las marionetas en la sombra. Quizá, queridos lectores, ha llegado el momento de que hagamos las preguntas adecuadas. Quizá, es hora de que pensemos en quienes somos, que escondemos, que queremos. Quizá, tengamos miedo de las respuestas.

Nos vemos en el mañana, si es que podemos recordar el ayer.

Ficha técnica:

Dark City ,  EUA, 1998.

Dirección: Alex proyas
Duración: 100 minutos
Guion: Alex Proyas, Lem Dobbs, David S. Goyer
Producción: New Line Cinema
Fotografía: Dariusz Wolski
Música: Trevor Jones
Reparto: Rufus Sewell, Kiefer Sutherland, William Hurt, Jennifer Connelly, Richard O'Brien, Ian Richardson, Colin Friels, Melissa George

Una respuesta a “Dark City”

  1. Una obra buenisima; en aquellos años previos al fin del milenio… mucho muy preferible a Matrix, más semejante a Gattaca en recrear esos ambientes donde la claustrofobia se disfraza de multitud; falta cine así actualmente, realmente faltan mucho de los 90: 12 monos por ejemplo… Propuestas como «Interestelar» se enfocan tanto en lo cuantico que suelen aburrir en extremo y pues para los jovenes de ahora resulta que es lo máximo… Sin embargo, peliculas ignoradas como Dark City o «LA Confidential» (disculpen si hago viraje a otro genero, aunque en ese entonces yo era «un joven de entonces»; ahora soy «un joven de ahora «jeje) cada vez demuestran más que más allá de los algoritmos tridimensionales de los efectos especiales lo realmente importante es la vinculación de los guiones con las motivaciones humanas…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.