Críticas
Un color para la diversidad
El chico de los pantalones rosas
Il ragazzo dai pantaloni rosa. Margherita Ferri. Italia, 2025.
La película El chico de los pantalones rosas (Il ragazzo dai pantaloni rosa, Italia, 2025) dirigida por Margherita Ferri, cineasta proveniente del formato televisivo, se inscribe en esa tradición del cine social que apuesta por la emoción contenida y el compromiso ético sin caer en el subrayado excesivo. Inspirada en hechos reales, la obra articula un relato íntimo y doloroso sobre el acoso escolar, el desprecio y la violencia simbólica que puede ejercer un entorno aparentemente cotidiano.
Desde su arranque —el nacimiento del protagonista en 1997— la película adopta una voz en off que acompaña todo el metraje y que se convierte en el hilo conductor de una memoria fragmentada. Andrea (Samuele Carrino), el joven protagonista, reconstruye su propia historia con una sensibilidad que desarma, permitiendo al espectador adentrarse en su universo emocional: un espacio marcado por la fragilidad, pero también por una ternura persistente. Sin duda uno de los elementos puntales de este relato introspectivo, que nace como una confesión surgida de las entrañas más sensibles, es la envolvente y dúctil interpretación de Samuele Carrino.

Uno de los aciertos más notables del filme reside en su capacidad para entrelazar lo íntimo y lo social. El conflicto familiar —unos padres enfrentados, una separación latente— no es sino el primer eslabón de una cadena de tensiones que se amplifican en el entorno escolar. Es, precisamente, en el instituto donde la película encuentra su núcleo dramático: un microcosmos donde se manifiestan con crudeza los mecanismos del bullying, el hostigamiento y la humillación.
Situaciones como las que tienen lugar en los intramuros del centro educativo, paradigma de la enseñanza, el buen comportamiento y recinto donde se aprende una formación pero también un respeto hacia los demás, aunque sean diferentes, hemos visto muchos títulos con rasgos homofóbicos y actitudes violentas. La denuncia subyace pero los profesores permanecen al margen, no son relevantes y forman un coro de fondo. Para paliar el linchamiento, que el joven e ingenuo Andrea no logra advertir, está su madre, a la que da vida la actriz Claudia Pandolfi. Una mujer perspicaz y sutil que lejos de inculcar ideas confusas, atiende la inclinación sexual de su hijo con una mente abierta y el cariño más encendido que quepa imaginar. Aquí se intuyen gestos modernos, más de hoy en día, poniendo los puntos sobre las íes y estableciendo un código de aceptación digno de valorar.

En esa línea y referido también al contexto del marco ambiental del colegio emerge la figura de Sara (Sara Ciocca), contrapunto luminoso interpretado como una joven de carácter firme y lealtad inquebrantable. Su relación con Andrea, tejida desde la complicidad y el afecto, aporta al relato un necesario respiro. Ambos comparten, además, una cinefilia que funciona como refugio emocional; no es casual la evocación de Jules et Jim (Francia, 1962) de François Truffaut, cuya presencia actúa como guiño intertextual y como espejo de una sensibilidad generacional.
Pero el punto de inflexión llega con la aparición de Christian (Andrea Arru), arquetipo del “macho alfa” cuya ambigüedad inicial despierta en Andrea una ilusión afectiva que pronto se revelará devastadora. La escena del vestuario —resuelta con sobriedad y una notable economía de recursos expresivos— marca un antes y un después: el gesto espontáneo de Andrea, un beso cargado de inocencia, será el detonante de una espiral de violencia que culmina en una de las secuencias más duras del filme, una humillación colectiva que deja al descubierto la crueldad del grupo.

En este sentido, el episodio de los pantalones —ese rosa accidental surgido tras el desteñido— adquiere un valor simbólico de gran potencia. Más allá de su asociación con la identidad LGTBI, el color se convierte en estigma, en marca visible de la diferencia que la comunidad rechaza. Ferri maneja este elemento con delicadeza, evitando el didactismo y confiando en la inteligencia del espectador.
Formalmente, la directora opta por una puesta en escena sobria, casi invisible, que rehúye el artificio para centrarse en los personajes y en sus emociones. No hay alardes estilísticos, pero sí una narrativa eficaz, de corte clásico, que sostiene el peso del drama con solvencia. En ese recorrido, resulta especialmente significativa la presencia de la madre, Teresa, auténtico pilar afectivo del protagonista: su figura encarna la resistencia frente a la intolerancia y aporta una dimensión profundamente humana al relato.

El chico de los pantalones rosas es, en definitiva, una película que conmueve sin manipular, que denuncia sin estridencias y que interpela al espectador desde una honestidad poco frecuente. En tiempos donde el cine social corre el riesgo de diluirse en consignas, la obra de Ferri reivindica el poder de las historias bien contadas: aquellas que, sin levantar la voz, logran instalarse en la conciencia y permanecer allí, incómodas y necesarias.
Tráiler de la película:
Ficha técnica:
El chico de los pantalones rosas (Il ragazzo dai pantaloni rosa), Italia, 2025.Dirección: Margherita Ferri
Duración: 114 minutos
Guion: Roberto Proia
Producción: Eagle pictures
Fotografía: Martina Cocco
Música: Francesco Cerasi
Reparto: Claudia Pandolfi, Samuele Carrino, Sara Ciocca, Andrea Arru y Corrado Fortuna

