Críticas

El peso de la duda

Yo te creo

On vous croit. Charlotte Devillers, Arnaud Dufeys. Bélgica, 2025.

YotecreoCartelEstamos ante una de aquellas películas que apenas necesitan abandonar una habitación para abarcar un universo moral entero. Yo te creo, ópera prima de los belgas Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys, pertenece a esa estirpe de dramas que prescinden de cualquier espectacularidad para confiarlo todo a la palabra, al silencio y a los rostros. Premiada con una Mención Especial en la Berlinale y gran triunfadora del Festival de Sevilla —Giraldillo de Oro, Mejor Guion y Mejor Actriz para Myriem Akheddiou—, el filme condensa en apenas setenta y ocho minutos una experiencia emocional de una densidad extraordinaria. Su planteamiento parece sencillo: una vista judicial destinada a decidir la modificación del régimen de custodia de dos menores tras la ruptura de sus progenitores. Sin embargo, bajo esa aparente modestia argumental late uno de los conflictos más irresolubles del Derecho y de la condición humana: cómo decidir cuando la verdad permanece envuelta en sombras y cualquier resolución puede causar un daño irreparable.

La práctica totalidad del metraje transcurre entre los pasillos y la sala donde una jueza escucha, uno tras otro, a todos los implicados. Comparecen la madre, el padre, sus respectivos abogados y también los dos hijos y su letrado correspondiente, defensor de los derechos de los menores, el buen jurídico primordialmente protegido. Dichos menores son una adolescente de diecisiete años y un niño de diez. Cada intervención añade una nueva capa de incertidumbre. Existen acusaciones gravísimas, algunas todavía en periodo de enjuiciamiento, de modo que la magistrada debe pronunciarse sobre la custodia antes de que exista una sentencia penal definitiva en las otras investigaciones criminales. Esa circunstancia convierte la audiencia en una especie de campo minado donde cada palabra puede inclinar el futuro de dos menores profundamente heridos, cuanto menos, por años de enfrentamientos familiares. ¿Dicen la verdad? ¿Han interiorizado recuerdos propios o ajenos? ¿Hasta qué punto puede un niño distinguir el miedo auténtico del miedo inducido? ¿Es suficiente la intuición para restringir el contacto con uno de sus padres? La película no ofrece respuestas sencillas porque entiende que precisamente ahí reside el verdadero drama. El espectador, situado en una posición casi idéntica a la de la jueza, descubre que juzgar resulta mucho más angustioso que opinar desde la distancia.

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Los realizadores construyen esta tensión mediante una puesta en escena de una sobriedad admirable. La cámara permanece inmóvil cuando conviene observar con serenidad los testimonios y, en los momentos de máxima angustia, abandona esa quietud para aproximarse nerviosamente a los personajes, como si buscara en una mirada o en un leve temblor aquello que las palabras son incapaces de expresar. Todo parece cuidadosamente calculado para que la comunicación no verbal adquiera una importancia equivalente —o incluso superior— al diálogo. Un pestañeo, una mandíbula que se contrae, unos dedos incapaces de permanecer quietos o unos ojos que rehúyen encontrarse con otros terminan diciendo mucho más que páginas enteras de declaraciones. La fotografía de Pépin Struye convierte los espacios judiciales en lugares casi clínicos, despojados de cualquier calor humano, mientras la música de Lolita del Pino aparece con extrema contención, evitando manipular emocionalmente al espectador. El resultado posee una intensidad casi documental que recuerda que los grandes terremotos psicológicos rara vez necesitan levantar la voz.

Si el dispositivo funciona con semejante contundencia es gracias a unas interpretaciones excepcionales. Todas las actuaciones sostienen un equilibrio muy difícil entre la contención y el desgarro, pero sobresale de manera incontestable Myriem Akheddiou. Su trabajo apenas necesita discursos inflamados para transmitir el agotamiento físico y moral de una mujer que siente que cualquier vacilación puede costarle el futuro de sus hijos. Hay momentos en los que el miedo parece recorrerle el cuerpo antes incluso de que articule una sola frase. Esa capacidad para expresar vulnerabilidad sin caer jamás en el melodrama convierte su composición en uno de los grandes trabajos interpretativos europeos del año. También los jóvenes actores que encarnan a los hijos impresionan por la naturalidad con que reflejan una devastación emocional impropia de su edad. No contemplamos únicamente adolescentes o niños atrapados entre dos adultos enfrentados; asistimos al deterioro progresivo de unas identidades todavía en formación, obligadas a convivir con recuerdos, sospechas, rencores y lealtades imposibles.

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La película, inevitablemente, invita a establecer paralelismos con otras obras que han explorado el desmoronamiento familiar desde perspectivas semejantes. La referencia más inmediata quizá sea Custodia compartida de Xavier Legrand (Jusqu’à la garde, 2017), cuya progresión hacia el horror doméstico continúa siendo ejemplar. También dialoga con La caza de Thomas Vinterberg (Jagten, 2012), extraordinaria reflexión sobre la fragilidad de la presunción de inocencia cuando intervienen testimonios infantiles y, desde otra óptica, con Anatomía de una caída de Justine Triet (Anatomie d’une chute, 2023), donde la verdad también aparece fragmentada entre relatos incompatibles. Sin alcanzar quizá la complejidad narrativa de esas obras, Yo te creo encuentra una personalidad propia gracias a la radical concentración espacial y temporal del relato, renunciando deliberadamente a mostrar aquello que ocurrió fuera del juzgado para convertir el procedimiento judicial en el verdadero escenario dramático.

Precisamente ahí aparece la única reserva importante que suscita la propuesta. Aunque el largometraje realiza un notable esfuerzo por escuchar todas las voces y presentar los distintos testimonios, la perspectiva acaba inclinándose perceptiblemente hacia uno de los lados del conflicto. No se trata de una falta de honestidad, sino de una elección narrativa que conduce con bastante claridad la sensibilidad del espectador hacia una determinada lectura de los acontecimientos. La ambigüedad permanece, pero no siempre con idéntica intensidad para todas las hipótesis posibles. Quizá sea inevitable: toda narración necesita un punto de apoyo emocional. Sin embargo, en una obra tan interesada en la complejidad del juicio habría resultado aún más poderosa una equidistancia dramática todavía mayor, capaz de mantener la incertidumbre absoluta hasta el último instante. Con todo, esta ligera inclinación no disminuye la enorme fuerza del conjunto, porque el debate moral continúa siendo profundamente incómodo.

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Ese debate posee además un evidente trasfondo sociológico y jurídico. La psicología infantil lleva décadas mostrando que los menores pueden sufrir traumas tanto por hechos realmente vividos como por dinámicas familiares extremadamente conflictivas que deforman su percepción de la realidad. La memoria de un niño nunca es una grabación perfecta, pero tampoco debe ser automáticamente desacreditada. De ahí que el Derecho belga —como sucede en la mayoría de los ordenamientos europeos— sitúe el interés superior del menor por encima de cualquier otro principio en las decisiones sobre custodia, al tiempo que intenta compatibilizarlo con la presunción de inocencia cuando existen procedimientos penales todavía abiertos. El juez debe valorar informes psicológicos, escuchar a los menores cuando poseen suficiente madurez y ponderar el riesgo potencial antes de adoptar medidas provisionales. Esa delicadísima tensión entre proteger sin prejuzgar constituye precisamente el corazón de Yo te creo. Los autores comprenden que el auténtico terror infantil no siempre consiste en distinguir entre monstruos reales e imaginarios, sino en descubrir que los adultos encargados de protegernos también pueden convertirse en el origen de nuestras mayores incertidumbres. Pocas películas recientes han sabido retratar con semejante sobriedad, inteligencia y desolación ese territorio donde la justicia busca desesperadamente una verdad que quizá nunca llegue a revelarse por completo. 

Tráiler:

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Ficha técnica:

Yo te creo (On vous croit),  Bélgica, 2025.

Dirección: Charlotte Devillers, Arnaud Dufeys
Duración: 78 minutos
Guion: Charlotte Devillers, Arnaud Dufeys
Producción: Makintosh Films
Fotografía: Pépin Struye
Música: Lolita Del Pino
Reparto: Myriem Akeddiou, Laurent Capelluto, Natali Broods, Ulysse Goffin, Adèle Pinckaers, Marion de Nanteuil, Alisa Laub, Mounir Ben-Naoum, Béatrice Didier, Benjamin Boutboul, Mike Imbierowicz

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