Guiones 

Odisea – El guion

El tiempo, como bien sabemos los que llevamos los ojos al reloj (por una cuestión práctica, por supuesto, para poder medir nuestra vida y saber no cuánto tiempo nos queda antes de la muerte, sino cuánto tiempo hemos gastado bien en vivir), es el juego plástico de un fluir que se come a sí mismo, creando y re-creando (lo cual equivale a decir que se parece a aquella serpiente mítica que también fue un rey para los alquimistas), hasta llegar a presentar una mezcla de presente, pasado y futuro que, dentro de sus límites quebrantados, nos hace resbalar en un sinfín de caótico orden regulador. O, quizás con menos fuerza poética, es que la Odisea de Nolan bien sabe cómo jugar con el tiempo mismo, utilizando una red sintáctica de momentos que, entre sí, forman una telaraña narrativa de la cual nos resulta imposible liberarnos (y, por supuesto, no es algo que nos interese hacer, ya que la araña no nos quiere comer, sino ofrecer un momento de reflexión, sobre todo en relación con la soberbia y la bien conocida hubris, que para los que saben se escribe ὕβρις).

Delicia, entonces, la lectura de este guion por la capacidad de nuestra mente de mejor captar la estructura que se va creando dentro de un cuento del que todos nos sentimos parte. Y no, que claro quede, no por una cuestión de historia cultural de cierta parte del mundo, sino expresa y rotundamente porque la Odisea, como las peripecias de Eneas, las del caballero que voló sabiendo que estaba sentado sobre un caballo de madera, las del rey que no pudo comer la flor de la vida eterna, y muchas más (hijas de seres humanos de pieles diferentes y de idiomas mutuamente incomprensibles), logra ser un clásico porque habla de cuestiones que todos y todas conocemos y reconocemos dentro de nuestra misma experiencia en cuanto seres humanos. Todo fluye, entonces, entre unas lineas que atrapan nuestro sentimiento de caducidad, de justicia y de voluntad de volver, como normal no puede sino ser, al regazo de nuestra misma patria natal, sea esta un lugar real o tan solo la esperanza de una sábana que sepa ofrecernos un calor materno.

La posibilidad que nos ofrece la lectura es la de analizar, releer y pararnos. Todo está aquí, delante de nosotros, centrífugamente en la plasticidad táctil de unas hojas de papel que cierran dentro de sí palabras con las cuales, como es normal con la magia materialista, se abren nuevos cosmos. El tiempo desaparece, desvanece no como nieve bajo el sol, sino como el suelo bajo la nieve, y dentro de una blancura cegadora Nolan logra reelaborar un cuento tan antiguo como tan moderno, ejemplificación del significado de atemporalidad de las obras de arte. Los ríos lloran palabras, entonces, mientras que el mar (limitación ficticia entre un Norte de África y una Europa Meridional) ruge, obligando a los navegadores a seguir flotando, mientras que los ojos de los lectores no pueden, inocentemente, sino moverse hasta un final que no es nada más que una parte diminuta del proceso más grande que es la caduca reelaboración de la cultura humana.

Comparte este contenido:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.