Críticas

La inocencia bajo el hielo

El coro de Praga

Sbormist. Ondřej Provazník. República Checa, 2025.

Resulta terrible y demoledor asistir a la confirmación de un hecho vergonzoso e inadmisible que se ve venir en la película de producción checa que acabo de ver. Es de esas películas que los hechos se adivinan y avanzan con ambiguo estilo hacia la tragedia con pasos tan silenciosos que, cuando llega el golpe definitivo, el espectador comprende que las señales estaban ahí desde el principio. El coro de Praga (Sbormistr, República Checa, 2025) primer largometraje en solitario escrito y dirigido por el checo Ondřej Provazník y presentado en la competición del Festival de Karlovy Vary, pertenece a esa estirpe. Bajo la apariencia inicial de un drama juvenil de resonancias musicales, la película va construyendo una atmósfera de creciente incomodidad hasta desembocar en un retrato devastador sobre el abuso de poder y la destrucción de la inocencia.

La historia se sitúa en la década de los ochenta y gira alrededor de un prestigioso coro femenino dirigido por Vítek, interpretado por Jura Loj, un profesor que ha reunido un extraordinario conjunto de voces con el propósito de emprender una gira por Estados Unidos. Entre las integrantes aparecen dos hermanas, Lucie y Karolina, encarnadas respectivamente por Muya Kintea y una magnífica Katerina Falbrová. Karolina tiene apenas trece años y posee una voz de soprano excepcional. Su talento la convierte rápidamente en una pieza codiciada dentro del grupo, hasta el punto de ascender desde la sección B al núcleo principal del coro.

Provazník construye inicialmente un universo casi luminoso: las chicas ensayan, compiten, bromean y viven esa mezcla de camaradería, rivalidad y despertar sentimental propia de la adolescencia. Vítek es el único hombre de relevancia dentro de ese microcosmos y, precisamente por ello, concentra buena parte de las fantasías de las jóvenes. La película, sin embargo, introduce desde muy pronto elementos que resquebrajan esa aparente normalidad. El profesor observa demasiado, invade espacios que deberían ser privados y utiliza su autoridad para establecer una relación de dependencia con sus alumnas.

El retiro invernal en la montaña es especialmente revelador. La nieve, el frío y el aislamiento funcionan casi como personajes adicionales, creando una sensación de encierro bajo una superficie idílica. Karolina, todavía demasiado ingenua para comprender las reglas de ese mundo, se convierte progresivamente en objeto de atención preferente de Vítek. Su hermana, consciente de esa fascinación y también de la competencia que genera el talento de Karolina, reacciona con una mezcla de celos, protección y crueldad adolescente.

La película alcanza su punto más perturbador durante la estancia del coro en Nueva York. Provazník filma el abuso sexual sin convertirlo en un espectáculo: la cámara permanece prácticamente inmóvil y obliga al espectador a enfrentarse a la escena desde la distancia. Al fondo, unos dibujos animados proyectados en una pantalla introducen una imagen de desconcertante inocencia mientras, en primer término, se consuma la agresión. Esa decisión formal resulta especialmente contundente porque evita cualquier subrayado sentimental y deja que el horror nazca de la contradicción entre lo que vemos y la aparente normalidad de la puesta en escena.

El consentimiento de Karolina aparece deliberadamente contaminado por la relación de poder. No existe una verdadera libertad de elección cuando quien se aproxima es un adulto que ocupa una posición de autoridad y ha ido construyendo previamente una relación de fascinación y dependencia. Provazník entiende que el abuso no siempre adopta la forma evidente de la violencia física: también puede avanzar mediante la manipulación, la seducción, el silencio y la utilización perversa de la confianza.

Ahí reside la mayor virtud de El coro de Praga. La película no necesita convertir a Vítek en una caricatura del depredador; basta con mostrar cómo utiliza su posición y cómo el entorno tarda en percibir aquello que está ocurriendo. La posterior reacción de Karolina, incapaz de verbalizar completamente lo sucedido pero sí capaz de rebelarse mediante aquello que mejor domina —su propia voz—, adquiere una enorme fuerza dramática.

Provazník demuestra además un notable dominio de la fotografía, el ritmo y los tiempos muertos. El frío, los espacios cerrados, los desplazamientos del coro y la disciplina de los ensayos terminan componiendo un paisaje emocional donde la música, paradójicamente, deja de ser refugio para convertirse también en instrumento de control.

El coro de Praga es, en definitiva, un drama espinoso, incómodo y extraordinariamente potente. Una película que comienza como relato de formación y termina revelándose como una historia sobre la pérdida traumática de la inocencia. Su mayor mérito consiste en no levantar la voz: deja que el silencio, las miradas y la inmovilidad de la cámara hagan el trabajo sucio. Y cuando finalmente Karolina decide dejar de cantar, esa ausencia de voz se convierte en el grito más poderoso de toda la película.

Tráiler de la película:

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Ficha técnica:

El coro de Praga (Sbormist),  República Checa, 2025.

Dirección: Ondřej Provazník
Duración: 106 minutos
Guion: Ondřej Provazník
Producción: Czech TV, Endorfilm, Innogy Ceska Republika A.S, Punkchart films, Studio Barrandov - Film Laboratories. Distribuidora: CinemArt, Salaud Morisset
Fotografía: Lukás Milota
Reparto: Katerina Falbrová, Juraj Loj, Maya Kintera, Anna Linhastová, Lucie Zackková y Zuzana Sulajová

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