Críticas
Recuerdo o ensoñación en la Costa Azul
Reflejo en un diamante muerto
Reflet dans un diamant mort. Hélène Cattet, Bruno Forzani. Bélgica, 2025.
¿Por qué al final de Reflet dans un diamant mort (Reflection in a dead diamond, Reflejo en un diamante muerto, 2025) el celuloide arde segundos después de avistar por última vez las olas de espuma blanca y dorada de la Costa Azul? ¿Quizás sea porque esta pareja de autores tan particulares exprimen al límite las posibilidades del cinematógrafo hasta erosionarlo? ¿Será que implosiona debido a una pregunta que atraviesa toda la obra de forma obsesiva hasta alcanzar la naturaleza del medio? Con más preguntas que respuestas, desde luego, visualizamos un arte capaz de condensar en apenas ochenta y siete minutos un monumento al artificio de las imágenes que alteran la relación temporal y perceptiva del espectador, saturándolo hasta la exaltación, (que es lo que llevan haciendo Hélène Cattet y Bruno Forzani desde 2009 con Amer, su primer largometraje), en un filme que pone de manifiesto —como diría Imbert— una crisis de la representación y el agotamiento del modelo realista. Una tradición característica del cine posmoderno que se pregunta qué necesidad hay de volver a lo real, aunque en su interior albergue una ambigüedad que se ramifica, por un lado, en volver a lo más primario, es decir, el cuerpo, lo literal, las impresiones y sensaciones. Mientras que por el otro, hay un intento de desprenderse de la realidad inmediata para adentrarse en mundos invisibles, en lo onírico, lo fantasmático y lo espectral. En el cine de estos singulares autores, la narración clásica y sus diálogos parecen superados. A esa narración le sustituye un cuerpo que se expresa: lo físico antes que lo narrativo penetra también en las interioridades de la mente en un paisaje tan hermoso como inmóvil para desvelar otro nivel de existencia.
Así se vería, como lo descrito en el párrafo inicial, una primera capa superficial de comprensión para intentar atrapar una película que juega constantemente con un espectador que persigue sombras en un juego laberíntico multicapa y multireferencial, tan frenético y excesivo que parece inasumible en un primer visionado. Incluso lo real, que es lo que parece estar anclado al presente de un espía aparentemente retirado, que va regresando después de zambullidas constantes al recuerdo, o quizás a la imaginación, también parece desdibujarse en su tramo final, como si ni siquiera la realidad presencial y presente fuese garantía de autenticidad. El reflejo de un diamante en el pezón de una joven despliega todo un universo caleidoscópico inmenso e inabarcable para el espectador y para John D, un septuagenario espía que descansa en un hotel de lujo de la Costa Azul. Esas reminiscencias proustianas nos transportan a la juventud de John, que busca obsesivamente y sin éxito a una escurridiza y letal mujer apodada Serpentik, cuyo rostro es tan inasumible como imposible de ver; ¿hay aquí algo de Los ojos sin rostro (Les yeux sans visage, 1960) de Georges Franju?

Y quizás este mínimo relato sea lo único a lo que uno pueda agarrarse. Quizás hasta estemos errados en nuestra explicación de la trama y John D realmente cumpla el papel de un actor de cine empecinado y desesperado por la identidad de Serpentik, o, quizás, sean ambas cosas. Porque este es un filme que entra y que sale, que se adentra en un recuerdo para después iniciar otra desdibujada trama independiente a un nivel más profundo, para pasar al cómic, para luego tapizar sus formas en escenas surrealistas y encarnar mil caras como mil reflejos que apuntan hacia todas direcciones, en unas imágenes fragmentadas que jamás estipulan una linealidad concreta y ordenada, sino que más bien se traducen como estímulos sensoriales. Desde luego, es un ejercicio visual impecable y un trabajo estético sobresaliente; toda esa confusión está ensamblada bajo un mecanismo hipnótico de entretenimiento de primer nivel.
Si mirar de frente a esta obra resulta imposible, al igual que John D con el rostro de Serpentik, sí se puede reconocer estéticamente que gran parte de su inspiración retrocede a esas copias mediocres y de explotación del éxito del cine de espías que lograron reinventarse y crear universos propios, como ese cine italiano de los sesenta que miraba de reojo al agente 007 para absorber su esencia hasta la hipérbole y aprovechar el calor del éxito. Con toda esa tecnología armamentística ridícula y exagerada, junto con localizaciones costeras en Europa entre Italia, Francia y España, convertidas en producciones de serie B de ritmo acelerado y acción recargada, Reflejo de un diamante muerto homenajea a un subgénero olvidado y lo integra con un giallo fetichista repleto de misterio, muerte y nostalgia.

Un servidor, cegado por su ritmo, potencia y creatividad, sigue aturdido pensando en si hay algo más detrás de tan apabullante despliegue visual. Puede que no haga falta. Puede que, ante tanto subtexto y validación ideológica actual, esta obra se presente como una propuesta de escapismo radical. O puede que, impotentes como su protagonista al intentar desvelar el auténtico rostro de Serpentik después de advertir su multifacética identidad, nos quedemos, como él, abatidos, recordándonos en su último gesto a Gustav von Aschenbach en Muerte en Venecia. Quizás esa sea la razón por la cual el celuloide arde justo antes de finalizar, por intentar alcanzar lo inalcanzable.
Ficha técnica:
Reflejo en un diamante muerto (Reflet dans un diamant mort), Bélgica, 2025.Dirección: Hélène Cattet, Bruno Forzani
Duración: 87 minutos
Guion: Hélène Cattet, Bruno Forzani
Producción: Coproducción Bélgica-Luxemburgo-Italia-Francia; Kozak Films, Les Films Fauves, Dandy Projects, Tobina Film, Savage Film, To Be Continued
Fotografía: Manuel Dacosse
Reparto: Fabio Testi, Yannick Reiner, Koen De Bouw, María de Medeiros, Thi Mai Nguyen, Céline Camara, Kezia Quental, Sylvia Camarda

