Críticas

Liberación personal y tensiones morales

Brillante porvenir

Vicente Aranda. España, 1965.

Tenía ganas y por fin lo he conseguido esta tarde ver por primera vez la película inaugural de la filmografía del cineasta Vicente Aranda. Brillante porvenir (España, 1965) es un estupendo retrato de un intruso don nadie en los círculos viciosos de la élite constructora y empresaria burguesa catalana. La pieza está codirigida con el estudioso, analistas, historiador y experto en cine, Román Gubern, una de las voces narrativas más sabias y docentes en la materia formativa y didáctica. Siempre es interesante escucharle y, especialmente, leer su majestuoso tratado acerca de la Historia del Cine en un volumen que considero de cabecera para todo el que frecuente de alguna manera la faceta de comentarista cinematográfico. Como coguionista aparece la figura del arquitecto Ricardo Bofill que, en un principio, iba a ser el encargado de ponerse detrás de la cámara. Esa misión recayó en Aranda, por petición de Bofill pero con la condición que utilizara Gubern por un problema/exigencia de credenciales o méritos para encargarse de la tarea. El único fastidio del visionado que acabo de concluir es la copia. Una copia que la he sacado del subsuelo. La he rescatado del submundo de la globoesfera y su calidad, por llamarla de alguna manera, era infame y cutre. Aún así me he armado de valor, más del que cabía imaginar, y he visionado sus 90 minutos sin protestar y con la sensación de decirme a mí mismo; «Y si hubiese tenido una copia mejor…». Pues hubiese disfrutado el doble. Que le vamos a hacer.

Brillante porvenir, ópera prima de Vicente Aranda, se inscribe de lleno en la llamada Escuela de Barcelona, no solo por su contexto de producción, sino por su voluntad de retratar una realidad urbana emergente, moderna y contradictoria. La película funciona como un fresco generacional donde se cruzan el deseo de ascenso social, la liberación personal y las tensiones morales de la España de los años sesenta.

Desde su arranque —con esa voz en off del protagonista, Antonio (interpretado por Germán Cobos)— la película establece un tono melancólico y existencial. Antonio es un hombre atrapado en una rutina gris y asfixiante, un administrativo cuya vida parece destinada a la monotonía. Sin embargo, el traslado a Barcelona actúa como catalizador narrativo: la ciudad aparece como un espacio de promesas, apertura y transformación.

El contraste entre la provincia y la Barcelona cosmopolita está trazado con claridad. En este nuevo entorno, Antonio, entra en contacto con una vida más libre y hedonista de la mano de Lorenzo (Arturo López), un descastado compañero de trabajo y bien relacionado con la gente de poder y pasta, quien lo introduce en el ocio nocturno, el alcohol y una sociabilidad más despreocupada. Este tránsito “de la nada al todo” no solo redefine su estilo de vida, sino también su relación con el deseo y con las mujeres, especialmente Carmen (Josefina Güell) y, sobre todo, Montse (Serena Vergano), figura clave en su despertar emocional.

Uno de los grandes aciertos del filme es su capacidad para capturar el ambiente social a través de detalles aparentemente cotidianos. El vecino López (José María Angelat), empresario enriquecido rápidamente, introduce una dimensión simbólica muy sugerente. Sus fiestas —excesivas, luminosas, casi irreales— evocan inevitablemente el universo de F. Scott Fitzgerald y su novela El gran Gatsby, o por lo menos me lo parece a mi, salvando las distancias, claro. A mi modo de ver, Aranda parece dialogar con ese imaginario de riqueza ostentosa y vacío moral, trasladándolo a la burguesía emergente de la costa barcelonesa. Con algo de descaro y frivolidad, que se agradece en aquellos todavía oscuros tiempos.

Formalmente, el blanco y negro refuerza el tono entre documental y poético, acentuando tanto la belleza como la alienación de los espacios urbanos y costeros. La puesta en escena, de corte costumbrista y naturalista, busca capturar una realidad en transformación, donde conviven la tradición y la modernidad.

Sin embargo, más allá de su valor como retrato social, Brillante porvenir destaca por su dimensión simbólica. El viaje de Antonio no es solo geográfico, sino también interior: un proceso de toma de conciencia que culmina en su rechazo tanto del poder como de la dependencia emocional. Su decisión final —rechazar la propuesta de Montse y optar por la independencia— puede leerse como una afirmación de libertad individual frente a las distintas formas de sometimiento, incluidas las afectivas y sexuales.

Es cierto que la película no alcanza todavía la complejidad formal ni la audacia narrativa de obras posteriores de Aranda como Fata Morgana, por poner un ejemplo cercano al título que reseño, pero sí posee un valor fundamental como testimonio de una época. Refleja una España que comienza a abrirse, a cuestionar los códigos del nacionalcatolicismo y a explorar nuevas formas de identidad personal y social.

En definitiva, Brillante porvenir es una obra primeriza pero significativa: un retrato honesto y sugerente de una generación en tránsito, y un primer paso sólido en la trayectoria de uno de los cineastas más importantes del cine español contemporáneo, a pesar de sus tumbos, giros y discutibles últimas obras.

Comparte este contenido:

Ficha técnica:

Brillante porvenir ,  España, 1965.

Dirección: Vicente Aranda
Duración: 93 minutos
Guion: Vicente Aranda, Víctor Auz, Ricardo Bofill, Román Gubern. Historia: Vicente Aranda, Román Gubern
Producción: Buch, Buch-San Juan, Sanjuán
Fotografía: Aurelio G. Larraya
Música: Francisco Martínez Tudó
Reparto: Germán Cobos, Serena Vergano, Josefina Güell, Arturo López, José María Angelat

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.