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Historia de un proceso

Boyhood, historia de un proceso plano

Boyhood (Richard Linklater, 2014) se filmó en 39 días durante 12 años, lo que permitió indagar en los procesos de cambio desde una coherencia que, aun estando ante la ficción, otorgó un aval a la posibilidad de identificación con los roles preestablecidos en el rodaje. El paso del tiempo opera como herramienta fundamental acompasado por transformaciones reales. Los intérpretes se posicionan de cara a diferentes modos de comprensión, acordes a las alternancias propias de las distintas etapas de la vida.

Entonces, tenemos dos recorridos temporales fundamentales, diría que esenciales, a la necesidad de un resultado de primera mano, y su contundencia desde la preparación que la propia vida da. El tiempo diegético se aúna a los procesos vitales para obrar de forma mancomunada en función de una mayor adhesión a la realidad. Los sucesos operan a modo de teoría desprendida de la evolución natural. Nos referimos a un enfoque teórico como forma de establecer diferencias entre ficción y realidad. Lo que toca a la experiencia humana, con su concomitante transformación puesta en relación al artificio del que pretende dar cuenta, termina siendo versión de primera mano, frente al proceso evolutivo en determinada cultura. La ficción, nunca deja de ser una versión, aunque, en este caso, sufre una más directa impronta de apego a la realidad: la implicancia de los protagonistas desde sus procesos vitales.

Linklater no necesita de artilugios que señalen el paso del tiempo, la imagen de los protagonistas es suficiente, los cambios físicos se notan, se vuelven llamativos, pero no desde la sorpresa, sino desde un reconocimiento intrigante teñido del natural asombro producido en lo cotidiano.

Boyhood, historia de un proceso escena

Observamos cómo una persona cambia en poco tiempo. No hay flashbacks ni flashforwards que intenten orientar hacia la idea de saltos temporales, no son necesarios desde el momento en que los actores siempre son los mismos, y transitan por un tiempo gradual que sostiene cambios reales. Una cuestión que resuena, desde la obviedad de la percepción, asociada a la lógica de nuestras cotidianas vivencias familiares. Tanto en relación a nuestro contexto de vínculos afectivo inmediatos, como a las experiencias sociales, las diferencias se notan.

Boyhood está dividido en etapas, como tales, imperceptibles, pero reconocibles desde transiciones sobreentendidas; graduales cambios fisonómicos son apreciados en medio de situaciones y circunstancias típicas de tránsito hacia la adolescencia. La película es eso, un recorrido desde la niñez, que se detiene en diversos y breves mojones a modo de puntualización de momentos de pasaje reconocibles por la cultura en una familia de clase media estadounidense.

El desplazamiento temporal engloba toda una situación social familiar apuntalada en el eje de las fases del desarrollo representadas en los inicialmente niños, que luego pasaran a ser muchachos. El foco estará puesto en Mason-hijo. Los rituales son presencia activa en la señalización del camino, proporcionan el empuje necesario hacia una historia de cambios que deben ser, más que delimitados, suavizados a manera de tránsito procesual que, si bien reconoce puntos clave de pasaje, no se nutre de ellos en forma permanente.

La dosificación es clave, evita movimientos bruscos de pasaje que expresarían una artificialidad innecesaria, con la consecuente pérdida de realismo que impediría la correcta identificación del espectador. Una pérdida de familiaridad que desarticularía los contenidos volviéndolos irreconocibles desde la experiencia cotidiana.

El relato se va a cortar en un punto, no en función de una historia específica, sino de una etapa determinada del desarrollo, es lo que interesa mostrar; es el vehículo que posibilita el tránsito comprendido entre dos puntos situados entre niñez y adolescencia. El objetivo es claro, no es la historia de Mason-hijo y su familia, sino el proceso de desarrollo del individuo tipo de clase media en una cultura determinada. Una visión que pretende ser compartida, el ofrecimiento de un punto de vista, impregnado de cotidianeidad, intenta obtener el reconocimiento del público, en tanto partícipe de una identidad cultural que posibilita el “consenso”, una identificación por repetición en la vivencia de los puntos básicos del trayecto.

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No obstante estas puntualizaciones, la labor de Linklater no deja de proyectarse a modo de teoría, por la sencilla razón de que todo filme involucra un punto de vista, aproximaciones desde una visión ideológica. Claro está, se puede dar más o menos en el clavo, en este caso, la propuesta es exitosa, la expresión logra confundirse de buena manera con los procesos y costumbres propias de un específico estilo de funcionamiento social de clase en una nación.

El término ideológico lo usamos en la línea de lo que sería un sistema de ideas personal, no necesariamente basado en teorías o corrientes sociales de pensamiento específicas para algún colectivo en particular. Es lo que aporta el cineasta desde su subjetividad en conexión a su lugar de origen que, en este caso, lo hace partícipe del pensamiento común a la sociedad de referencia. En este sentido, se convertiría en, algo así como, una teoría personal acorde a sus esquemas subjetivos. La facilitación provendrá de las participaciones desde la vida propia, los personajes serán encarnados por personas que, al menos en algunos aspectos, vienen experimentando los procesos en cuestión, con lo que podrán insuflar adecuadas dosis de realismo a la obra.

De este modo, la propuesta es validada por el paso del tiempo sin que sea necesario intercambiar edades con actores distanciados del proceso y, por tanto, de la intención de llegada en tiempo “real”, considerada acorde al reflejo del accionar de generaciones específicas, no muy distanciadas del presente cultural de los Estados Unidos, y, también podríamos decir, de la sociedad occidental contemporánea.

Otra dimensión del análisis nos sitúa en el tiempo asociado a constantes que contrastan con construcciones de lo nuevo, todo siempre en función de conceptualizaciones atinentes a lo evolutivo. Los padres se repiten en perfiles prefijados, mientras los niños despliegan condiciones y características potenciales, aun no sabidas. Lo temporal es tanto configurador de novedades, como constatador de regularidades prefijadas, perfiles definidos de antemano que se redefinen en comportamientos característicos. Una impronta con pequeñas variaciones se traduce en la sabiduría desde un pretendido aprendizaje trasmitido a los hijos sin la necesariedad del cambio propio. En parte, por la fijeza de comportamientos adquiridos, y, porque también, el tiempo no regresa, solo circula hacia adelante, lógica que obliga al propio escrutinio, de retorno a un pasado que retrotrae a experiencias semejantes, pero invertidas. Los padres intentarán orientar a los hijos desde el chequeo de su propia adolescencia en relación a su posterior tránsito vital. El resultado será una particular modalidad vincular atravesada por el transcurso del tiempo como generador de necesarias oportunidades vitales.

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