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Huellas en el aire

Del mismo modo que la vida, que fluye y se transforma continuamente y ofrece a cada persona la posibilidad de sentir y llenar cada momento de un modo propio, una película verdadera, con un tiempo fijado con precisión en el celuloide, pero que fluye por encima de los límites del plano, vive en el tiempo solo cuando el tiempo a la vez vive en ella. La especificidad del cine radica precisamente en las peculiaridades de ese proceso recíproco.
Andrei Tarkovski

La cita inicial del autor de La infancia de Iván (1962), Solaris (1972) y El sacrificio (1986), nos acerca a su concepción sobre el cine y el tiempo. De igual manera, otro gran cineasta –por citar solo alguno–, Robert Bresson, recordado por Un condenado a muerte se escapa (1956) y El proceso de Juana de Arco (1962), se refirió a la cualidad del cine para narrar en imágenes, registrando el aspecto temporal. “Escribir con ese aparato, al que llamo cinematógrafo, permite grabar trozos de tiempo y espacio”.

Antes del amanecer

Influido por dichos autores, el realizador estadounidense Richard Linklater, uno de los grandes referentes del cine independiente contemporáneo, se abocó a lo largo de su carrera a filmar el tiempo,  uno de los tópicos que se destacan desde su primera película, It’s Impossible to Learn to Plow by Reading Books (1988). A partir de entonces y motivado a captar los cambios de sus personajes a lo largo de la vida, su mirada buscó orientarse hacia un aspecto más trascendental de la existencia y el vínculo con el otro, a partir de cómo se relacionan y se conectan a través del espacio temporal y desde dónde transitan su experiencia de “ser en el mundo”.

¿Cómo se percibe el tiempo que habitamos? ¿Cuánto influye nuestra finitud para valorar cada instante? ¿Por qué el tiempo se vuelve por momentos efímero y en otros parece eterno? ¿El tiempo de otro es distinto al mío? La oportunidad de plantear estos interrogantes y tras una vivencia personal que marcó su vida, Linklater decide filmar una de las películas más icónicas del cine romántico, Antes del amanecer (Before Sunrise, 1995) que, no solo dejó su huella en el género, sino que dio inicio a la trilogía de Before, completada con Antes del atardecer (Before Sunset, 2004) y Antes de la medianoche (Before Midnight, 2013), interpretadas por Ethan Hawke y Julie Delpy, a quienes veremos reunidos cada nueve años en pantalla y durante los dieciocho años donde los vimos crecer.

Si el tiempo implica movimiento y duración, qué mejor que un viaje en tren como punto de partida para una historia minimalista y cotidiana sobre dos jóvenes de distinta procedencia: Jesse (Ethan Hawke) es estadounidense y Céline (Julie Delpy), francesa. Ambos viajan en el mismo vagón de Budapest a París. Durante el recorrido, se descubren mientras leen, comienzan a hablar y a compartir sus vivencias. La atracción es recíproca y la intensidad de sus diálogos se profundiza y los conecta desde lo humano y lo existencial. Cuando Jesse debe bajar en Viena para tomar su vuelo de regreso a los Estados Unidos, no quiere separarse de ella y le pide que lo acompañe hasta la mañana siguiente. Céline no duda y lo sigue para prolongar el deseo de estar juntos. Desde entonces, el espectador acompañará el recorrido incansable por las calles y lugares de Viena, una ciudad que será testigo de sus miradas y del amor incipiente que crecerá a través de las horas. La llegada del amanecer será el límite del que disponen. Antes de partir, ambos hacen la promesa de reencontrarse dentro de seis meses en el mismo andén donde se despiden.

Julie Delpi y Ethan Hawke

La encantadora historia de Jesse y Celine se basó en una experiencia real del director siendo joven, durante un viaje a Filadelfia en 1989. Al entrar en una librería conoció a una chica de 20 años llamada Amy Lehrhaupt. Comenzaron a hablar, luego salieron y compartieron el resto del día. La química entre ellos fue sorpresiva y despertó un sentimiento como nunca antes habían tenido. Al despedirse se intercambiaron los teléfonos, pero al poco tiempo terminaron perdiendo el contacto. Él siempre la buscó y no tuvo forma de hallarla. La esencia de aquel sentimiento y el deseo inconcluso lo motivó a hacer la película.

Si bien la idea original fue escrita por Linklater, la mirada femenina de su coguionista, la actriz Kim Krizan, quien trabajó en sus películas Slacker (1991) y Rebeldes y confundidos (1994), le aportó mayor riqueza a los perfiles de los personajes provenientes de culturas muy distintas, generando un mayor balance en los diálogos, como en la postura frente al mundo que comparten entre sí.

“Jesse y Cèline hablarán sobre los cambios de la vida, sobre los tiempos en los que vivimos –comenta Linklater en una entrevista a la revista Sight & Sound–, sobre qué es ser una persona, cómo cambia físicamente, cómo cambia mentalmente y cómo aún eres la misma persona, pero a la vez, no”.

Ante la premura del tiempo que los presiona y el afán de conocerse antes del amanecer, la verborragia de los protagonistas nos recuerda a los personajes del cine de Eric Rohmer, otro de los referentes franceses del director norteamericano, dado que la trama descansa más en la palabra que en la acción; de esa manera, la importancia de lo que se expresa en los diálogos se volverá tan importante como lo que hacen los protagonistas y con quienes interactúan a medida que caminan. Recordemos la escena de la gitana que lee el futuro en las líneas de la mano o el poeta que, a partir de una palabra inspiradora, les escribe un poema de David Jewell, donde el tiempo vuelve a ser protagonista.

(…) Sabes de donde vengo
No sabemos adónde vamos
Alojados en la vida
como ramas en un río atrapadas por la corriente.
Te llevo
Me llevas (…)*

El factor poético se hace presente en una puesta en escena donde la libertad expresiva de los planos secuencia acompañan el recorrido errante de los jóvenes durante el día y la noche, con la fluidez de una cámara que capta el devenir del tiempo y de la vida que acontece frente a ella. Linklater también opta por contener a sus protagonistas a través de planos fijos y delicados encuadres como si deseara mantenerlos allí para siempre y perpetuar su carácter transitorio.

—Tomame una foto con los ojos —dice Jesse a Céline, y se miran durante un minuto.

La escena combina el tiempo fílmico con el tiempo real de la mirada, bajo una ternura abrumadora. El deseo de registrar ese momento efímero para siempre y de formar una imagen del otro que perdure en la memoria es, esencialmente, la expresión del cine y del proceso recíproco del que hablaba Tarkovsky.

Before Sunrise

Otro aspecto interesante de la película es la relación que se establece entre el tiempo y el espacio. Rodada en su mayor parte en exteriores, la ciudad no se destaca por sí misma, ni los sitios serán los mismos antes y después de haber sido ocupados por Jesse y Céline. Ellos resignifican las locaciones que atraviesan o en las que permanecen, como la plaza, el café, el cementerio o el puente, que funcionan como testigos de la progresión de sus sentimientos.

Hacia el final, cuando ambos dejan la ciudad, el realizador vuelve a mostrar los mismos sitios donde estuvieron en otro tiempo, y ahora están vacíos y deshabitados por los jóvenes amantes. Sin embargo, sus huellas se perciben en cada uno de los lugares testigos de su amor, mientras el presente transcurre en busca de un próximo encuentro.

 

Fuentes bibliográficas:

Tarkovksi, Andrei: en Esculpir en el tiempo. Ediciones RIALP S.A., Madrid. 1991.

Bresson, Robert: en Notas sobre el Cinematógrafo. Ardora Ediciones, Madrid. 1997.

*Extracto del poema: Delusion angel, de David Jewell

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