Críticas

Vivir cada día

Historias del buen valle

José Luis Guerín. España, 2025.

En Historias del buen valle (2025, España), José Luis Guerín retoma la senda que ya había trazado con En construcción (2001, España) para reafirmar una de las cualidades más singulares de su cine: esa capacidad poco común de no limitarse a mirar la realidad, sino de escucharla con una atención casi íntima. En esa escucha —paciente, respetuosa, profundamente humana— encuentra el pulso de Vallbona, un barrio aparentemente aislado por infraestructuras y márgenes urbanos en la periferia de Barcelona, pero sorprendentemente abierto en su tejido humano, en su diversidad y en la manera en que sus habitantes se apropian del espacio para convertirlo en hogar.

La película, reconocida en el Festival de San Sebastián, se abre con una serie de imágenes en blanco y negro que parecen situarse en un territorio previo a la palabra. No es solo una elección estética: es una declaración de intenciones. Guerín nos invita a entrar en un espacio donde la memoria todavía no se ha verbalizado, donde los gestos, los silencios y las miradas poseen una densidad expresiva que antecede al relato articulado. Hay en estos primeros minutos una cualidad casi táctil, como si el espectador pudiera palpar la textura de las vidas que se despliegan ante la cámara. Rostros que se detienen, ojos que buscan, pausas que contienen más significado que cualquier discurso explícito.

Uno de los hallazgos más delicados del film es su planteamiento inicial: un casting poco convencional en el que los propios vecinos —niños, adultos, ancianos, recién llegados— responden a una pregunta sencilla pero reveladora: por qué desean formar parte de la película. Esta invitación, lejos de imponer una estructura rígida, abre un espacio de libertad donde la espontaneidad emerge con una naturalidad desarmante. No hay artificio ni impostación; lo que aparece es una verdad pequeña, cotidiana, pero profundamente significativa. Cada respuesta es un fragmento de identidad, una puerta de entrada a historias que, sin necesidad de dramatización, logran sostener el tejido emocional de la obra.

A partir de este dispositivo, Vallbona se configura como un mosaico humano en constante transformación. Guerín no construye un retrato homogéneo ni simplificado; al contrario, se detiene en la convivencia de generaciones y procedencias diversas. Conviven quienes han habitado el barrio durante décadas con quienes llegaron desde otras regiones de España en busca de oportunidades, y con aquellos que, en tiempos más recientes, han migrado desde otros países. Sin recurrir a discursos explícitos o a categorías rígidas, la película deja ver cómo estas trayectorias vitales se entrelazan de manera orgánica.

Lejos de representar la migración como un foco de conflicto, el director la aborda como una corriente vital que reconfigura el espacio común. Las diferencias culturales no se presentan como fricciones inevitables, sino como elementos de enriquecimiento mutuo. En los gestos cotidianos, en las conversaciones casuales, en la manera en que los cuerpos ocupan el espacio, se percibe una construcción compartida del barrio. Vallbona no es solo un lugar geográfico: es un territorio simbólico donde las identidades se negocian, se transforman y se reconocen unas a otras.

A medida que avanza el metraje, la película adquiere una dimensión más reflexiva. Sin abandonar la ternura que impregna sus primeras escenas, Guerín introduce una meditación sutil sobre el paso del tiempo. Las voces que al inicio se presentan con frescura comienzan a resonar con un eco distinto: el de la experiencia acumulada, el de los sueños que han tomado forma —o que han mutado— con los años. Quienes llegaron al barrio con la esperanza de construir un futuro se encuentran ahora en una posición distinta, observando cómo ese futuro se despliega de maneras imprevistas.

En este punto, emerge una melancolía luminosa que atraviesa el film sin oscurecerlo. No se trata de una nostalgia paralizante, sino de una conciencia serena del tiempo vivido. Cada testimonio parece convertirse en una ofrenda al espectador: una pequeña pieza de memoria que se comparte no para fijar el pasado, sino para comprender el presente. Hay orgullo en esas historias, pero también una cierta fragilidad, una aceptación de que todo lo construido está sujeto al cambio.

El gran logro de Historias del buen valle reside en su capacidad para articular, a partir de fragmentos aparentemente mínimos, una experiencia colectiva compleja. Guerín no impone una narrativa central ni busca un clímax evidente; su apuesta es otra: permitir que las historias se acumulen, que dialoguen entre sí, que construyan un tejido donde cada hilo, por fino que sea, tiene su lugar. En esa acumulación de voces, el barrio deja de ser un simple escenario para convertirse en un sujeto que se narra a sí mismo.

Así, la película se sitúa en un territorio fronterizo entre el documental y la poesía, entre la observación y la participación. La cámara no invade, no juzga, no dirige en exceso; se mantiene en una posición de escucha activa que otorga dignidad a cada relato. Esta ética de la mirada —o, más precisamente, de la escucha— es lo que dota a la obra de su profundidad y su coherencia.

En última instancia, Guerín firma una película delicada y honesta, donde lo cotidiano adquiere una resonancia universal. Historias del buen valle no necesita grandes acontecimientos para conmover: le basta con atender a las pequeñas historias, a los gestos mínimos, a las voces que, en su aparente insignificancia, contienen una verdad compartida. En ese gesto, tan sencillo como profundamente humano, la película encuentra su verdadera fuerza: recordarnos que todo lugar, por periférico que parezca, está lleno de vidas que merecen ser escuchadas.

Tráiler de la película:

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Ficha técnica:

Historias del buen valle ,  España, 2025.

Dirección: José Luis Guerín
Duración: 122 minutos
Guion: José Luis Guerín
Producción: Coproducción España-Francia; Los Ilusos Films, Perspective Films, 3Cat
Fotografía: Alicia Almiñana
Música: Anahit Simonian
Reparto: Reparto coral. Vecinos del barrio de Vallbona (Barcelona)

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